Hemos Dado un Arma Cargada a un Niño


Mucha gente hoy en día teme al fascismo o al autoritarismo,
pero yo a lo que realmente temo es al nihilismo.❞ Martin Gurri
El pasado es un país extranjero; allí las cosas se hacen de otra manera.❞ L.P. Hartley
¿De veras creen que pueden fomentar o dar vía libre a un sentimiento humano tan básico como el resentimiento sin que las consecuencias se les escapen de las manos?❞ Douglas Murray
La esclavitud nunca fue abolida, sólo se extendió para incluirnos a todos. Charles Bukowski
Los hombres han competido durante mucho tiempo por el acceso al recurso sexual más escaso,
las mujeres.❞ Robert Wright
Tales como son tus pensamientos habituales, tal será también el carácter de tu mente; porque el alma está teñida por los pensamientos.❞ Marcus Aurelius


Lo que sigue es un escrito del psicólogo social Jonathan Haidt del 11 de abril, y es tan completo que poco más tengo que decir (escribiré alguna puntualización al final). Compila muchas de las ideas que yo he ido dejando aquí y allá, en distintos escritos. La falta de legitimidad de los líderes y las instituciones al haberse vuelto tan visibles. La radicalización del discurso por culpa de las redes sociales (yo iría más lejos: por culpa de la unión entre los móviles y tales redes, pues desde el ordenador se da algo más de reflexión). La presión que desde ellas se ejerce, como para que la gente las abandone, o como para que se caiga en depresiones, ansiedades o se propicien los suicidios. A remarcar que en ellas se quedan las posturas más radicales, que son las que puedan tener rasgos psicopáticos, o de una piel gruesa extrema (a Carla Galeote —de las pocas supervivientes feministas en las redes— no sé dónde encajarla en estos planteamientos, no sé si tiene tanto aguante de lo «simple» que es o es que realmente es una persona muy dura —su discurso no es muy lógico, razonado o que la muestre con unas altas capacidades argumentativas—), tanto de la Derecha como de la Izquierda, más de estos (70%) pues quedan «amparados» en su supuesta superioridad moral, lo que hace que en su inferioridad, las Derechas (56%), tengan que ser más radicales y contestatarias. El caso es que ninguno de los lados en liza se puede callar o ser más moderado, pues implicaría la victoria del contrario. En otro caso, el autor nos hace ver que en todo este proceder la sociedad se está fragmentando, que bajo mi discurso es lo mismo que decir que es imposible tener un relato que nos cohesione a todos (de ahí su principal analogía como una era post-babel… muerte de la unidad del signo —idioma—, del relato), o en otro lenguaje…, que vamos hacia el nihilismo. Otro tema que toca de paso es el papel del juego en los animales sociales, cuestión que yo he tratado desde distintas perspectivas, donde una de mis conclusiones fue que en tal comportamiento tomamos de compañero de juego a los de nuestra propia identidad, mientras que no consideramos jugar con aquellos que no lo son (se crea por ello una dualidad seriedad/juego, donde en Internet nuestros contrarios son aquellos con los que nos ponemos serios, y en donde nada de ellos nos parecerá gracioso o como parte de ningún juego —falta de comprensión para leer el contexto y lo tácito de las palabras, como así fue en el caso de «El Xokas«—).  Por mis problemas con la memoria a corto plazo he olvidado más puntos en común, el lector asiduo de mis escritos se dará cuenta por sí mismo al leer a Jonathan Haidt. Es un escrito de unas quince páginas, me imagino que no habrá muchos que lo lean…, me pongo en plan cínico, pues muchas de esas personas que no están dispuestas a leer escritos tan largos, al final parecen ser las que hablan desde una pretendida autoridad o saber en las redes; en todo caso, estar al tanto de las transiciones de fase de las redes sociales y las cortas noticias en Internet les da legitimidad para dar forma a la narración que en cada momento va surgiendo en Internet; en un segundo proceso alguien como Jonathan Haidt —o yo— somos como el estómago de las vacas que han de digerir todo ese procesado sin masticar en las redes, y como así es en el caso de tales rumiantes, devolvemos a la boca —redes— ciertos alimentos que haya que volver a rumiar).


Por qué los Últimos 10 Años de la Vida Americana Han Sido Insensatamente
Estúpidos (…y no es sólo una fase)

¿Cómo habría sido vivir en Babel en los días posteriores a su destrucción? En el libro del Génesis, se nos dice que los descendientes de Noé construyeron una gran ciudad en la tierra de Sinar. Edificaron una torre «con su parte superior en los cielos» para «hacerse un nombre». Dios se ofendió por la arrogancia de la humanidad y dijo:

“Miren, son un solo pueblo, y todos tienen un solo idioma; y esto es sólo el principio de lo que harán; nada de lo que se propongan hacer desde ahora les será imposible. Vengan, bajemos, y confundamos su lenguaje allí, para que no entiendan el discurso del otro.”

El texto no dice que Dios destruyó la torre, pero en muchas representaciones populares de la historia así lo hizo, así que vamos a mantener esa imagen dramática en nuestra mente: la gente vagando entre las ruinas, incapaz de comunicarse, condenados a la incomprensión mutua.

La historia de Babel es la mejor metáfora que he encontrado de lo que le pasó a Estados Unidos en la década de 2010, y del país fracturado que ahora habitamos. Algo salió terriblemente mal, muy de repente. Estamos desorientados, incapaces de hablar el mismo idioma o reconocer la misma verdad. Estamos separados unos de otros y del pasado.

Está claro desde hace bastante tiempo que los Estados Unidos rojos y los Estados Unidos azules se están convirtiendo en dos países diferentes que reclaman el mismo territorio, con dos versiones diferentes de la Constitución, la economía y la historia estadounidense. Pero Babel no es una historia sobre el tribalismo; Es una historia sobre la fragmentación de todo. Se trata de la destrucción de todo lo que había parecido sólido, la dispersión de personas que habían sido una comunidad. Es una metáfora de lo que está sucediendo no sólo entre el rojo y el azul, sino dentro de la izquierda y la derecha, así como dentro de universidades, empresas, asociaciones profesionales, museos e incluso familias.

Babel es una metáfora de lo que algunas formas de medios sociales han hecho a casi todos los grupos e instituciones más importantes para el futuro del país —y a nosotros como pueblo. ¿Cómo sucedió esto? ¿Y qué significa para la vida americana?

El ascenso de la torre moderna

Hay una dirección en la historia y es hacia la cooperación a escalas más grandes. Vemos esta tendencia en la evolución biológica, en la serie de «grandes transiciones» a través de las cuales los organismos multicelulares primero aparecieron y luego desarrollaron nuevas relaciones simbióticas. También lo vemos en la evolución cultural, como explicó Robert Wright en su libro de 1999 Nonzero: The Logic of Human Destiny. Wright mostró que la historia implica una serie de transiciones, impulsadas por la creciente densidad de población más nuevas tecnologías (escritura, carreteras, la imprenta) que crearon nuevas posibilidades para el comercio y el aprendizaje mutuamente beneficiosos. Los conflictos de suma cero —como las guerras de religión que surgieron a medida que la imprenta difundía ideas heréticas por Europa— fueron mejor pensados como reveses temporales, e incluso a veces integrales para el progreso. (Esas guerras de religión, argumentó, hicieron posible la transición a los estados-nación modernos con ciudadanos mejor informados.) El presidente Bill Clinton elogió la imagen optimista de Nonzero de un futuro más cooperativo gracias al continuo avance tecnológico.

El Internet temprano de la década de 1990, con sus salas de chat, tableros de mensajes y correo electrónico, ejemplificó la tesis de Nonzero, al igual que la primera ola de plataformas de redes sociales, que se lanzó alrededor de 2003. Myspace, Friendster y Facebook facilitaron la conexión con amigos y extraños para hablar de intereses comunes, gratis, y a una escala nunca antes imaginable. En 2008, Facebook había surgido como la plataforma dominante, con más de 100 millones de usuarios mensuales, en su camino a aproximadamente 3 mil millones hoy en día. En la primera década del nuevo siglo, se creía que los medios sociales eran una bendición para la democracia. ¿Qué dictador podría imponer su voluntad a una ciudadanía interconectada? ¿Qué régimen podría construir un muro para mantener fuera a Internet?

