Etiquetar e Interpretar
❝Una persona sola, en silencio y aburrida es peligrosa,
porque crea sus propias reglas.❞
❝ (Hay que) hablar como si no hubiera un área del lenguaje,
sino un bosque de árboles que talar.❞ Ignatius Farray
❝ He llegado a pensar que el mundo entero es un enigma,
un enigma inofensivo que se vuelve terrible por nuestro loco
intento de interpretarlo como si tuviera una verdad subyacente.❞ Umberto Eco
❝ El destino de todos los «artefactos» se decide en el idioma.❞ Krippendorff
❝ El fin de la historia (no) es el momento en que todas
las palabras pierden su significado.❞ Philippe Muray
❝ Yo me confieso del linaje de esos que
de lo oscuro hacia lo claro aspiran.❞ Goethe
Aunque mi tendencia es científica, del fondo de mis escritos va emanando una filosofía, lo que ocurre es que no es a lo que más se le presta atención. Parte de lo apuntado aquí, está en algunos escritos, como por ejemplo en “El concepto como ente“.
Introducción – El humano es la senda de sus palabras
Se dice que la filosofía nació por el asombro ante la naturaleza. En otros lados he dicho que el entusiasmo (ενθουσιασμός) era una propiedad divina (locura divina), en realidad tal palabra se deriva del término endiosamiento; etimológicamente entusiasmo es excitar el ánimo, crear una emoción. ¡Un momento! Hay que tener en cuenta que la historia humana proviene de unas pocas palabras, hasta llegar a la alta densidad de estas en cualquier idioma actual. Una de las diferencias que encontraban los occidentales en sus “descubrimientos” de otras culturas, era lo escaso que solía ser su léxico. ¿Tener más palabras es mejor? En realidad a menor cantidad de símbolos, mayor puede ser la capacidad para la comunicación entre el emisor y el receptor, (como para que no se pueda caer en la ambigüedad o la interpretación). Todos los lenguajes de programación suelen ser simples, con pocos “términos”. La complejidad se añade en cómo se concatenan tales primitivas, órdenes o comandos básicos. En el día a día, en la mundanidad, nuestro lenguaje es bastante sencillo. Cuando hoy usamos endiosamiento, lo hacemos desde los conocimientos actuales, y en donde tal propiedad es propia de los psicópatas o el trastorno narcisista de la personalidad (seguramente Trump “padece” esto último), por nombrar sólo dos casos o trastornos, luego actualmente no tiene la misma “carga semántica” (significativa). En informática se hace uso del concepto de “transparencia referencial“, al hecho que se pueda cambiar un expresión (un comando o sentencia), sin cambiar lo que hace el programa. En ese sentido el cerebro actual no es capaz de una “transparencia referencial”, cuando se usan palabras o conceptos de otras épocas o incluso de otros idiomas. El cerebro “filtra” la realidad a partir de sus propias referencias (su propio léxico y significados). En todo este desarrollo vemos lo importante que es un idioma y una cultura de una época dada. Un cerebro concreto, en dos multiversos (universos distintos de una persona concreta: pongamos que soy yo y que nazco en dos universos y épocas distintas) que nazca en los Estados Unidos de hoy y en la Grecia clásica, y de encontrarse, seguramente no se entenderían, ni tendrían —a nivel superficial— nada en común. Retomo el tema antes de la llamada de atención. Usé términos como ánimo, emoción, excitación, endiosamiento, entusiasmo, asombro, pero todo ello quedaría claro y reducido, para el griego culto de la época clásica, al usar el concepto de entusiasmo. ¿Qué es? El humano es capaz de sentir un “temblor en su alma”, cuando se encuentra con ciertos paisajes, con ciertas cosas de la naturaleza. Ese temblor, estupor, extrañeza, asombro…, entusiasmo, es de suponer que no lo siente ningún otro animal (yo —y como yo posiblemente cualquiera— he “detectado” ciertas excepciones ante alguna de mis mascotas, pero no sé si es “real” o es sólo antropomorfismo: volcar cuestiones humanas en lo “real” y en este caso en los animales).
Pero esta pequeña introducción no va en la dirección de mostrar los cambios o los giros semánticos, que también, sino en la dirección de hacer ver en qué medida esa capacidad hacia el asombro, que es uno de los componentes que nos hace humanos, no será que está siendo constreñida, arrinconada o disminuida al vivir exclusivamente en las ciudades. ¿Qué son estas? La racionalización o tendencia humana hacia el orden y lo práctico. Pero una gran montaña de escarpadas paredes no tiene nada de racional (orden), ni de “práctico”. Nos asombra su aparente caos, y si es así es porque el prefrontal, que es un componente humano y es supuestamente la sede de la razón, cae en dos estados: 1. en no poder encajar tal estructura dentro de sus capacidades, con lo cual se “escapa” de su papel, llamando a las partes profundas del cerebro, y por ello, en algún grado, al pensamiento mágico (asombro también se acerca al concepto de arrebato, donde su etimología lleva a rapto, a sentirse secuestrado (en inglés gust, de usual traducido por “gusto”, cambia su significado en la frase “wind gust”, como soplo de viento, lo que lleva al escalofrío, que puede darse por el soplo de viento, pero a la vez ocurre cuando algo emocional nos impacta)), y 2. el prefrontal no se “rinde” ante tal aparente derrota, y trata de buscar los porqués de esas “exabruptas” formas (del latín ex abrupto, ‘con brusquedad’, ‘arrebatadamente’ (fuente, Real Academia)). Esta es la base de la filosofía: 1. dejarse “secuestrar” ante lo extraño y 2. tratar de explicar o entenderlo…., pero al entenderlo, ¿no podemos caer en el problema de que nos deje de impactar? El humano de las ciudades, el nuevo humano de Internet, ¿es “menos humano” al estar “quemando” e irse distanciando de esa capacidad para el asombro? Las grandes catedrales, los grandes monumentos, así, se creaban en la dirección de “llamar” a esa misma capacidad para el asombro y el entusiasmo (hay que tratar de remitir a la emoción y no quedarse en las palabras). ¡Y lo consiguen! Paradójicamente, hoy en día, los grandes centros comerciales, aquellos de abiertas y altas estructuras, llaman a la misma emoción, hacia el asombro y el entusiasmo…, pero tales estructuras, ¿siguen siendo y portando lo mismo?, no se va perdiendo en cada paso y en esa progresión hacia las grandes ciudades, esa capacidad única que es la que puede que nos haga más “especiales” o únicos en el reino animal.
