Cómo Ganar la Guerra
❝Las guerras, afirma la teoría militar moderna, no se ganan en el campo de batalla
-se ganan en la mente de la gente, en el dominio cognitivo.❞ Tone Kvernbekk y Ola Bøe-Hansen
❝Un mito social suele quedar al descubierto cuando
el propio mito empieza a menguar.❞ Robert M. MacIver
❝En la mayoría de las multitudes, las personas no se conocen entre sí y, por tanto,
no tienen tendencia a permanecer juntas.❞ Phillipe Ball
❝Si se pusiera a todos los economistas uno detrás de otro formando una cadena,
no llegarían a una sola conclusión.❞ George Bernard Shaw
❝Llegará un día en el que la tolerancia será tan intensa que se prohibirá
pensar a los inteligentes para no molestar a los imbéciles.❞ Dostoyeiski
(El título hace referencia al de un escrito vinculado abajo para su descarga: «Cómo ganar guerras —El papel de la narrativa de guerra—», de Tone Kvernbekk y Ola Bøe-Hansen).
Este va a ser un escrito precipitado, pues ahora son las tres y media de la noche y me veo en la tesitura que si dejo la entrada para mañana —en realidad hoy— no me voy a dormir dando vueltas al tema. A veces pienso que estoy bendecido por Dios, pero claramente no soy creyente y no puedo dar fe a tal pensamiento. Hace unas ocho horas me encontré con la existencia de un escrito con el sugerente título de «narrativas de guerra», dentro de las búsquedas académicas de Google. Tampoco es que lo buscase…, ¡ahora mismo ya no recuerdo cómo lo encontré y qué otra cosa buscaba!, mañana repaso cómo pudo ser. El caso es que tal título «encajaba» en mi cosmovisión del mundo, ya que baso mi filosofía en la capacidad narrativa del cerebro, y de ahí a las grandes narrativas, o la metanarrativa propia de todas las culturas…, donde su muerte a manos del posmodernismo nos ha traído al momento actual tan caótico y nihilista. Además, para mayor colmo, tal concepto encajaba con mi escrito anterior, por cuanto en él he dicho que Internet es un flujo de información donde lo que está en juego es una «verdad» sobre cada hecho de la actualidad. El ponerlo entrecomillado viene al caso puesto que tal tipo de «verdades» son sólo en la medida de validad una u otras narrativas, dependiendo de la posición que defienda cada uno.
Tras el proceso de buscar tal escrito, traducirlo, leerlo —corrigiéndolo minuciosamente— y cambiar uno de sus dos gráficos al castellano, me encontré con una gran cantidad de ideas revoloteando en mi cabeza. Voy a escribir las ideas principales y seguramente mañanas las corregiré y/o las ampliaré.
Internet ha creado un estado de cosas en las cuales creamos nuevas narrativas entre todos. En la medida que cada uno tiene su propia visión de tales «narraciones» —verdades para cada uno—, nos unimos a aquellas personas que comparten fracciones de tales narraciones, mientras a la vez atacamos a aquellas personas o grupos que defiendan una versión opuesta o muy distinta a la propia, o de los grupos a los que pertenezcamos. Para dar validez a una narrativa frente a otras, la nuestra tiene que ser coherente y consistente con los hechos, atacando las narraciones de los otros en la medida que sean incoherentes e inconsistentes. Las narrativas no son democráticas y en las que todos podamos colaborar, dependen del grado de poder de cada agente, y lo cercano que toda narrativa esté a la que en cada momento sea la hegemónica (suma poder y hegemonía —además de la capacidad del humano a sumarse a lo masivo—, y se llegará a la conclusión del porqué es tan complicado cambiar un relato). En el momento actual, y puesto que Rusia no es legítimamente hegemónica, su relato tiene un menor poder y legitimidad que la de sus opuestos (indiferentemente de otros conceptos morales que analizaré mañana). Hasta aquí mis propias deducciones, pareadas en algunos casos y distintas en otros, con los autores del escrito, Tone Kvernbekk y Ola Bøe-Hansen de 2017 (descargar). Estos argumentan la existencia de un narrador, en muchos casos tal persona es la versión oficial del jefe de Estado, o en el caso de la guerra entre Rusia y Ucrania, Putin por un bando y los aliados de la OTAN por otro. Además arguyen que lo importante es que la narrativa sea válida para los ciudadanos y los soldados de las naciones implicadas, pues dará consistencia y valor a su lucha y sufrimiento, donde el resto del mundo o las opiniones en las redes sociales, serán narraciones de una menor importancia.