El punto álgido del optimismo tecno-democrático fue posiblemente 2011, un año que comenzó con la Primavera Árabe y terminó con el movimiento “global Occupy”. Eso es también cuando Google Translate estuvo disponible en prácticamente todos los teléfonos inteligentes, por lo que se podría decir que 2011 fue el año en que la humanidad reconstruyó la Torre de Babel. Estábamos más cerca que nunca de ser «un solo pueblo», y efectivamente habíamos superado la maldición de la división por lenguaje. Para los optimistas tecno-democráticos, parecía ser sólo el principio de lo que la humanidad podía hacer.

En febrero de 2012, mientras se preparaba para hacer público Facebook, Mark Zuckerberg reflexionó sobre esos tiempos extraordinarios y expuso sus planes. «Hoy, nuestra sociedad ha llegado a otro punto de inflexión», escribió en una carta a los inversores. Facebook esperaba «reorientar la manera en que la gente difunde y consume información». Al darles «el poder de compartir», les ayudaría a «transformar una vez más muchas de nuestras instituciones e industrias principales».

En los 10 años transcurridos desde entonces, Zuckerberg hizo exactamente lo que dijo que haría. Él reescribió la forma en que difundimos y consumimos información; transformó nuestras instituciones, y nos empujó más allá del punto de inflexión. No ha funcionado como él esperaba.

Las cosas se desmoronan

Históricamente, las civilizaciones han confiado en la sangre compartida, dioses y enemigos para contrarrestar la tendencia a separarse a medida que crecen. Pero, ¿qué es lo que mantiene unidas grandes y diversas democracias seculares como los Estados Unidos y la India, o, en ese caso, la moderna Gran Bretaña y Francia?

Los científicos sociales han identificado al menos tres grandes fuerzas que unen colectivamente democracias exitosas: 1. capital social (extensas redes sociales con altos niveles de confianza), 2. instituciones fuertes e 3. historias compartidas. Las redes sociales han debilitado a los tres. Para ver cómo, debemos entender cómo los medios sociales cambiaron con el tiempo —y especialmente en los varios años siguientes a 2009.

En sus primeras encarnaciones, plataformas como Myspace y Facebook eran relativamente inofensivas. Permitieron a los usuarios crear páginas en las que publicar fotos, actualizaciones familiares y enlaces a las páginas principalmente estáticas de sus amigos y bandas favoritas. De esta manera, los primeros medios sociales podían ser vistos como un paso más en la larga progresión de las mejoras tecnológicas —desde el Servicio Postal pasando por el teléfono hasta el correo electrónico y los mensajes de texto—que ayudaron a las personas a alcanzar el eterno objetivo de mantener sus lazos sociales.

Pero gradualmente, los usuarios de redes sociales se volvieron más cómodos compartiendo detalles íntimos de sus vidas con extraños y corporaciones. Como escribí en un artículo del Atlántico de 2019 con Tobias Rose-Stockwell, se hicieron más expertos en presentar actuaciones y administrar su marca personal —actividades que podrían impresionar a otros pero que no profundizaban en las amistades en la forma en que una conversación telefónica privada lo harían.

Una vez que las plataformas de redes sociales habían capacitado a los usuarios para que pasaran más tiempo aaccionando y menos tiempo conectándose, se preparó el escenario para la gran transformación, que comenzó en 2009: la intensificación de la dinámica viral.

❝ Babel no es una historia sobre tribalismo. Es una historia sobre la fragmentación de todo.❞

Antes de 2009, Facebook había dado a los usuarios un calendario simple: un flujo interminable de contenido generado por sus amigos y conexiones, con las publicaciones más nuevas en la parte superior y las más antiguas en la parte inferior. Esto era a menudo abrumador en su volumen, pero era un reflejo exacto de lo que otros publicaban. Eso comenzó a cambiar en 2009, cuando Facebook ofreció a los usuarios una forma de accionar públicamente con un «Me gusta», en un clic de un botón. Ese mismo año, Twitter introdujo algo aún más poderoso: el botón «Retweet», que permitía a los usuarios respaldar públicamente una publicación y compartirla con todos sus seguidores. Facebook pronto copió esa innovación con su propio botón «Compartir», que estuvo disponible para los usuarios de teléfonos inteligentes en 2012. Los botones «Me gusta» y «Compartir» se convirtieron rápidamente en características estándar de la mayoría de las demás plataformas.

Poco después de que su botón «Me gusta» comenzó a producir datos sobre lo que mejor «comprometía» a sus usuarios, Facebook desarrolló algoritmos para llevar a cada usuario el contenido más probable para generar un «Me gusta» o alguna otra interacción, incluyendo finalmente el «Compartir» también. Investigaciones posteriores mostraron que los mensajes que desencadenan emociones —especialmente la ira hacia los grupos-externos— son los más propensos a ser compartidos.

Este nuevo juego alentó la deshonestidad y la dinámica de la mafia: Los usuarios fueron guiados no sólo por sus verdaderas preferencias sino por sus experiencias pasadas de recompensa y castigo, y su predicción de cómo otros reaccionarían a cada nueva acción. Uno de los ingenieros de Twitter que había trabajado en el botón «Retweet» más tarde reveló que lamentaba su contribución porque había hecho de Twitter un lugar más desagradable. Mientras miraba cómo se formaban las turbas de Twitter a través del uso de la nueva herramienta, pensó para sí mismo: «Puede que hayamos entregado a un niño de 4 años un arma cargada».

Como psicólogo social que estudia las emociones, la moralidad y la política, vi que esto también sucedía. Las plataformas recientemente ajustadas fueron casi perfectamente diseñadas para sacar a la luz nuestros lados más moralistas y menos reflexivos. El volumen de indignación fue impactante.

Era sólo ese tipo de propagación tímida y explosiva de la ira, de la que James Madison había tratado de protegernos mientras estaba redactando la Constitución de Estados Unidos. Los encuadradores de la Constitución eran excelentes psicólogos sociales. Sabían que la democracia tenía un talón de Aquiles, porque dependía del juicio colectivo del pueblo, y las comunidades democráticas están sujetas a «la turbulencia y debilidad de las pasiones rebeldes». La clave para diseñar una república sostenible, por lo tanto, fue construir mecanismos para frenar las cosas, enfriar las pasiones, requerir compromiso, y dar a los líderes un poco de aislamiento de las monomanías del momento, sin dejar de hacerlos responsables a la gente periódicamente, en el día de las elecciones.

Las compañías tecnológicas que mejoraron la viralidad de 2009 a 2012 nos llevaron a profundizar en la pesadilla de Madison. Muchos autores citan sus comentarios en el «Federalista Nº 10», sobre la proclividad humana innata hacia las «facciones», con la que se refería a nuestra tendencia a dividirnos en equipos o partidos que están tan inflamados de «animosidad mutua» que están «mucho más dispuestos a vengarse y oprimirse unos a otros que a cooperar por su bien común».

Pero ese ensayo continúa con una visión menos citada pero igualmente importante, sobre la vulnerabilidad de la democracia a la trivialidad. Madison señala que la gente es tan propensa al faccionalismo que «donde no se presenta ninguna ocasión sustancial, las distinciones más frívolas y fantasiosas han sido suficientes para encender sus pasiones hostiles y excitar sus conflictos más violentos».

Las redes sociales han magnificado y armado lo frívolo. ¿Nuestra democracia es más saludable ahora que hemos tenido peleas en Twitter por el vestido impuesto a los ricos, de la representante Alexandria Ocasio-Cortez en el encuentro de la Gala anual, o sobre el vestido de Melania Trump en un evento conmemorativo del 11 de septiembre, que tenía costuras que parecían un rascacielos? ¿Qué tal el tuit del senador Ted Cruz’s criticando a Big Bird por tuitear sobre cómo recibir su vacuna contra el COVID?