Si yo tuviera que “reducir” el entusiasmo a unos términos o emociones más básicos, lo definiría como un “cruce” entre el miedo y la alegría. Una montaña puede aterrar, pero a la vez nos hace sentirnos seguros en el llano, fuera de ella. Remite al concepto de equilibrio emocional que nos produce el concepto de seguridad y por ello remite, en último término, al concepto de hogar. A la alegría que uno siente al volver a su hogar tras una larga jornada de trabajo o de penurias. Volver al hogar es volver a nuestro lugar común…, en el fondo a nuestra interioridad más íntima de sentirnos nosotros mismos, a la autopercepción, la autoconciencia de ser, de existir, de estar vivos…, de permanecer vivos un día más. En ese sentido, vamos hacia lo extraño, a lo que nos rapta, nos aliena y nos secuestra, con la idea primigenia de que hemos de volver a lo que nos es común. Por lo tanto, en el entusiasmo se concatenan esas dos dimensiones emocionales en una sola.
Dentro de la mitología griega, y dentro de uno de sus “desvíos”, el orfismo —posiblemente— remite a un estadio humano más cercano a lo natural, donde lo natural tiene esa doble capacidad de ser nuestro hogar, pero a la vez remite a las catástrofes naturales (terremotos, volcanes, grandes tormentas e inundaciones…). Dionisos, al que veneraba el orfismo, descendió al inframundo. Tal mito, en el fondo…, ¿nos remite a la capacidad humana de sobreponerse a cualquier adversidad? El concepto de héroe proviene de algún tipo de viaje que requiera algún grado alto de dificultad, del que finalmente se vuelve. Sin peligro de muerte no hay épica. El cine Hollywoodiense está atravesado de tal paradigma. La trama de todo héroe termina cuando vuelve a su hogar. Así, cargado de simbolismo: “el foco central del orfismo es el sufrimiento y la muerte del dios Dioniso a manos de los titanes, que forma la base del mito central del orfismo. Según este mito, el infante Dioniso es asesinado, destrozado y consumido por los Titanes. En retribución, Zeus golpea a los Titanes con un rayo, convirtiéndolos en cenizas. De estas cenizas nace la humanidad”, (fuente Wikipedia). ¡La humanidad son las cenizas de aquello que destruyó a Dionisos!, del contacto directo de este dios, en tanto que cargado de esa dualidad natural para lo bueno y lo malo, para la alegría y el terror. Esa dualidad que está compactada en el asombro, en el entusiasmo.
❝ Soy un hijo de la Tierra y del cielo estrellado. Estoy reseco de sed y me muero; pero dame rápidamente para beber agua fría del Lago de la Memoria.❞ de los textos rituales órficos
Fuera ya de está épica, o quizás no, y si se pudiera reducir Hegel a unos pocos renglones, su sistema filosófico se basa en la idea de que Dios, en un momento dado, quiso “conocer” —en alguna extraña “crisis Personal” o existencial, que no se puede entender bajo las ideas cristianas, pero que son muy propias de los dioses griegos— su Condición, su Ser, y se “Desmontó”, se Desfragmentó a Sí mismo en Partes y en el tiempo. En un primer momento como naturaleza, más tarde como vida, y dentro de esta en humano, para llegar finalmente, por medio de la historia, a la razón y por ello al conocimiento absoluto («”toda realidad es espíritu” significa que toda la realidad se ordena racionalmente a sí misma» (cercano a “el alma es, en cierta forma, todas las cosas” de Aristóteles)); en la filosofía hegeliana tales condiciones se dan en triadas, en una dialéctica de tesis, antítesis y síntesis, si bien tal dialéctica no es de superación o de negación del estadio previo, y en donde el concepto que más hay que tener en cuenta es el de “devenir“; siendo así, no debería de ser teleológico —en vista a un fin—, sino teleonómico, en donde el azar y el caos forman parte de tal dimensión de lo real, y bajo tal premisa Hegel nunca vio tal contradicción en su filosofía: nunca se puede llegar al saber absoluto, el mundo sólo es el campo de batalla de la evolución, del eterno camino, cambio, de no llegar a nada —aunque el humano llegue a conocer todo, no puede llegar a saber dónde llevará tal complejidad, cuáles son todas las posibilidades de lo real: sólo hay que percatarse de cuantas veces ha fallado la ciencia ficción o los propios pronósticos de los científicos—). El humano, a través de la razón, es parte de Dios al alcanzar el conocimiento (tal visión, uno de los principales reproches a Hegel, es que es panteísta). Bajo mi punto de vista tal “visión” yerra, pues la razón práctica, que nace desde los filósofos idealistas germanos de los siglos XVIII y principios del IXX, han llevado a las posiciones o filosofías pragmatistas y utilitarias estadounidenses (recordar que su origen es anglosajón y por ello de los pueblos germanos), que son la base del capitalismo, y por ello el tratar de controlar la naturaleza, en donde este proceso no ha sido otro que por medio de doblegarla, de domarla y someterla…, y siempre en la dirección de escapar de sus horrores. Pero si esto es así… ¿no estamos restando una parte de la realidad constituyente del entusiasmo? Decía Muñoz Molina que “la comedia tiene que estar a la altura de la angustia de cada tiempo”. Qué cine se está haciendo en las últimas décadas: de terror, de ciencia ficción y de comedia. ¿No es un signo de que todo humano trata de “recuperar” las bases elementales de la esencia del entusiasmo? “desentusiasmados”, desanimados, recurrimos a las dos fuentes originarias de tal emoción y condición humana, sin llegar nunca a suplir su ausencia. En última instancia, uno no percibe el entusiasmo por medio de la razón…, es una emoción, luego no “todo lo real es racional y todo lo racional es real” (cantinela de Hegel y el idealismo germano), puesto que las emociones son lo contrario de la razón (bajo mi punto de vista, y en el “lenguaje” que usaré más abajo, la razón es estructurante, y las emociones son en tanto que significativas: una estructura sin significado no crea emociones (una montaña no “dice” nada, no tiene