Ejemplo de metarrelato de guerra: ❝No es ningún secreto para ustedes, hermanos míos, que el pueblo del Islam ha sido afligido con opresión, hostilidad e injusticia por la alianza judeo-cristiana y sus partidarios. Esto muestra la creencia de nuestros enemigos de que la sangre de los musulmanes es la más barata y que su propiedad y riqueza es simplemente un botín. Su sangre ha sido derramada en Palestina e Irak […]. Hombres del futuro radiante de nuestra umma (comunidad) de Mahoma, levantan la bandera de la yihad en alto contra de la alianza judeo-americana que ha ocupado los santos lugares del Islam. […] El mártir tiene una garantía de Dios: lo perdona en la primera gota de su sangre y le muestra su asiento en el cielo.❞ Osama bin Laden, 1996
En el escrito de ayer, además, hacía mención a las bifurcaciones, y a la histéresis, o momento y concatenación histórica de un hecho o de una realidad en el mundo. El caso es que el fundamento de todos mis escritos es el ataque a la validez de los relatos, sólo en los últimos años he vuelto a reconsiderar tal postura, por cuanto me percaté de la necesidad de los relatos para el cerebro y por ello, al final, para las sociedades. O sea, en un principio me uní a la jerga posmoderna de no dar ninguna legitimidad a los metarrelatos —o las grandes narraciones—, pero finalmente comprendí que son estos los que nos hacen humanos. Matar esta capacidad es matar lo humano, y por ello aunque en el fondo no creo en la validez de estos, los defiendo en la medida que es la única forma de no llegar al nihilismo, al fin del humano tal como es o ha sido. Esta explicación la hago ver porque no hay ningún relato válido para la invasión de Ucrania, pero a la vez tampoco lo hay para defenderlo frente a Rusia. Cada uno de los bandos crea su propio relato, y cada uno nos remonta a una parte del pasado, pero en todo relato, y para ser consistente y bueno, ha de omitir todo el «ruido» de aquellos acontecimientos que no terminan de encajar en ninguna de las narrativas. Así, y en otro caso, la torta de Will Smith a Chris Rock ha hecho que las personas «investiguen» en el pasado de la pareja, para tratar de encontrar un sentido que de coherencia y consistencia a los hechos…, pero, eso sí, de la historia en la que cada uno cree o en la cual cada persona pone fe. El feminismo se verá abocado a poner como culpable a Will Smith, mientras los contra-feministas buscarán algo de culpabilidad en la forma de ser y de actuar de su mujer. Entre medias de estas dos narraciones tan opuestas, habrá otras de otras personas o de otras identidades, donde cada una de ellas «reconstruirá» la narración según un propósito o sentido prefijado de antemano. ¿No veis la incoherencia de todo este proceder?
❝Así, mientras se decía que la verdad era la primera víctima de la guerra, la situación hoy en día parece ser más bien que el narrador de una narración de guerra no puede permitirse decir nada más que la verdad.❞ Tone Kvernbekk y Ola Bøe-Hansen
Pienso que parte de nuestra actual crisis existencial, a nivel social y global, es aquella en la que todos, en lo más profundo de nuestro ser, nos hemos percatado que las narraciones no tienen ningún sentido. Que en todo dato que se ignora a posta o aquello que desconocemos, siempre habrá una gran cantidad de ruido, o de piezas del puzle que no encajan en ningún lado, donde al final las narraciones parecen carecer de sentido, en tanto que coherentes y consistentes a una capacidad de pertenecer a un relato que pueda tener algo de legitimidad. En todo caso, y como siempre, remite a la fe. Esta consiste en la imperturbable sapiencia de la validez de aquello en lo que depositamos nuestro propio ser, pues en definitiva tales historias son las que dan consistencia a nuestra mente y por ello a nuestra identidad. Perder la fe es perder la capacidad de dar consistencia al mundo, que este guarde algún significado profundo desde los cuales atenernos a unos comportamientos con el resto del mundo. Sin tal fe, nada tiene sentido y nuestras relaciones con el resto de humanos dejan de significar algo.