No es sólo la pérdida de tiempo y la escasa atención lo que importa; es la continua eliminación de la confianza. Una autocracia puede desplegar propaganda o usar el miedo para motivar los comportamientos que desea, pero una democracia depende de la aceptación ampliamente interiorizada de la legitimidad de las reglas, normas e instituciones. La confianza ciega e irrevocable en cualquier individuo u organización en particular nunca está justificada. Pero cuando los ciudadanos pierden la confianza en los líderes electos, las autoridades de salud, los tribunales, la policía, las universidades y la integridad de las elecciones, entonces cada decisión se impugna; cada elección se convierte en una lucha de vida o muerte para salvar al país de los del otro lado. El más reciente Barómetro de Edelman Trust (una medida internacional de confianza de los ciudadanos en el gobierno, los negocios, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales) mostró autocracias estables y competentes (China y los Emiratos Árabes Unidos) en la parte superior de la lista, mientras que democracias contenciosas como Estados Unidos, Reino Unido, España y Corea del Sur anotaron cerca de la parte inferior (aunque por encima de Rusia).

Estudios académicos recientes sugieren que los medios sociales de hecho son corrosivos para confiar en los gobiernos, los medios de comunicación y las personas e instituciones en general. Un documento de trabajo, que ofrece la revisión más completa de la investigación, dirigido por los científicos sociales Philipp Lorenz-Spreen y Lisa Oswald, concluye que «la gran mayoría de las asociaciones reportadas entre el uso de medios digitales y la confianza parecen ser perjudiciales para la democracia». La literatura es compleja —algunos estudios muestran beneficios, particularmente en democracias menos desarrolladas— pero la revisión encontró que, en equilibrio, los medios sociales amplifican la polarización política; fomentan el populismo, especialmente el populismo de derecha; y se asocia con la difusión de la desinformación.

Cuando la gente pierde la confianza en las instituciones, pierde la confianza en las historias contadas por esas instituciones. Esto es particularmente cierto en las instituciones encargadas de la educación de los niños. Los planes de estudios de historia a menudo han causado controversia política, pero Facebook y Twitter hacen posible que los padres se indignen todos los días por un nuevo fragmento de las lecciones de historia de sus hijos, y lecciones de matemáticas y selecciones de literatura, y cualquier nuevo cambio pedagógico en cualquier parte del país. Los motivos de los maestros y administradores se cuestionan, y a veces siguen leyes o reformas curriculares exageradas, lo que hace mella en la educación y reduce aún más la confianza en ella. Un resultado es que los jóvenes educados en la era post-Babel tienen menos probabilidades de llegar a una historia coherente de quiénes somos como pueblo, y menos probabilidades de compartir esa historia con aquellos que asistieron a diferentes escuelas o que fueron educados en una década diferente.

El ex-analista de la CIA Martin Gurri predijo estos efectos de fractura en su libro de 2014, La revuelta del público. El análisis de Gurri se centró en los efectos de subvertir la autoridad con respecto al crecimiento exponencial de la información, comenzando con internet en la década de 1990. Escribiendo hace casi una década, Gurri ya podía ver el poder de las redes sociales como un disolvente universal, rompiendo lazos y debilitando instituciones en todas partes. Señaló que las redes distribuidas «pueden protestar y derrocar, pero nunca gobernar». Describió el nihilismo de los tmuchos movimientos de protesta de 2011 que se organizaron mayormente en línea y que, como Occupy Wall Street, exigieron la destrucción de las instituciones existentes, sin ofrecer una visión alternativa del futuro o una organización que pudiera salvarse.

Gurri no es fanático de las élites ni de la autoridad centralizada, pero señala una característica constructiva de la era predigital: una sola “audiencia masiva”, que consumen todos los mismos contenidos, como si todos estuvieran mirando en el mismo espejo gigantesco, en el mismo lugar, y que era reflejo de su propia sociedad. En un comentario a Vox (diario en Internet) que recuerda la primera diáspora post-Babel, dijo:

“La revolución digital ha destrozado ese espejo, y ahora el público habita esos trozos de vidrio rotos. Así que el público no es una cosa; está muy fragmentado, y es básicamente mutuamente hostil. Es sobre todo gente gritándose unos a otros y viviendo en burbujas de un tipo u otro.”

Mark Zuckerberg pudo no haber deseado nada de eso. Pero al reescribir todo en un apuro de crecimiento —con una concepción ingenua de la psicología humana, poca comprensión de la complejidad de las instituciones, y sin preocupación por los costes externos impuestos a la sociedad— Facebook, Twitter, YouTube, y algunas otras grandes plataformas, sin querer, disolvieron el mortero de la confianza, la creencia en las instituciones, y compartieron historias que habían mantenido unida una democracia secular grande y diversa.

Creo que podemos fechar la caída de la torre entre los años entre 2011 (el año focal de Gurri de las protestas «nihilistas») y 2015, un año marcado por el «gran despertar» a la izquierda y la ascendencia de Donald Trump a la derecha. Trump no destruyó la torre; simplemente explotó su caída. Fue el primer político en dominar la nueva dinámica de la era post-Babel, en la que la indignación es la clave de la viralidad, el rendimiento escénico aplasta la competencia, en donde Twitter puede dominar todos los periódicos del país, y las historias no pueden ser compartidas (o al menos con confianza) a través de sólo unos pocos fragmentos adyacentes, y por la que la verdad no puede lograr una adhesión generalizada.

Muchos analistas, incluido yo, que habían argumentado que Trump no podía ganar las elecciones generales, se basaban en intuiciones previas a Babel, que decían que escándalos como la cinta de Access Hollywood (en la que Trump se jactaba de cometer un ataque sexual) eran fatales para una campaña presidencial. Pero después de Babel, nada significaba nada, al menos no de una manera que sea duradera y en la que la gente esté de acuerdo.

Política después de Babel

«La política es el arte de lo posible», dijo el estadista alemán Otto von Bismarck en 1867. En una democracia post-Babel, no demasiado de ello puede ser posible.

Por supuesto, la guerra cultural estadounidense y el declive de la cooperación entre partidos es anterior a la llegada de las redes sociales. La mitad del siglo XX fue una época de inusualmente baja polarización en el Congreso, que comenzó a volver a los niveles históricos en los años 70 y 80. La distancia ideológica entre los dos partidos comenzó a aumentar más rápidamente en la década de 1990. Fox News y la «Revolución Republicana» de 1994, convirtieron al Partido Republicano en un partido más combativo. Por ejemplo, el presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich desanimó a los nuevos miembros republicanos del Congreso a trasladar a sus familias a Washington, D.C., donde probablemente formarían lazos sociales con los demócratas y sus familias.

Así que las relaciones entre partidos ya estaban tensas antes de 2009. Pero la mayor viralidad de las redes sociales, a partir de entonces, hizo más peligroso ser visto fraternizando con el enemigo o incluso fallando en atacar al enemigo con suficiente vigor. A la derecha, el término RINO (Republicano de Nombre Solamente) fue reemplazado en 2015 por el término más despreciativo cuckservative (cornudo/conservador), popularizado en Twitter por los partidarios de Trump. A la izquierda, los medios sociales lanzaron la call-out culture (cultura del reclamo) en los años posteriores a 2012, con efectos transformadores en la vida universitaria, y más tarde en la política y la cultura en todo el mundo de habla inglesa.

¿Qué cambió en la década de 2010? Revisemos la metáfora del ingeniero de Twitter de entregarle un arma cargada a un niño de 4 años. Un tuit malo no mata a nadie; es un intento de avergonzar o castigar a alguien públicamente mientras transmite su propia virtud, brillantez o lealtad tribal. Es más un dardo que una bala, causando dolor pero sin víctimas mortales. Aun así, de 2009 a 2012, Facebook y Twitter repartieron alrededor de mil millones de armas de dardos a nivel mundial. Nos hemos estado disparando desde entonces.