de forma implícita, como mera (real)idad física, la belleza o el terror, no crean el entusiasmo o el amor, por ejemplo; (Hegel “introduce” el Arte como parte emocional, pero el Arte occidental, de tendencia estructuralista, racional (hoy el éxito de las canciones sobre todo vienen dadas por los arreglos de postproducción, personas entendidas en el aspecto técnico (racional)) y casi ajenas al Arte), va perdiendo “naturalidad” y ganando en artificialidad —en el programa “la vida moderna“, que hacen análisis de canciones, a su estilo, Ignatius Farray siempre aboga a que toda buena canción porte algo de “ruido”, de caos, que no caiga en lo “cuqui“, en la monería, esto lleva a la aceptación de la parte de extrañeza (y rapto de la razón) que conlleva el miedo, pues una violación de la expectativa musical —qué nota o ritmo continuará a la actual— suele conllevar un escalofrío—; lo mismo se sigue de las religiones, las occidentales se han racionalizado demasiado, perdiendo parte del sentido original de lo que eran las religiones populares o vernáculas)). (Hegel no está exento, en alguna manera, de endiosamiento, pues pensó que su filosofía —y la cultura germana— era la última y la que no se podría “superar”. Doscientos años más tarde, tal idea ya no tiene sentido. Pienso que, a su pesar, lo intuyó en sus últimos años, sobre todo por el giro de los acontecimientos políticos, pero no dejó constancia de tal intuición. Demasiado tarde… la muerte se le vino encima.)
(Bajo un prisma más científico, la naturaleza, en un primer lugar, tiene la capacidad de “restaurarnos la atención“, en segundo lugar, y si es el caso que se va a lugares que entrañen algún tipo de peligro, crea una suelta de adrenalina, en su sentido más básico y primitivo: el natural, y no por hechos tan “artificiales” como ir a mucha velocidad en las carreteras con una moto (o cuestiones similares). En tercer y último lugar, evoca y se puede recuperar el sentimiento primigenio de entusiasmo, si es el caso que nos encontremos con grandes y/o bellos paisajes (o detalles de la naturaleza, como cierto árbol o roca…) Curiosamente la actual pandemia del coronavirus, y a partir del “encierro” prolongado del humano en marzo y abril del año pasado, y puesto que la primera fase del encierro fue bajo la condición de salir a espacios abiertos, a la naturaleza, ha propiciado a que las personas ahora hayan cogido gusto por salir al campo y al encuentro con la naturaleza. Yo que llevo años haciéndolo, me he percatado de que me encuentro con gente en lugares en donde antes de la pandemia no iba nadie. Cada vez es más complicado llegar a lugares donde ya no haya humanos (en España, donde hay una población, más o menos y como media, cada 20 kilómetros)).
(Algunas de las conclusiones a las que llego aquí, llega también Slavoj Žižek en su libro “Viviendo el final de los tiempos” (descargar, libro y autor al que volveré más abajo), pero más orientado a nivel social y político —el fin al que nos está llevando el consumismo del capitalismo, y teniendo en cuenta que Žižek, al ser hegeliano/lacaniano, trata de ver ese fin de la historia bajo el mismo prisma que Hegel—, mientras yo me centro en lo individual y emocional, y en contra de las ideas hegelianas.)
Etiquetar e Interpretar
¿Quién diga la última palabra es el que tiene la razón?, por qué es una constante humana el tratar de ser el último en pronunciarse en un diálogo o discusión. Mantener esta idea de fondo, toca dar mil vueltas a distintos temas.
En los últimos escritos tuve una intuición, que seguidamente transcribo literalmente, sobre la realidad humana, de su cerebro, que no he desarrollado y que tampoco he tratado de cohesionarlo al corpus de mis ideas:
“De ser cierto lo dicho, se da cierta simetría entre el cerebro profundo o inconsciente, y la corteza cerebral, prefrontal o conciencia, puesto que el primero busca y trata de reducir la esencia de la realidad a sus mínimos (seres o entes plenos en el mundo), mientras su núcleo es la ausencia de un ser o existente, y que sólo puede ser en tanto que negación (nada) de lo que es lo otro; mientras que la conciencia, el prefrontal, tiene o tiende a poseer un Ser denso y definido a modo de agente, pero el núcleo de su conocimiento es la duda o la negación de que afuera exista entes o esencias. De ser así, de nuevo emerge la imagen del uróboros, la serpiente que se muerde la cola, pero bajo la imagen del símbolo infinito, puesto que el cerebro profundo ‘necesita’ de la solidez del Ser que le viene dado desde la conciencia, y esta necesita de la solidez de conocimiento del cerebro profundo. De dicho flujo de información, en esta cinta infinita en perpetuo movimiento, emerge el ser que somos, flanqueándose —el uno al otro— las debilidades y fallas que son sus constituyentes.”
Por otro lado tampoco he explicado, si bien lo he venido usando en los últimos escritos, qué es etiquetar para el cerebro. Esta doble intención, explicar esa “disimetría” cerebral y qué es etiquetar, será el substrato del presente escrito, si bien tiene su propio fin.
El concepto más antiguo de la palabra arte, es hacer cosas con las manos, de ahí se deriva claramente al concepto de artesanía, el tener la habilidad para elaborar distintos “artefactos”, máquinas, instrumentos, utilidades o enseres humanos. Esto que a primera vista no parece significar nada más, contiene su propio nudo gordiano. Se supone que el habla emergió en el cerebro a partir, y en la misma zona, que el uso de los brazos y manos. Posiblemente porque el lenguaje al principio fuera sobre todo por gestos de los brazos y las manos. Eso dio al humano una ventaja en la caza, pues se podían poner de acuerdo para planificar un ataque, tan sólo con los gestos, sin por ello emitir ningún sonido que los delatase. Esta técnica nunca se ha abandonado, pues en las guerras, y durante los asaltos o las defensas (y en general en las fuerzas del orden), se sigue haciendo uso del lenguaje de las manos.
