El Hombre que Hablaba con la Nueces
T odos los días el hacedor de amaneceres coloca a cada humano en su sitio para que empiecen su jornada. A veces de forma errática, pero casi siempre predecible. Una de esas mañanas Ñau, errabundo, se encontró de repente en medio de un gran parque, repleto de arboledas que propiciaban el aislamiento y las largas sombras de oscuridad de los leñosos seres centenarios. A sus ojos se le presentó una mujer sentada en un banco, a las sombras de unos álamos, en ese día de verano que empezaba. Sin saber muy claramente el por qué, se acercó a ella, sin hacerlo directamente para no resultar demasiado amenazador. —Me permite sentarme— le preguntó, temiendo una negativa. —El parque es de todos— dijo alegre y desenfadadamente la dama. Ñau mira para todos los lados, buscando entre su mente y el parque, un tema y pretexto por el que iniciar una conversación. —Usted es una mujer…, ¿verdad?, —le ha empezado a decir torpemente, esperando que la mujer se levantase y se fuese. —¡La duda ofende!...