Las redes sociales han dado voz a algunas personas que la tenían poco, antes, y ha hecho más fácil responsabilizar a personas poderosas por sus fechorías, no sólo en la política sino en los negocios, las artes, las academias y otros lugares. Los promotores sexuales podrían haber sido llamados en publicaciones anónimas antes de Twitter, pero es difícil imaginar que el movimiento #MeToo hubiera sido casi tan exitoso, sin la actual mayor viralidad que las principales plataformas ofrecen. Sin embargo, la «responsabilidad» deformada de los medios sociales también ha traído injusticias —y disfunción política— de tres maneras.

Primero, los dardos de las redes sociales dan más poder a los trolls y provocadores mientras silencian a los buenos ciudadanos. La investigación, de los científicos políticos Alexander Bor y Michael Bang Petersen, encontraron que un pequeño subconjunto de personas —en las plataformas de redes sociales— está muy preocupadas por ganar estatus, y están dispuestas a usar la agresión para hacerlo. Admiten que en sus discusiones en línea a menudo maldicen, se burlan de sus oponentes, y son bloqueados por otros usuarios o denunciados por comentarios inapropiados. A través de ocho estudios, Bor y Petersen encontraron que estar en línea no hacía a la mayoría de la gente más agresiva u hostil; más bien, permitió que un pequeño número de personas agresivas atacaran a un conjunto mucho mayor de víctimas. Incluso un pequeño número de imbéciles (Jerks) pudo dominar los foros de discusión, descubrieron Bor y Petersen, porque los no imbéciles se alejan fácilmente de las discusiones políticas en línea. Investigaciones adicionales encuentraron que las mujeres y los negros son acosados ​​de manera desproporcionada, por lo que la plaza pública digital es menos receptiva a sus voces.

En segundo lugar, los dardos de las redes sociales dan más poder y voz a los extremos políticos, al tiempo que reducen el poder y la voz de la mayoría moderada. El estudio «Tribus Ocultas», del grupo pro-democracia More in Common, encuestó a 8,000 estadounidenses en 2017 y 2018 e identificó a siete grupos que compartían creencias y comportamientos. El más alejado de la derecha, conocido como los «conservadores devotos», representaba el 6% de la población estadounidense. El grupo más alejado de la izquierda, los «activistas progresistas», representaba el 8% de la población. Los activistas progresistas eran con mucho el grupo más prolífico en las redes sociales: el 70 por ciento había compartido contenido político durante el año anterior. Le siguieron los devotos conservadores, con un 56 por ciento.

Estos dos grupos extremos son similares de maneras sorprendentes. Son los más blancos y ricos de los siete grupos, lo que sugiere que Estados Unidos está siendo destrozado por una batalla entre dos subconjuntos de la élite que no son representativos de la sociedad en general. Además, son los dos grupos que muestran la mayor homogeneidad en sus actitudes morales y políticas. Esta uniformidad de opinión, especulan los autores del estudio, es probablemente el resultado de la vigilancia del pensamiento en las redes sociales: «Aquellos que expresan simpatía por las opiniones de los grupos opuestos pueden experimentar reacción de su propia cohorte». En otras palabras, los extremistas políticos no sólo disparan dardos a sus enemigos; gastan muchas de sus municiones apuntando a disidentes o pensadores matizados en su propio equipo. De esta manera, los medios sociales hacen que un sistema político basado en el compromiso se detenga.

Finalmente, al darles a todos un arma de dardos, las redes sociales delegan en todos para administrar justicia sin el debido proceso. Plataformas como Twitter se vuelven en el Salvaje Oeste, sin rendir cuentas a los vigilantes. Un ataque exitoso atrae un aluvión de “Me gusta” y ataques de “seguidores”. Las plataformas de mayor viralidad facilitan así el castigo colectivo masivo por delitos pequeños o imaginados, con consecuencias reales, incluidas personas inocentes que pierden su trabajo o que se suicidan por vergüenza. Cuando nuestra plaza pública está gobernada por dinámicas mafiosas sin restricciones por el debido proceso, no conseguimos justicia e inclusión; obtenemos una sociedad que ignora el contexto, la proporcionalidad, la misericordia y la verdad.

Estupidez estructural

Desde que cayó la torre, los debates de todo tipo se han vuelto cada vez más confusos. El obstáculo más generalizado para el buen pensamiento es el sesgo de confirmación, que se refiere a la tendencia humana a buscar sólo evidencia que confirme nuestras creencias preferidas. Incluso antes de la llegada de las redes sociales, los motores de búsqueda estaban sobrecargando el sesgo de confirmación, haciendo mucho más fácil para la gente encontrar pruebas de creencias absurdas y teorías conspirativas, como que la Tierra es plana y que el gobierno estadounidense organizó los ataques 9/11. Pero las redes sociales empeoraron las cosas.

La cura más confiable para el sesgo de confirmación es la interacción con personas que no comparten nuestras creencias. Nos confrontan con contraevidencias y contraargumentos. John Stuart Mill dijo: «El que sólo conoce su propio lado del caso, sabe poco de eso», y nos instó a buscar puntos de vista contradictorios «de personas que realmente creen en ellos». Las personas que piensan diferente y están dispuestas a hablar, si no están de acuerdo contigo, te hacen más inteligente, casi como si fueran extensiones de tu propio cerebro. Las personas que tratan de silenciar o intimidar a sus críticos, se hacen estúpidas, casi como si estuvieran disparando dardos en su propio cerebro.

❝En el siglo XX, Estados Unidos construyó las instituciones productoras de conocimiento más capaces de la historia humana. En la última década, se volvieron estúpidas en masa.❞

En su libro The Constitution of Knowledge, Jonathan Rauch describe el avance histórico en el que las sociedades occidentales desarrollaron un «sistema operativo epistémico», es decir, un conjunto de instituciones para generar conocimiento a partir de las interacciones de individuos sesgados y cognitivamente defectuosos. El derecho inglés desarrolló el sistema contradictorio para que los defensores sesgados pudieran presentar ambos lados de un caso a un jurado imparcial. Los periódicos llenos de mentiras evolucionaron hacia empresas periodísticas profesionales, con normas que requerían buscar múltiples caras de una historia, seguidas de revisión editorial, seguidas de verificación de hechos. Las universidades evolucionaron de instituciones medievales de clausura a centrales de investigación, creando una estructura en la que los eruditos presentaron afirmaciones respaldadas por evidencia, con el conocimiento de que otros eruditos alrededor del mundo estarían motivados a ganar prestigio al encontrar evidencia contraria.

Parte de la grandeza de Estados Unidos en el siglo XX vino de haber desarrollado la más capaz, red vibrante y productiva de instituciones productoras de conocimiento en toda la historia humana, vincular las mejores universidades del mundo, empresas privadas que convirtieron los avances científicos en productos de consumo que cambian la vida, y agencias gubernamentales que apoyaron la investigación científica y lideraron la colaboración, que finalmente pusieron a la gente en la luna.

Pero este arreglo, señala Rauch, “no se basa en el auto-mantenimiento; se basa en una serie de entornos y entendimientos sociales a veces delicados, y estos necesitan ser entendidos, afirmados y protegidos”. Entonces, ¿qué sucede cuando una institución no está bien mantenida y el desacuerdo interno cesa, ya sea porque su pueblo se ha vuelto ideológicamente uniforme o porque tiene miedo a disentir?

Creo que esto es lo que pasó con muchas de las instituciones clave de Estados Unidos a mediados y finales de la década de 2010. Se volvieron estúpidas en masa porque las redes sociales inculcaron a sus miembros un miedo crónico a que fueran osadas. El cambio fue más pronunciado en universidades, asociaciones académicas, industrias creativas y organizaciones políticas en todos los niveles (nacional, estatal y local), y fue tan generalizado que estableció nuevas normas de comportamiento respaldadas, por nuevas políticas aparentemente de la noche a la mañana. La nueva omnipresencia de los medios sociales de mayor viralidad significó que una sola palabra pronunciada por un profesorlíder o periodista, incluso si se hablaba con una intención positiva, podría llevar a una tormenta de fuego en las redes sociales, desencadenando un despido inmediato o una investigación por la institución. Los participantes en nuestras instituciones clave comenzaron a autocensurarse a un grado insalubre, frenando las críticas de las políticas e ideas —incluso las presentadas en clase por sus estudiantes— que creían ser mal apoyadas o equivocadas.