Remontándonos aún más lejos, a nivel evolutivo, las manos (y los brazos) son los que definen al orden de los animales de los que procedemos, aquellos que hicieron un uso prensil de sus extremidades. Aún hoy, si a un recién nacido se le pone un dedo entre los de los pies, tiene el instinto de tratar de agarrarlo, aunque anatómicamente ya no sea posible. Cosa que sí es aún posible con las manos, las cuales sí agarrarán el dedo que se les ponga cerca, aun careciendo de vista. Lo que trato de hacer ver es que tenemos un instinto muy fuerte y desarrollado con respecto a nuestro vínculo con las manos, y que por ello, remotamente, hablar sigue portando esa tendencia a dar uso de las manos. En esa dirección la comunicación, en tanto que instinto y deseo, tiene tal doble vertiente. En cierta forma la cháchara, el diálogo intranscendental con las otras personas, conlleva el placar el hacer cosas con las manos, con algo externo, que al ser otra persona, y partiendo que somos animales sociales, lo dota de una mayor trascendentalidad. Una de las hipótesis de la psicología evolutiva es que la cháchara es el equivalente del antiguo desparasitarse. Dado que el contacto corporal ha sido transido por las reglas de las conveniencias sociales (tabús, reglas de etiqueta y morales, normas), lo que se ha mantenido de todo ello es el diálogo. Aun con todo, nadie escapa del deseo de ser acicalado por otra persona allegada (compenetrada, deseada o querida), ya sea por la caricia, o por juguetear con las manos, el pelo, etc.
Esta pequeña inmersión en una parte de nuestro pasado me interesa en dos sentidos: 1. para mostrar que todo viene por algo, y 2. el cerebro profundo tiene unos “motivos” y porqués, que no tenemos por qué saber, y en donde el prefrontal o razón le da unas explicaciones siempre aproximativas. Al dar o invocar una posible y concreta explicación el prefrontal está etiquetando, dando un sentido o razón de ser a algo, en cierta manera, abstracto e informe (sin forma). Lo que quiero decir es que a nivel profundo cada parte del cerebro tiene su propio fin, hay que recordar que las neuronas sólo buscan la “camaradería” con otras neuronas (validarse conectándose con todas las neuronas que le sea posible). Esto de nuevo me lleva a otra de las cuestiones hacia las que “han ido” los últimos escritos, que es la dualidad de estructura y significado. Una zona del cerebro tiene una estructura, pero ninguna de esas neuronas sabe el significado que emerge de sus tipos de uniones. La sociabilidad, como tal, no existe en ninguna parte del cerebro en concreto, pero emerge —ya como significado— en la unión de varias de ellas. O sea, el tacto agradable (suave, repetitivo: la caricia) es por un lado “recogido” (centralizado) por el cerebro, por algo tan abstracto como es la piel, como “sensor” o sentido, en tanto que ha de diferenciar entre placer y dolor, pero a la vez tiene que ver si ese tacto viene de una persona amiga, un desconocido o un enemigo. En algún lado del cerebro negamos que ese tacto agradable sea propio o provenga de un enemigo. Eso ya es un etiquetado. Pongamos el caso que estamos presos junto a una persona querida, si fuera el caso que estuviésemos dormidos y nos despertáramos por unas caricias, aún con los ojos cerrados, asumiríamos que son de nuestro compañero de celda y las sentiríamos como agradables, pero si al abrir los ojos viésemos que provienen de nuestro captor, las sentiríamos como desagradables. El origen, a nivel de piel, es el mismo, sin embargo la toma de conciencia etiqueta la primera sensación como agradable y la segunda como desagradable. Es por este tipo de hechos, sin etiquetar, en su abstracción, que digo que el cerebro profundo no tiene una identidad muy definida, si bien está claro que por defecto, y como ejemplo, preferirá el placer al dolor. O sea, tiene reglas, o estas emergen de su propia estructura, pero no están muy definidas. Es la razón o el prefrontal, el que al etiquetarlas, al darles un nombre (enemigo-amigo) les terminará de dotar de un significado.
Esto de nuevo tiene una doble vertiente: la individual y la social e histórica. En ese caso, la segunda, y en cada momento de la historia, el humano dota de unos y otros significados (etiquetas) a ese fondo sin forma que es el cerebro profundo, y esa dotación de un significado es lo que se puede entender por el espíritu de una época (o mentalidad). En otro caso crea una identidad, ya sea plasmada en una religión, una ideología, o de manera más abstracta en la cultura de una región o un país. De esto “nace” o emerge qué es lo que se puede entender por espíritu o alma de algo, que no es otra cosa que su significado, frente a lo opaca que puede ser una estructura por sí sola. O sea, cada neurona ignora el significado que emana de la estructura a la que pertenece, sólo en la acción y en el afuera es como se puede llegar a exponer ante unos ojos o mente “externos”, en donde en el humano, y dada su capacidad para la autoconciencia, esa mirada externa no es otro que uno mismo. Pero la autoconciencia, como hemos dicho en el párrafo de arriba, traído de otro escrito, no “sabe”, su núcleo es la duda, por ello lo único que puede hacer son dos cosas, o mejor sólo una que deviene en otra: interpreta lo que cree que emerge del cerebro profundo, y al darle un nombre, y por ello etiquetarlo, le dota de una densidad de Ser que en realidad no tiene porqué ser “real”, con el consiguiente “error ontológico” de que al final el prefrontal o razón toma el rol, “interpreta” (actúa), como siendo ese ser que “cree ser”.
—Demasiado denso, has saltado desde las premisas a las conclusiones. Desmigaja.