Para salvaguardarme de tal visión, yo trato de defender a los relatos, no porque yo pueda llegar a creer en ellos —quizás sólo a uno: el anarco-primitivista—, sino para no destruir la capacidad para crear relatos de las personas que aún creen en ellos. El feminismo no es realmente una posición posmoderna; ellas han reconstruido toda la historia desde una nueva narración: el patriarcado y su posible fin. Eso me lleva a otro tema tangencial, qué relato, de todos los posibles, se acerca más a alguna posible verdad. La línea liberal defiende una postura…, ¿desde dónde nace? Nos remonta a las tribus que apostaron por comerciar con los bienes que le sobraban con sus vecinos. Fue un paso desde lo espiritual, en tanto lo significante que era tener un objeto por su simbolismo, hacia la materia, en tanto a que tal símbolo tenía un valor intercambiable, externo a su significado intangible¿Qué se ganó y qué se perdió? Se empezó a legitimar el valor de los objetos separados de la realidad, de la naturaleza, dándoles un valor humano. Qué se perdió…, sonará cursi, pero se empezó a poner en jaque a las emociones, puesto que tales valores eran consensuados a nivel social, y en tanto que lo social no tiene un cuerpo que sienta por sí mismo. Ayer mismo me encontré con la frase de «el ser humano no está preparado para que le gobiernen las matemáticas», pronunciado por Ismael Santiago, y que va en mi misma línea de pensamiento, pues yo aduzco que la sociedad va hacia la razón, matando lo emocional del mundo. Bajo esta línea de construir un relato del mundo, Estados Unidos y sus aliados —léase sus borreguillos, sí, Europa también— defienden la numeralización del mundo, mientras que Putin, y aunque no vaya contra tal idea, por lo menos pone en jaque tal tendencia, de tal manera, que en la caída de la razón, le está dando una nueva oportunidad a la emoción, sin tener en claro si al final será así. Y he ahí que mientras que unos analizan la guerra ruso-ucraniana sin remontarse tanto en la historia, yo la vinculo a aquel lejano pasado, donde desde ese momento el humano tomó una bifurcación, uno de los varios caminos que tenía delante, y en donde a partir de ese momento ya no tendría ninguna opción de volver a retomar ese otro camino, que desde entonces ha quedado cerrado en su eterno devenir (tengo pendiente hacer una gráfica de las posibles desviaciones erradas de la historia).
Tal divergencia, o bifurcación, se ha materializado hace unos siglos entre las Izquierdas y las Derechas, pero donde tampoco esta división era realmente clara —por ninguno de los dos lados— con respecto a ser fieles a aquel lejano pasado. Izquierdas y Derechas son relatos con mucho ruido sobre nuestros orígenes. La Derecha es tradición frente a novedad, pero a la vez es enriquecimiento de sólo algunos y materialización de la realidad. La Izquierda es unión de todos en una unidad, y ayuda a los necesitados, pero a la vez es la postura política más tendente al progreso y por ello a la muerte de todo relato. De fondo de estos relatos están la retroalimentación positiva y negativa, que además tiene validez en lo humano, ya que corresponde a dos tipos de cerebros con los que nacemos. El primer tipo es cambio y fluidez, y el segundo permanencia y rigidez (esta división —permanencia y devenir— se valida por el efecto Baldwin, y el de la especiación). Se supone que la «verdad» está en la posición media, y por ello la tendencia de los partidos políticos al centro, pero… ¿por qué han dejado de ser válidos tales partidos frente a los de los extremos? Cualquier argumento sobre tal tema sólo será un relato, un metarrelato que explique los porqués y los cómo hemos llegado al momento actual. Para la Derecha, entre ellos Escohotado y su libro «los enemigos del comercio», los culpables son las izquierdas, y para estas lo serán las Derechas. Quizás en el fondo hay dos «culpables» —o sólo será mi punto obsesionado de vista— Internet y/o el concepto de globalización —monta tanto, tanto monta— y por otro lado el feminismo. El primero por lo «descubierto» en el escrito previo, donde Internet es un relato nunca acabado e inservible —propiciado por su tendencia a la transición de fase— de una realidad humana impelida a la eterna polarización de las personas, y el feminismo en tanto que ha atacado a la esencia humana de la búsqueda de la unidad de los contrarios, en donde hombre y mujer han de estar condenados a entenderse. Me gustaría creer que querían reestablecer la paridad, pero cada día amanezco con algún verdadero despropósito proveniente de alguna feminista, donde a la vez va a ser contestado fieramente por aquellos que se sienten heridos en su dignidad y su orgullo. Quizás el feminismo erró al unirse a lo desacertado que puede llegar a ser Internet a la hora de no caer en la polaridad social. Sin el eterno flujo de información de Internet, donde todo «despropósito» llega hasta el último rincón del planeta, quizás el feminismo no se hubiera extralimitado tanto.
Dejo de momento el escrito, seguramente mañana —hoy— lo continúe. Cabe tener en cuenta que Putin nos va a retrotraer a lo que éramos hace unas décadas, pues la posición liberal va a quedar herida de muerte. No tengo en claro si eso ayudará en algo, pues Internet seguirá su rumbo y por ello no se acabará con la fuerte polarización actual. De momento puede significar dar unos pasos atrás del momento actual. Lo que haya allí adelante, al tomar tal bifurcación, ya no lo sé.


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