❝Pero cuando una institución castiga la disidencia interna, dispara dardos en su propio cerebro.❞

El proceso de estupefacción se desarrolla de manera diferente a la derecha y a la izquierda, porque sus alas de activista suscriben diferentes narrativas con diferentes valores sagrados. El estudio «Tribus Ocultas» nos dice que los «conservadores devotos» puntúan más alto en creencias relacionadas con el autoritarismo. Comparten una narrativa en la que Estados Unidos está eternamente bajo la amenaza de enemigos externos y subversivos internos; ven la vida como una batalla entre patriotas y traidores. Según la politóloga Karen Stenner, en cuyo trabajo se basó el estudio «Tribus ocultas», son psicológicamente diferentes del grupo más grande de «conservadores tradicionales» (19 por ciento de la población), que enfatizan el orden, el decoro y el cambio lento en lugar del radical.

Sólo dentro de las narraciones de los devotos conservadores tienen sentido los discursos de Donald Trump, desde la ominosa diatriba de apertura de su campaña sobre los «violadores» mexicanos, hasta su advertencia del 6 de enero de 2021: «Si no peleas como el infierno, ya no vas a tener un país».

El castigo tradicional por traición es la muerte, de ahí el grito de batalla del 6 de enero: «Cuelga a Mike Pence». Las amenazas de muerte de la derecha, muchas entregadas por cuentas anónimas, están resultando efectivas en los conservadores tradicionales coaleros, por ejemplo en expulsar a funcionarios electorales locales que no lograron «detener el robo». La ola de amenazas lanzadas a los miembros republicanos disidentes del Congreso ha empujado a muchos de los moderados restantes a renunciar o callarse, dándonos un partido cada vez más divorciado de la tradición conservadora, la responsabilidad constitucional y la realidad. Ahora tenemos un Partido Republicano que describe un ataque violento contra el Capitolio de Estados Unidos como «discurso político legítimo», apoyado —o al menos no contradicho— por una serie de grupos de reflexión y organizaciones mediáticas de derecha.

La estupidez de la derecha es más visible en las muchas teorías conspirativas que se extienden a través de medios de derecha, y ahora al Congreso. «Pizzagate», QAnon, la creencia de que las vacunas contienen microchips, la convicción de que Donald Trump ganó la reelección —cualquiera de estas ideas o sistemas de creencias serían difíciles de imaginar, que llegasen a tales niveles, sin la existencia de Facebook y Twitter.

Los demócratas también han sido duramente golpeados por la estupidez estructural, aunque de una manera diferente. En el Partido Demócrata, la lucha entre el ala progresista y las facciones más moderadas es abierta y continua, y a menudo ganan los moderados. El problema es que la izquierda controla las alturas dominantes de la cultura: universidades, organizaciones de noticias, Hollywood, museos de arte, publicidad, gran parte de Silicon Valley, y los sindicatos de profesores y universidades de enseñanza que dan forma a la educación K-12. Y en muchas de esas instituciones, la disidencia ha sido sofocada: cuando a todos se les emitió un arma de dardos a principios de la década de 2010, muchas instituciones de izquierda comenzaron a dispararse en el cerebro. Y desafortunadamente, esos fueron los cerebros que informan, instruyen y entretienen a la mayor parte del país.

Los liberales de finales del siglo XX compartían la creencia de que el sociólogo Christian Smith llamaba a la narrativa del «progreso liberal», en la que Estados Unidos solía ser horriblemente injusto y represivo, pero, gracias a las luchas de activistas y héroes, ha progresado (y sigue haciéndolo) hacia la realización de la noble promesa de su fundación. Esta historia apoya fácilmente el patriotismo liberal, y fue la narrativa animadora de la presidencia de Barack Obama. También es la opinión de los «liberales tradicionales» en el estudio «Tribus Ocultas» (11 por ciento de la población), que tienen fuertes valores humanitarios, son mayores que la media, y son en gran parte la gente que lidera las instituciones culturales e intelectuales de Estados Unidos.

Pero cuando las nuevas plataformas viralizadas de redes sociales dieron a todos un arma de dardo, fueron los activistas progresistas más jóvenes los que más dispararon, y apuntaron un número desproporcionado de sus dardos a estos líderes liberales de mayor edad. Confundidos y temerosos, los líderes rara vez desafiaron a los activistas o su narrativa, no liberal, en la que la vida en cada institución es una eterna batalla entre grupos identitarios por un pastel de suma cero, y la gente de arriba llegó allí oprimiendo a la gente de abajo. Esta nueva narrativa es rígidamente igualitaria, centrada en la igualdad de resultados, no en los derechos ni en las oportunidades. No le importan los derechos individuales.

La acusación universal contra las personas que no están de acuerdo con estas narrativas no son la de «traidor»; son la de «racista», «tránsfobo», «Karen» (Charo, en España, es algo similar) o alguna letra escarlata relacionada que marque al autor como alguien que odia o daña a un grupo marginado. El castigo que se considera correcto para esos delitos no es la ejecución; es la vergüenza pública y la muerte social.

Usted puede ver el proceso de estupefacción, más claramente, cuando una persona a la izquierda simplemente señala a la investigación que cuestiona o contradice una creencia favorecida entre activistas progresistas. Alguien en Twitter encontrará una manera de asociar al disidente con el racismo, y otros se les sumarán. Por ejemplo, en la primera semana de protestas, después del asesinato de George Floyd, algunas de las cuales incluyeron violencia, el analista de política progresista David Shor, entonces empleado por Civis Analytics, tuiteó un enlace a un estudio que muestra que las protestas violentas en los años 60 condujeron a reveses electorales para los demócratas en condados cercanos. Shor claramente estaba tratando de ser útil, pero en la indignación que le siguió, fue acusado de «anti-negritud» y pronto fue despedido de su trabajo. (Civis Analytics ha negado que el tuit haya llevado al despido de Shor.)

El caso Shor se hizo famoso, pero cualquiera en Twitter ya había visto docenas de ejemplos enseñando la lección básica: No cuestione las creencias, políticas o acciones de su propio lado. Y cuando los liberales tradicionales callan, como muchos lo hicieron en el verano de 2020, la narrativa más radical de los activistas progresistas asume el cargo de narrativa gobernante de una organización. Es por esto que tantas instituciones epistémicas parecían «despertarse» (Go Woke) en rápida sucesión ese año y el siguiente, comenzando con una ola de controversias y renuncias en The New York Times y otros periódicos, y continuando con los pronunciamientos de justicia social de grupos de médicos y asociaciones médicas (una publicación de la Asociación Médica Americana y la Asociación de Facultades Médicas Americanas, por ejemplo, aconsejó a los profesionales médicos que se refirieran a los barrios y comunidades como «oprimidos» o «sistemáticamente desinvertidos» en lugar de «vulnerables» o «pobres»), y la transformación apresurada de los planes de estudio en las escuelas privadas más caras de Nueva York.

Trágicamente, vemos estupefacción en ambos bandos en las guerras COVID. La derecha ha estado tan comprometida a minimizar los riesgos de COVID que ha convertido la enfermedad en una enfermedad que mata preferentemente a los republicanos. La izquierda progresista está tan comprometida a maximizar los peligros del COVID que a menudo abarca una estrategia igualmente maximalista y única para todas las vacunas, máscaras y distanciamiento social, incluso en lo que respecta a los niños. Esas políticas no son tan mortíferas como la difusión de temores y mentiras sobre las vacunas, pero muchas de ellas han sido devastadoras para la salud mental y la educación de los niños, que necesitan desesperadamente jugar unos con otros e ir a la escuela; tenemos pocas pruebas claras de que el cierre de las escuelas y las máscarillas para niños pequeños reduzcan las muertes por COVID. Más notablemente para la historia que estoy contando aquí, los padres progresistas que discutían contra el cierre de escuelas fueron frecuentemente atacados en las redes sociales, y se encontraron con las omnipresentes acusaciones izquierdistas de racismo y supremacía blanca. Otros en las ciudades azules aprendieron a guardar silencio.