Ya. Hay que retroceder, en mi cerebro está claro, pero hay que explicar al detalle el cómo he llegado “allí”. Partamos del hecho que el verbo interpretar (y por ello acción en —y sobre— el mundo) es polisémica. Si un bebé llora, sus padres tienen que interpretar el por qué llora. Lo mismo para una frase hecha de otro idioma, que al no soler ser literales, pueden ser intraducibles y por ello interpretables para alguien que no sea de esa misma cultura. Por otro lado un actor interpreta un papel o se mete dentro del personaje que asume (actúa, que no deja de ser paradójico que sea el mismo vocablo que el de accionar en el mundo). A partir de ahora el segundo sentido lo indicaré escribiéndolo en cursiva. ¿No es extraño ese doble significado?, hay que recordar, o partir del hecho, de que toda palabra es una interpretación de la realidad, y por ello que toda palabra es una etiqueta o signo de una posible realidad, no es la realidad misma. Cuando “usamos” la etiqueta o signo “madre”, no la solemos “reducir” a “la persona que nos ha parido”, puesto que podemos ser adoptados. Las palabras siempre son etiquetas que tienen un significado concreto dentro de cada cultura y cada época de la historia humana. De ahí “nace” qué es o no es identidad. Para uno mismo no hay distancia entre etiqueta y ser. Uno no cree interpretarse, sino que se “sabe” ser (esto tiene una segunda vuelta interpretativa más abajo). Pero bajo el punto de vista de otra persona, eso que yo creo es una interpretación que yo mismo asumo a partir de una interpretación que hago de mí mismo. Esto, que parece enrevesado, se entiende mejor llevado a nivel social. La cultura occidental siempre ha partido de la idea que lo humano es lo que ellos eran, y que las otras culturas con las que se encontraban estaban fuera de la “verdad”. Eran primitivos, incivilizados, salvajes, bárbaros o en definitiva “desconocedores” de una única verdad que ellos mismos eran. Lo mismo ocurre con las religiones. Toda religión (en realidad no todas) creen estar en la posición “verdadera”, pareados a una verdad que sólo puede ser unívoca, mientras que el resto de religiones se equivocan al interpretar la realidad.
A nivel etimológico razón e interpretación tienen un “oscuro” pasado común. Dije escritos atrás que razón se derivó de dar un valor concreto a las transacciones comerciales y por ello del valor de las monedas para los cambistas (el rastro más antiguo de la banca, pues cambiaban las monedas extranjeras por las de uso común en ese mercado, región o país). En ese caso, interpretar era el valor que uno mismo creía sobre la tasación posible de un valor real o el más mediado, pues el radical que forma la palabra interpretación, –pre, es el de dar valor, y de este proviene precio e igualmente precioso, derivado más tarde para calificar a las personas bellas, e igualmente forma la palabra apreciar, que se derivó a querer o dar valor en tu vida a una cosa, animal o persona. La interpretación, ya como actuación de un actor, viene a ser la interpretación que hace un actor sobre la esencia o alma del personaje que va a interpretar. De este posible origen, por lo menos en las lenguas latinas, razón se derivó a “verdadero” sentido o valor, frente a la interpretación que se podía hacer de la realidad. Hay que señalar, por ello, que razón, como facultad humana, no nos habla de una realidad, y que por ello no es más que otra etiqueta que el humano ha hecho sobre lo que hace el cerebro. En este caso, sobre las capacidades de una de sus estructuras, que hoy suele darse por sentado que está asentada en el prefrontal, pues todo daño o deficiencia en esta parte del cerebro “provoca”, lo que bajo el mismo juego de palabras, puede ser calificado o es llamado como irracional. Con esto volvemos a la cultura occidental y etnocentrista, pues bajo su propio etiquetado del cerebro, ha llamado y tratado como racional todo lo que ellos han hecho a lo largo de la historia, frente a cualquier otra postura que no estuviera pareada con su propia mentalidad o visión del mundo.
Espero que se me haya entendido hasta aquí, pues toca una vuelta de rosca algo drástica, si bien para terminar de hacerme entender iré a dos casos concretos, que tratan, respectivamente, tanto el nivel individual como el social.
El prefrontal, hemos concluido escritos atrás, se “creó” o evolucionó a partir de un módulo cerebral, la corteza cingulada anterior, que trataba de encontrar errores en los patrones (ambigüedades, dobles mensajes, contradicciones en las posibles conclusiones, (aunque también novedades o lo diferente, así si escribo >>>>>><>>>>>, la corteza cingulada anterior detecta el signo que es “extraño” o diferente en la secuencia)). Pero en tanto que hace este papel, por un lado cuestiona o supervisa al cerebro profundo, y por otro lado “entrega” o etiqueta con una posible verdad al cerebro profundo, de tal forma que lo dota de una información que puede ser falsa. Si todo fuera tan básico como que el cerebro profundo, en su abstracción, complejidad y ambigüedad, se contradijese, y el prefrontal sólo dudase, el ser humano se vería paralizado y sin capacidad para actuar y obrar en la vida (para entender tal paradoja, vendría bien aplicar la dialéctica hegeliana: lo haré más abajo). Para salir del paso, la capacidad que tiene la etiqueta, es la de hacer de portadora de una verdad, que es por la cual se acciona en la vida. Aquí toca hacer un inciso. El cerebro no está dividido, al modo de dos habitaciones o habitáculos, entre razón o no razón, conciencia e inconsciente, etcétera, que sólo son etiquetas que ha usado la ciencia, dependiendo de qué rama se trate o de qué época. “Creemos” que el yo es ese soliloquio interno (la frase debería de ser: “creemos que el yo somos ese soliloquio interno”, pero parece mal construida, el lenguaje en su estructura también es una forma de etiquetado, de construcción de la realidad), pero las últimas conclusiones nos dicen que la captación de ser un ente proviene no del prefrontal, sino de la precuña. Por otro lado la toma de consciencia proviene del cerebro profundo. Luego la capacidad de ser un agente o conciencia emerge del todo que es el cerebro, luego no es