La política estadounidense se está volviendo cada vez más ridícula y disfuncional no porque los estadounidenses se estén volviendo menos inteligentes. El problema es estructural. Gracias a las redes sociales de mayor viralidad, la disidencia es castigada dentro de muchas de nuestras instituciones, lo que significa que las malas ideas se elevan a política oficial.

Va a empeorar mucho

En una entrevista de 2018, Steve Bannon, el ex-asesor de Donald Trump, dijo que la manera de tratar con los medios es «inundar la zona de mierda». Él estaba describiendo la táctica de la «manguera de fuego de la falsedad» (firehose of falsehood), pionera de los programas de desinformación rusos para mantener a los estadounidenses confundidos, desorientados y enojados. Pero en ese entonces, en 2018, había un límite superior a la cantidad de mierda disponible, porque todo tenía que ser creado por una persona (aparte de algunas cosas de baja calidad producidas por bots).

Ahora, sin embargo, la inteligencia artificial está cerca de permitir la expansión ilimitada de la desinformación altamente creíble. El programa de IA GPT-3 ya es tan bueno que puedes darle un tema, y un tono y escupirá tantos ensayos como quieras, típicamente con una gramática perfecta y un sorprendente nivel de coherencia. En un año o dos, cuando el programa se actualiza a GPT-4, se volverá mucho más capaz. En un ensayo de 2020 titulado «The Supply of Disinformation Will Soon Be Infinite», Renée DiResta, gerente de investigación del Observatorio de Internet de Stanford, explicó que la difusión de falsedades -ya sea a través de texto, imágenes o videos falsos profundos- rápidamente será inconcebiblemente fácil. (Ella co-escribió el ensayo con GPT-3.)

Las facciones estadounidenses no serán las únicas que usen IA y redes sociales para generar contenido de ataque; nuestros adversarios también lo harán. En un fascinante ensayo de 2018 titulado «La línea Maginot digital», DiResta describió el estado de cosas sin rodeos. «Estamos inmersos en un conflicto en evolución y en curso: una Guerra Mundial de la Información en la que actores estatales, terroristas y extremistas ideológicos aprovechan la infraestructura social que sustenta la vida cotidiana para sembrar discordia y erosionar la realidad compartida», escribió. Los soviéticos solían tener que enviar agentes o cultivar estadounidenses dispuestos a hacer sus propuestas. Pero las redes sociales hicieron que fuera barato y fácil, para la Agencia de Investigación de Internet de Rusia, inventar eventos falsos, o distorsionar los reales para avivar la ira, tanto en la izquierda como en la derecha, a menudo sobre la raza. Investigaciones posteriores mostraron que una campaña intensiva comenzó en Twitter en 2013, pero pronto se extendió a Facebook, Instagram y YouTube, entre otras plataformas. Uno de los principales objetivos era polarizar al público estadounidense y esparcir desconfianza —dividirnos en el punto débil exacto que Madison había identificado.

❝Si no hacemos cambios importantes pronto, entonces nuestras instituciones, nuestro sistema político y nuestra sociedad pueden colapsar.❞

Ahora sabemos que no son sólo los rusos los que atacan la democracia estadounidense. Antes de las protestas de 2019 en Hong Kong, China se había centrado principalmente en plataformas nacionales como WeChat. Pero ahora China está descubriendo cuánto puede hacer con Twitter y Facebook, por tan poco dinero, en su creciente conflicto con Estados Unidos. Dados los avances de China en la IA, podemos esperar que sea más hábil en los próximos años para dividir aún más a Estados Unidos y unir aún más a China.

En el siglo XX, la identidad compartida de Estados Unidos, como el país que lidera la lucha para hacer que el mundo sea seguro para la democracia, fue una fuerza fuerte que ayudó a mantener unida la cultura y la política. En el siglo XXI, las empresas tecnológicas estadounidenses han reestructurado el mundo y creado productos que ahora parecen ser corrosivos para la democracia, obstáculos para el entendimiento compartido, y por todo ello, destructores de la torre moderna.

La democracia después de Babel

Nunca podremos volver a como eran las cosas en la era predigital. Las normas, instituciones y formas de participación política que se desarrollaron durante la larga era de la comunicación de masas no van a funcionar bien, ahora que la tecnología ha hecho todo mucho más rápido y multidireccional, y cuando pasar por alto los porteros profesionales es tan fácil. Muy alcontario, la democracia estadounidense está ahora operando fuera de los límites de la sostenibilidad. Si no hacemos cambios importantes pronto, entonces nuestras instituciones, nuestro sistema político y nuestra sociedad podrán colapsar durante la próxima guerra, pandemia, colapso financiero o crisis constitucional.

¿Qué cambios son necesarios? Rediseñar la democracia para la era digital está mucho más allá de mis habilidades, pero puedo sugerir tres categorías de reformas: las metas que deben alcanzarse para que la democracia siga siendo viable en la era post-Babel. Debemos endurecer las instituciones democráticas para que puedan resistir la ira y la desconfianza crónicas, reformar los medios sociales para que se vuelvan menos corrosivos socialmente, y preparar mejor a la próxima generación para la ciudadanía democrática en esta nueva era.

Endurecer las instituciones democráticas

Es probable que la polarización política aumente en el futuro previsible. Por lo tanto, cualquier otra cosa que hagamos, debemos reformar las instituciones clave para que puedan seguir funcionando incluso si los niveles de ira, desinformación y violencia aumentan muy por encima de los que tenemos hoy.

Por ejemplo, el poder legislativo fue diseñado para requerir compromiso, pero el Congreso, las redes sociales y los canales de noticias por cable partidistas han evolucionado de tal manera, que cualquier legislador que llegue a través del pasillo, puede enfrentar indignación en cuestión de horas desde el ala extrema de su partido, dañando sus perspectivas de recaudación de fondos y aumentando su riesgo de ser primariado en el próximo ciclo electoral.

Las reformas deberían reducir la influencia masiva de extremistas enojados y hacer que los legisladores respondan más al votante promedio en su distrito. Un ejemplo de tal reforma es poner fin a las primarias cerradas del partido, reemplazándolas con una única primaria abierta, no partidista, de la que los varios candidatos principales avanzasen a una elección general, que también utilizase el voto de elección clasificada. Ya se ha implementado una versión de este sistema de votación en Alaska, y parece haberle dado a la senadora Lisa Murkowski más libertad para oponerse al expresidente Trump, cuyo candidato favorito sería una amenaza para Murkowski en unas primarias republicanas cerradas, pero no en una abierta.

Una segunda manera de endurecer las instituciones democráticas es reducir el poder de cualquiera de los partidos políticos para jugar el sistema a su favor, por ejemplo, dibujando sus distritos electorales preferidos o seleccionando a los funcionarios que supervisarán las elecciones. Estos trabajos deben hacerse de una manera no partidista. Las investigaciones sobre justicia procesal muestran que cuando la gente percibe que un proceso es justo, es más probable que acepte la legitimidad de una decisión que va en contra de sus intereses. Basta pensar en el daño ya hecho a la legitimidad de la Corte Suprema por el liderazgo republicano del Senado, cuando bloqueó la consideración de Merrick Garland para un escaño que se abrió nueve meses antes de las elecciones de 2016, y luego se apresuró a pasar por el nombramiento de Amy Coney Barrett en 2020. Una reforma ampliamente discutida acabaría con este juego político haciendo que los jueces cumplan mandatos escalonados de 18 años para que cada presidente haga un nombramiento cada dos años.

Reformar los medios sociales

Una democracia no puede sobrevivir si sus plazas públicas son lugares donde la gente teme hablar y donde no se puede llegar a un consenso estable. El empoderamiento de las redes sociales de la extrema izquierda, la extrema derecha, los trolls domésticos y los agentes extranjeros está creando un sistema que se parece menos a una democracia y más a un gobierno de los más agresivos.

Pero está dentro de nuestro poder reducir la capacidad de los medios sociales para disolver la confianza y fomentar la estupidez estructural. Las reformas deben limitar la amplificación de los márgenes agresivos de las plataformas ,y dar más voz a lo que More in Common llama «la mayoría agotada».

Quienes se oponen a la regulación de los medios sociales generalmente se centran en la preocupación legítima de que las restricciones de contenido impuestas por el gobierno, en la práctica, se conviertan en censura. Pero el principal problema con las redes sociales no es que algunas personas publiquen cosas falsas o tóxicas; es que el contenido falso e inducido por la indignación ahora puede alcanzar un nivel de alcance e influencia que no era posible antes de 2009. La denunciante de Facebook, Frances Haugen, aboga por cambios simples en la arquitectura de las plataformas, en lugar de esfuerzos masivos y en última instancia inútiles para controlar todo el contenido. Por ejemplo, ella ha sugerido modificar la función «Compartir» en Facebook, para que después de que cualquier contenido haya sido compartido dos veces, la tercera persona en la cadena debe tomarse el tiempo para copiar y pegar el contenido en un nuevo post. En punto de vista neutro y de contenido neutro, y funcionan igualmente bien en todos los idiomas. No impiden que nadie diga nada; simplemente ralentizan la propagación de contenido que, en promedio, es menos probable que sea cierto.

❝Tal vez el mayor cambio que reduciría la toxicidad de las plataformas existentes sería la verificación de usuarios como condición previa para obtener la amplificación algoritmica que ofrecen las redes sociales.❞

Los bancos y otras industrias tienen reglas de «conocer a sus clientes» para que no puedan hacer negocios con clientes anónimos que lavan dinero de empresas criminales. Las grandes plataformas de redes sociales deben ser requeridas para hacer lo mismo. Eso no significa que los usuarios tendrían que publicar bajo sus nombres reales; aún podrían usar un seudónimo. Sólo significa que antes de que una plataforma difunda sus palabras a millones de personas, tendrá la obligación de verificar (tal vez a través de un tercero o sin fines de lucro) que usted es un verdadero ser humano, en un país en particular, y son lo suficientemente mayores para estar usando la plataforma. Este cambio eliminaría la mayoría de los cientos de millones de bots y cuentas falsas que actualmente contaminan las principales plataformas. También probablemente reduciría la frecuencia de amenazas de muerte, amenazas de violación, maldad racista y trolling en general. La investigación muestra que el comportamiento antisocial se vuelve más común en línea cuando las personas sienten que su identidad es desconocida e imposible de rastrear.

En cualquier caso, la creciente evidencia de que las redes sociales están dañando la democracia es suficiente para justificar una mayor supervisión por parte de un organismo regulador, como la Comisión Federal de Comunicaciones o la Comisión Federal de Comercio. Una de las primeras órdenes a negociar debería ser obligar a las plataformas a compartir sus datos y sus algoritmos con investigadores académicos.

Preparar la próxima generación

Los miembros de la generación Z, que nacieron en y después de 1997, no escucharon ninguna de las culpas por el lío en el que estamos, pero van a heredarlo, y las señales preliminares son que las generaciones mayores les han impedido el aprender a manejarlo.

La infancia se ha circunscrito más estrechamente en las generaciones recientes —con menos oportunidades para el juego libre y no estructurado; menos tiempo sin supervisión fuera; más tiempo en línea. Cualesquiera que sean los efectos de estos cambios, es probable que hayan impedido el desarrollo de las capacidades necesarias para una autogobierno eficaz para muchos adultos jóvenes. El juego libre sin supervisión es la forma de la naturaleza de enseñar a los mamíferos jóvenes las habilidades que necesitarán como adultos, que para los seres humanos incluyen la capacidad de cooperar, hacer y hacer cumplir reglas, transigir, juzgar conflictos y aceptar la derrota. Un brillante ensayo de 2015 del economista Steven Horwitz argumentó que el juego libre prepara a los niños para el «arte de asociación» que Alexis de Tocqueville dijo que era la clave de la vitalidad de la democracia estadounidense; también sostuvo que su pérdida representaba «una grave amenaza para las sociedades liberales». Una generación impedida de aprender estas habilidades sociales, advirtió Horwitz, recurriría habitualmente a las autoridades para resolver disputas y sufriría de una «coacción de interacción social» que «crearía un mundo de más conflicto y violencia».

Y aunque los medios sociales han erosionado el arte de asociación en toda la sociedad, pueden estar dejando sus marcas más profundas y duraderas en los adolescentes. Un aumento en las tasas de ansiedad, depresión y autolesión, entre los adolescentes estadounidenses, comenzó repentinamente a principios de la década de 2010. (Lo mismo les pasó a los adolescentes canadienses y británicos, al mismo tiempo.) La causa no se conoce, pero el momento apunta a las redes sociales como un contribuyente sustancial —el aumento comenzó justo cuando la gran mayoría de los adolescentes estadounidenses se convirtieron en usuarios diarios de las principales plataformas. Los estudios correlacionales y experimentales respaldan la conexión con la depresión y la ansiedad, al igual que los informes de los propios jóvenes, yde la propia investigación de Facebook, según informa The Wall Street Journal.

La depresión hace que las personas tengan menos probabilidades de involucrarse con nuevas personas, ideas y experiencias. La ansiedad hace que las cosas nuevas parezcan más amenazantes. A medida que estas condiciones han aumentado, y que las lecciones sobre el comportamiento social matizado aprendidas a través del juego libre se han retrasado, la tolerancia a diversos puntos de vista y la capacidad de resolver disputas han disminuido entre muchos jóvenes. Por ejemplo, las comunidades universitarias que podían tolerar un rango de hablantes tan reciente como 2010, posiblemente comenzaron a perder esa habilidad en los años subsiguientes, cuando la generación Z comenzó a llegar al campus. Los intentos de desinvitar a los oradores visitantes aumentaron. Los estudiantes no sólo dijeron que no estaban de acuerdo con los oradores visitantes; algunos dijeron que esas conferencias serían peligrosas, emocionalmente devastadoras, una forma de violencia. Debido a que las tasas de depresión y ansiedad de los adolescentes han seguido aumentando hasta la década de 2020, debemos esperar que estas opiniones continúen en las generaciones siguientes, y de hecho se vuelvan más severas.

El cambio más importante que podemos hacer para reducir los efectos dañinos, de las redes sociales, en los niños es retrasar la entrada hasta que hayan pasado por la pubertad. El Congreso debería actualizar la Ley de protección de la intimidad en línea de los niños, que imprudentemente fijó la edad de la llamada edad adulta de Internet (la edad en la que las empresas pueden recopilar información personal de los niños sin el consentimiento de los padres) en 13 años en 1998, al tiempo que no prevé la aplicación efectiva. La edad debe elevarse al menos a 16 años, y las empresas deben ser responsables de hacerla cumplir.

Más en general, para preparar a los miembros de la próxima generación, para la democracia post-Babel, quizás lo más importante que podemos hacer es dejarlos jugar. Deje de morir de hambre a los niños de las experiencias que más necesitan para convertirse en buenos ciudadanos: juego libre en grupos de edad mixta de niños con supervisión mínima de adultos. Cada estado debe seguir la guía de Utah, Oklahoma y Texas y aprobar una versión de la Ley de Paternidad Gratuita que ayude a asegurar a los padres que no serán investigados por negligencia, si sus hijos de 8 o 9 años son vistos jugando en un parque. Con tales leyes vigentes, las escuelas, los educadores y las autoridades de salud pública deberían entonces alentar a los padres a dejar que sus hijos caminen a la escuela y jueguen en grupos afuera, tal como solían hacerlo antes los niños.