enteramente ni razón —o prefrontal—, ni totalmente inconsciente —cerebro profundo—. Esto viene al caso para hacer ver que no hay forma de separar razón y emociones, y razón y prejuicios o sesgos. Siempre solemos “razonar” a partir de sesgos, de creencias, de etiquetados. El distingo al que trato de llegar es que el cerebro, para escapar del total solipsismo y escepticismo, tiene que partir de creencias, de dar cosas por sentado, y por ello en dar fe a ciertas cuestiones. En ese caso la conciencia, cual trampa para alondras, tiene que dar fe a lo que etiqueta, sin pensar ni sentir que sea una creencia (aquí cobra sentido la dialéctica hegeliana, donde la “verdad” de cada etapa no es anulada, sino asumida como parte integrante por la siguiente posición dialéctica: la negación de la tesis no es como tal una antítesis; se volverá sobre esto). Todo esto puede parecer sin sentido en nuestra mentalidad del siglo XXI, y hay que tenerlo en cuenta a partir de la idea de que provenimos de un estado puramente animal, pasando por otro en donde el juego evolutivo aún tenía sentido. El cerebro no puede obrar de tal forma que al ver una forma alargada y con curvas no tenga que ser una serpiente, y dudar primero, pues en ello nos puede ir la vida. El cerebro primero pone fe a que lo que ve es una serpiente y salta hacia atrás, alejándose del peligro, y más tarde lo corrobora con las capacidades del prefrontal como supervisor de posibles errores que tiene (comete) el cerebro profundo. El siguiente paso evolutivo es más largo de exponer, y como no es el cometido de este escrito, lo daré por sentado en la siguiente explicación. Si el prefrontal es dudar de todo, y puesto que hemos de tener una identidad ante los otros, la evolución tuvo que solucionar tal dislate (atención al circuito de la Real Academia para definir qué es un dislate… lleva a disparate, que es hacer algo disparatado —lo que no explica nada, pues se cierra en su premisa—, pero al final dice que es “decir o hacer algo fuera de razón y regla”), haciendo que alguna parte del cerebro diese fe a tener una identidad, que puesto que uno de sus ramajes principales es el soliloquio interior, que es la misma capacidad a la que llamamos razón, se “concluye” que una parte de las “funciones” del prefrontal es la de dar una identidad o yo al todo que es el cerebro. Con esto vuelvo al párrafo de arriba: el cerebro profundo tiene las estructuras que ha de tener una realidad como “saber”, pero no tiene o pone fe a tener una identidad, mientras que el prefrontal tiene como base la duda, pero tiene (cree tener) una identidad.
Partiendo de este hecho, el prefrontal —al etiquetar— se ve abocado a dar fe a sus etiquetados. En ese caso es una máquina autorreferencial tendente, por ello, a caer en la “profecía autocumplida“, la autosugestión, la hipocondriasis y la somatización. Fijarse sino en algo tan común como ver varias arañas en una habitación en la que vamos a dormir: cualquier rozadura sobre la piel desnuda, ya entre las sábanas, será tomada como que una araña se ha colado en la cama (cacofonía… ¡da igual!, ¿no es extraño que se luche por que las letras de las canciones tengan rima y se trate de evitar al escribir?…, solo es otra etiqueta o convención cultural). Lo que trato de hacer ver es que una “regla” no escrita, es que para poder fiarte de una persona esta no tiene que dudar de sí misma (los padres ante sus hijos, por ejemplo), luego todo humano ha de poner fe en que es poseedora de un ser y/o que tiene identidad, y este proceso es parte de la “razón” o esa parte del cerebro con capacidades para el lenguaje altamente simbólico, que emerge en los soliloquios o en la autoconciencia. Está, por ello, infectada por la falsa fe, en lenguaje de Sartre, donde antes que falsa es fe, o sea, para “funcionar” como fe, no tiene que dudar de que tal fe es real. Por tal estructura es por lo que “funciona” el mundo social, no hay forma de hacer ver a una persona que el yo o ese agente cerebral sólo es un epifenómeno y por ello intangible e irreal. A lo largo de la historia, por lo común, ese agente ha sido tomado como el alma que habita el cuerpo que somos.
❝ Lo que la descripción ontológica ha hecho aparecer inmediatamente es que ese ser es fundamento de sí como defecto de ser; es decir, que se hace determinar en su ser por un ser que él no es.❞ Sartre
A lo que quiero llegar es que el prefrontal siempre suele trabajar sobre suposiciones, pero en tanto que dándolas por válidas. No en vano se usa la palabra razón, en su polisemia, para tener un motivo, sentido o finalidad para hacer algo, como cuando por ejemplo se dice que tal persona tenía unas razones para hacer lo que hizo (idea crucial sobre la que volveré abajo). Pongamos el caso que anestesiásemos a una persona y se despertase en la noche, en algún lugar de la naturaleza; al poco de despertar se percataría que le cuesta respirar y que cualquier movimiento le ofrece un mayor coste de gasto de energía, al andar unos pocos metros se sentiría gravemente cansado. Esta aparente contradicción “obligaría” a la razón a llegar a la conclusión de asumirse como enfermo, como para que el cuerpo se canse tan rápidamente por hacer tan poco esfuerzo. La verdad es otra. Se le ha dejado en una montaña a más de seis mil metros y en esas condiciones, y sin haberse aclimatado a tal altura, el cuerpo “opera” mal. ¿En qué medida esto es lo más universal y la forma más general de operar del cerebro? Imaginar ahora que se pudiera viajar en el tiempo y trajésemos a un humano de hace cien mil años a la época actual. ¿Cuáles serían sus emociones con respecto al mundo moderno? Su mente colapsaría ante tantas dudas y suposiciones. Ante tanto ruido de las ciudades, normas peatonales, vehículos acechándole a cada paso y personas andando por ellas a toda prisa, caería fácilmente en la ansiedad, en ataques de pánico y consiguientemente en una posterior depresión. Esto en realidad no es una metáfora, puesto que nuestro cerebro nace con la arquitectura para operar como lo hacen los cazadores-recolectores, y sin embargo se ve sometido a una presión para hacerse a un mundo totalmente desnaturalizado y excesivamente complejo, casi desde que nacemos.
En otro orden de cosas, la ciencia ha corroborado lo expuesto en el párrafo anterior, bajo la teoría de la “mala atribución de la excitación“. A nivel del cuerpo, muchas emociones activan los mismos componentes o funciones fisiológicas, y sólo se diferencian en cómo las percibe cada persona. El miedo y la expectativa de encontrarse con un familiar, al que hace años no se ve, puede tener un mismo fondo fisiológico: nerviosismo, alta excitación, acaloramiento, ritmo del corazón acelerado, pero cambia de positivo, por ser movido por el encuentro con un ser querido, a negativo, cuando está inducido por algún factor que nos pueda causar terror (teoría de la emoción construida). A esto hay que añadirle que al ser animales altamente empáticos, solemos sentir lo mismo que otras personas allegadas, sin que, quizás, compartamos la misma etiqueta. Aquí ya se empiezan a complicar las cosas, puesto que ese “componente” es acertado para personas que nos son muy cercanas, pero debería de ser menos “potente” en otras situaciones sociales, y sin embargo el grado al que llegó la Alemania nazi, sólo puede explicarse por esa tendencia a parearse (sincronizarse en realidad) con aquellos que nuestro cerebro etiqueta como que forman parte del mismo grupo, de un nosotros. Otra “pista” sobre esto mismo es el fenómeno ideomotor, en donde la Ouija es el mejor exponente. En un estado inmóvil, en el caso de la Ouija, la mano con cualquier pequeño indicio de movimiento, inducirá a que el cuerpo se pronuncie en tal dirección. Al extrapolar tal condición al cerebro y lo social, si uno siente de forma ambigua malestar ante una situación social, donde el prefrontal no es capaz de etiquetar tal emoción (estado fisiológico general), si alguien al que dotamos de autoridad o por su carisma, nos dice unos posibles porqués, cada cerebro individual tomará tal etiquetado como propio y desde ese momento ese malestar ya tendrá un porqué, un cómo y una posible finalidad o solución. En el caso de la Alemania nazi, Hitler dio “forma” con su oratoria a un malestar social, con las consecuencias que ahora todos conocemos (contagio del comportamiento). Otro caso es el contagio emocional: cuanto mayor sea el número de personas, más fácilmente se reirán todas juntas en el cine o ante un cómico (el contagio del bostezo como paradigma: nos lo puede “contagiar” alguien con el que simpatizamos, pero no un enemigo o alguien que nos sea indiferente o lo sintamos “inferior”).
Un breve inciso, con lo cual, creo, que estoy dentro de un tercer anidamiento de aperturas de paréntesis argumentales. He afirmado que el cerebro profundo sí “sabe” las causas de esos estados alterados del equilibrio emocional y fisiológico, pero ¿es realmente “saber”? Lo que quiero decir es que si el cerebro profundo se comunica con el sistema endocrino, donde este tiene dos de sus componentes, como para soltar ciertas moléculas químicas u hormonas, que vienen a ser las que hacen que el cuerpo tenga unos cambios fisiológicos concretos, es un saber a nivel tan profundo y básico (mecánico: estímulo/respuesta) que tal “información” no tiene ningún tipo de comunicación con la corteza cerebral. Al igual que no existe una frontera entre conciencia e inconsciente, tampoco la hay entre cerebro y cuerpo. Todo el cuerpo es un sensor/reactor al medio (teoría de la cognición encarnada), donde el cerebro es su sistema más complejo, y en donde en este el neocórtex es el último en llegar a nivel evolutivo. Bajo tal capa, un humano puede estar liberando feromonas ante la presencia de una posible pareja, pero esa información es totalmente invisible para la corteza cerebral y por ello para la razón. El cerebro, en tanto que cognición encarnada, “sabe” que “quiere” tener algo sexual con esa persona que está al lado, pero tal información puede no transmitirse más allá. Si es el caso que tal pulsión fuera muy fuerte, pasará a un segundo nivel donde los estrógenos o la testosterona entrarán en juego y se podrán sentir unos cambios fisiológicos, que el prefrontal ya no podrá ignorar. El “error” del psicoanálisis es poner un agente “oculto” bajo ese otro “falso” agente, el ello o ego, que es el yo o razón. No hay tal agente, son disposiciones instintivas y básicas desparejas unas de otras, pues el miedo activa unas zonas o funciones corporales que no tienen por qué ver con ese otro componente sexual. O sea, no todo es reducible a lo sexual, o este tiene por qué ser el que media sobre su opositor: el miedo o pulsión de muerte. Aquí nos encontramos en un caso concreto de la historia, en donde la teoría psicoanalítica ha dado un “etiquetado” al cerebro y el cuerpo, que es el que creó unos cambios sociales, o espíritu de una época, mientras que otros revisionismos como el de Lacan, Carl Jung o más tarde Deleuze junto a Guattari, han cambiado tales visiones del mundo. La última no tiene por qué ser la mejor o la más pareada a alguna verdad. Si se entiende el mensaje que quiero transmitir, es posible que no exista tal posible “verdad”, puesto que el cerebro profundo, y por ello el humano, no tiene realmente una “naturaleza” de la que se pueda hablar de forma clara y prístina, como para poder llegar a alguna “gran conclusión final”. Estamos abocados a ser ese ente “dividido” en dos partes conceptuales, en donde el segundo, el prefrontal o razón, se ve impelido a estar eternamente interpretando qué le “quiere decir” el cuerpo con sus emociones y cambios fisiológicos, sin tener nunca la certeza de “saber”; en muchos casos porque ni siquiera lo “sabe” el cerebro profundo.
Se me puede argumentar que yo me estoy posicionando con los últimos conocimientos y por ello hoy sí se sabe algo más que hace un siglo o hace unas décadas, pero en realidad los últimos conocimientos se alinean a ser escépticos a que haya alguna cosa real y tangible por la que poder hablar de una naturaleza humana, o una clara definición de causa y efecto a nivel cerebral. En ese caso, un alto número de científicos nos dicen que el yo no existe, y que no existe ni siquiera eso a lo que llamamos mente, frente a cerebro, y que sólo es un epifenómeno o incluso un estado alterado cercano al psicótico (¿de nuevo posible etiquetado errado de la ciencia?). La ciencia lo que nos está diciendo, por ejemplo bajo el concepto de la ilusión de la introspección, es que el prefrontal no tiene ni la más remota idea de qué pasa realmente en el cerebro profundo o su propio cuerpo. Con tal paradoja, la sentencia griega de “conócete a ti mismo” carece de sentido, pues de entender lo que nos dice ahora la ciencia, tal empresa es imposible, puesto que ni siquiera hay algo que entender (tal idea tan drástica tiene sus matices, que se explicarán abajo).