Esperanza después de Babel

La historia que he contado es sombría, y hay poca evidencia que sugiera que Estados Unidos volverá a alguna apariencia de normalidad y estabilidad en los próximos cinco o diez años. ¿Qué lado se va a volver conciliador? ¿Cuál es la probabilidad de que el Congreso promulgue reformas importantes que fortalezcan las instituciones democráticas o desintoxiquen los medios sociales?

Sin embargo, cuando miramos lejos de nuestro disfuncional gobierno federal, nos desconectamos de los medios sociales y hablamos directamente con nuestros vecinos, las cosas parecen más esperanzadoras. La mayoría de los estadounidenses en el informe “More in Common” son miembros de la «mayoría agotada», que está cansada de los combates y está dispuesta a escuchar a la otra parte y transigir. La mayoría de los estadounidenses ahora ven que las redes sociales están teniendo un impacto negativo en el país, y están tomando más conciencia de sus efectos dañinos en los niños.

¿Haremos algo al respecto?

Cuando Tocqueville recorrió los Estados Unidos en la década de 1830, quedó impresionado por el hábito estadounidense de formar asociaciones voluntarias para solucionar problemas locales, en lugar de esperar a que los reyes o nobles actuaran, como harían los europeos. Ese hábito todavía está con nosotros hoy. En los últimos años, los estadounidenses han comenzado cientos de grupos y organizaciones dedicadas a fomentar la confianza y la amistad a través de la división política, incluyendo a EE.UU., Braver Angels (en cuyo tablero sirvo), y muchos otros enumerados en BridgeAlliance. No podemos esperar que el Congreso y las empresas tecnológicas nos salven. Debemos cambiar a nosotros mismos y a nuestras comunidades.

¿Cómo sería vivir en Babel en los días posteriores a su destrucción? Lo sabemos. Es un tiempo de confusión y pérdida. Pero también es un tiempo para reflexionar, escuchar y construir.


Jonathan Haidt es psicólogo social de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Es el autor de The Righteous Mind y el co-autor de The Coddling of the American Mind, que se originó como una historia atlántica de septiembre de 2015.

Lecturas recomendadas del mismo autor:

La oscura psicología de las redes sociales — Jonathan Haidt yTobías Rose-Stockwell
El peligroso experimento de las adolescentes — Jonathan Haidt


No soy tan optimista como Jonathan Haidt. No veo ninguna solución a la situación actual. Me gustaría pensar que como es un problema que se ha iniciado, y que se da en las Redes Sociales, este se quedase reducido a tal espacio, pero no es así. Los distintos canales de televisión se posicionan y hacen de cámara de eco de las discusiones que se originan en las Redes, y desde estas se esparcen por toda la sociedad. Los propios líderes y personas influyentes, de toda índole, entran en las Redes y exponen sus propios puntos de vista. Los que no lo hacen no sé si lo harán por cobardía o por prudencia, pues si los expertos pusieran «los puntos sobre las ies», a los que hablan sin saber, las personas tendrían que moderar lo que dicen. Pienso que más bien opera la cobardía que la prudencia, pues ya se han dado demasiados casos de personas expertas que han sido canceladas y echadas de sus puestos de trabajo, por culpa de las «cámaras de eco» de las redes y la cultura de la cancelación. (Los expertos que no se pronuncian directamente sobre los temas específicos, suelen ser ignorados, no sé si por incomprendidos o por no posicionarse… a veces se le viene toda la mierda encima sin quererlo). Censurar o tener mayor control de las redes —como en cierta forma propone Jonathan Haidt— sería ir contra la libertad de expresión (yo no tengo validada ninguna cuenta, porque no quiero que las compañías tengan tanto control sobre quién soy… pues soy antisistema y antiglobalista). Como ya dijera en uno de los escritos, todo pasa por la falta de nitidez sobre los valores morales, donde al quedar sólo lo que las leyes dicten, el desbarrar en las Redes sólo es una cuestión sobre el grado de gilipollez que uno mismo tenga sobre sí. Tampoco descarto que las psicopatías leves —o incluso las intensas—, vean en las Redes una forma no penada de hacer daño al resto de las personas. Sea como fuere, la «tormenta perfecta» que se da en las redes hacia el odio y la tendencia hacia el nihilismo, de nuevo, es otro caso de «la paradoja del viaje a Abilene«, un lugar al que nadie quería ir, pero al que todos hemos terminado por llegar.


Recientemente he leído «La masa enfurecida» de Murray Douglas (descargar), quizás el libro más claro y certero del panorama actual, y en contra de la actual tendencia del feminismo y otras minorías. Ahora estoy leyendo «El animal moral» de Robert Wright (leo varios libros a la vez, según los días y por no cansarme de uno), donde se analiza la moral desde los conceptos de la psicología evolutiva. Dice que la situación actual, donde se dan más divorcios y menos matrimonios estables, es más tendente a la violencia y la criminalidad del hombre, pues el hombre en pareja es más estable a nivel emocional (mediado por la prolactina, esto no lo dice el autor, pero es un cambio que se da en el hombre con pareja); esto lo hace ver en la dirección de establecer el por qué la monogamia es la mejor apuesta humana. No es la mejor a nivel individual, pero sí a nivel social, pues hace de tales sociedades más tendentes a la estabilidad social, con un menor índice hacia la criminalidad y la violencia. O en otro caso: «los niños menores de diez años tenían entre tres y cuarenta veces más probabilidades de sufrir abuso parental si vivían con un padrastro y un padre natural que si vivían con dos padres naturales». Luego el feminismo… está desencadenando una mayor complejidad en los sistemas sociales modernos (los problemas analizados se dan menos en las sociedades menos modernas), que van a ser cada vez más distópicos. Todo guardaba cierto precario equilibrio y lo estamos rompiendo. Todo irá a peor…, excepto si nos alejamos de la mentalidad norteamericana —sociedad sin pasado— y la globalización.

Los enlaces del escrito a veces llevan a estudios académicos. Desde esta página https://sci-hub.st y pegando el enlace que suele contener la palabra «doi» se pueden descargar los escritos. Quien necesite algún recurso que me lo pida en un privado por Twitter (@wetware05). Ya no uso esa Red, sólo para privados.

Dado el escrito de Jonathan Haidt… ¿hay que escribir y permanecer en las redes o no? No hay forma de solucionar tal dilema. ¿Abandonar es de «blandos» o de «inteligentes»? ¿Cómo «retirarse» si ciertos temas son tan vitales para las futuras generaciones y por ello para la humanidad? (Cómo no llevarse las manos a la cabeza y querer dar la opinión como en el caso «… de una menor estadounidense con síndrome de Down. La chica —conocida como Melissa— sufría numerosos trastornos físicos y mentales y, al parecer, también padecía leucemia. Por razones que cuesta entender, la madre de la menor, inconforme con estos diagnósticos, llegó a la conclusión —no sin ayuda de terceros— de que su hija era trans. Una de las personas que sustentaron este dictamen y promovieron la posterior transición fue Aydin Olson-Kennedy, quien, no satisfecho con eso, solicitó que otras personas trans donaran dinero para financiar la doble mastectomía de la muchacha», expuesto en el libro de Murray Douglas, donde además el consejero tenía intereses en una farmacéutica de testosterona). Sea como fuere la lucha seguirá, aunque uno se «retire» de la «contienda», luego se da un fatalismo en donde la libertad individual está de más.

Última consideración a tener en cuenta. A tenor de lo dicho por el autor del texto, me puse a pensar si tendría sentido —y qué sentido podría ser— que (un) Dios (recordar que soy ateo, pero juego con los signos) crease la confusión de los humanos a través de distintos lenguajes —y por ello culturas—. Lo que subyace de fondo… ¿es que Dios no Quiere que los humanos lleguen a Su mismo nivel de poder?, o simplemente Quiere que se «respete» su obra —el humano— tal como Él la concibió. En todo caso, y extrapolando tal metáfora a la época actual: ¿estaría Dios en contra de la globalización, por ser demasiado parecido a Babel?, o no tiene nada que ver. Y de ser lo primero, ¿Dios repercute para que no se pueda llegar a la globalización?, de ser así, ¿la guerra ruso-ucraniana podría ser uno de Sus Designios?

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