(No hay contradicción del presente escrito con otros anteriores. “Creo” en la pulsión de muerte, o que esta etiqueta se acerca a alguna “verdad”, sin pensar por ello que sea “movida” por un agente inconsciente. Por otro lado la socorrida frase del templo de Delfos, en realidad quiere decir que hay que conocer la “verdadera” condición humana y rendirse a la evidencia que sí tenemos una naturaleza, como así la tiene cualquier otro animal.)
Hasta aquí la explicación del componente individual. Toca entrar en el tema social. Lo que se deduce de los párrafos previos es que las estructuras corpo/cerebrales crean significados, donde ninguna de las partes, de tales componentes, tienen el plano general: cada una hace sus funciones y el individuo nace de tal maremágnum de confusión y caos. Las etiquetas, para dar orden a tal desbarajuste, ni siquiera las “escoge” tal individuo, sino que se las da una sociedad y una época concreta. Si etiquetar se fundamenta a través de un lenguaje, en ese caso cobra sentido la sentencia heideggeriana del “idioma es la casa del ser”. O dicho de otra forma: no hay nada fuera del idioma, que bajo su yugo nos posiciona dentro de una cultura dada, como así fue el caso de Heidegger al posicionarse al lado de Hitler por defender lo alemán, la identidad a la que se sentía en unidad y frente a una idea del humano en tanto que dentro de una universalidad, que es el tema central que quiero tratar en el presente escrito. Visto así cada humano es una célula en el cuerpo social, donde esta no “sabe” —de manera generalizada— dentro de qué estructura está, ni qué significado emerge de ese cuerpo social al que pertenece. Las instituciones (Estado, leyes, intelectuales, religiones, partidos políticos, ideologías, científicos, banca…), son el equivalente al neocórtex o razón en el cerebro. Son las que se “encargan” de poner etiquetas y orden al caos que es la masa social (en esto he coincidido con Hegel, pues pone al Estado como la parte racional del cuerpo social). Al igual que damos por sentado que tal persona tiene una identidad concreta, lo hacemos al dar una identidad a un barrio, región, ciudad, comunidad, país o cultura, que al igual que cambia de aspecto dependiendo del paradigma bajo el que se analice en lo individual, lo mismo ocurre en lo social (“mundos” distintos e incluso opuestos que Deleuze y Guattari quisieron unificar en su libro “Anti-Edipo“).
Este componente de ser una simple célula dentro de un todo social no se termina de comprender y asimilar, primero porque atenta contra nuestro egotismo (y libertad), y segundo porque no terminamos de entender el cómo puede emerger un agente del fondo de una masa incoherente de individuos o agentes. Si aceptamos que ocurre en el cerebro, hemos de aceptar que pueda ocurrir en lo social. Ninguno de los dos son reales y tangibles, pero en tanto que estados ilusorios, de facto existen. ¿Qué se quiere decir con el espíritu de una época o de una nación?, nos habla de eso que emana como un todo para los ojos de otras épocas o naciones. Nace bajo el prisma de la negación. La yoidad e identidad propia nos son invisibles a nosotros mismos por su inmanencia: es como la nariz para los ojos, al final estos dejan de verla (los pitagóricos creían en la música de las esferas, de los cuerpos celestes, pero que ya no la percibimos por ser una constante). Esto, en parte, ocurre por lo ya dicho arriba: las distintas estructuras del cerebro profundo no “leen” los significados que emanan en conjunto, no hay ninguna estructura profunda que se “dedique” a crear una totalidad, eso lo hace el humano y el prefrontal y gracias a las palabras. Del todo que es un cerebro emerge una identidad propia por las diferencias (individualidades) que se tienen con respecto a las otras personas (carácter). Si todo el mundo hablase, carecería de ser una característica personal, pero como hay gente sorda que no habla, es una característica de unos humanos, que son la mayoría. De unir este concepto de los procesos estocásticos, al “producir” un ser humano, una individualidad, con la introducción del escrito, se llega a la conclusión de que nos gusta o repele las extrañezas con las que se manifiestan las variaciones fenotípicas para crear un rostro, o cualquier otra parte del cuerpo, sobre todo las sexuales. Sin ese grado de extrañeza no nos entusiasmaría tanto el (posible) cambio de tener sexo con otras parejas. Lo mismo vale para el porno; puede no llegar a aburrir por lo estocástico de las variaciones de cada persona y de cada cuerpo. De ser todos iguales no tendría sentido el cambio de pareja, al igual que no tiene sentido cambiar un as por otro, si jugando al póker se busca un trio de ases. Tras toda infidelidad se suele esconder el entusiasmo ante lo extraño, donde en este sentido está cargado del concepto de enigmático.
Estoy tratando de ver todos los capítulos de “la vida moderna”, un programa de radio que además se puede ver en YouTube, pues me llamó la atención la compenetración a la que han llegado sus tres locutores/humoristas. De esa compenetración emana una esencia o espíritu, que no tiene ninguna de las tres personas en concreto, y que surge en su interacción. En la presente temporada, dado que no pueden tener público dentro de la cabina de la radio, por el coronavirus, ni siquiera se atienen a tener un guion, secciones o una idea planificada, de su media hora de locución. Se limitan a hablar e interactuar con las ideas y las palabras de sus compañeros (tener en mente la idea dicha al principio sobre la extensibilidad del lenguaje), sin que se produzca ninguna fisura de silencio incómodo que pueda romper el hilo de sus locuciones. Viendo temporadas anteriores, se capta que habían creado su propio lenguaje, para denominar cosas internas o de la sociedad, que habían surgido dentro del propio programa, lo cual es lo propio de una cultura o idioma (son de izquierdas, amantes del rock “genuino” y no endulzado o suave, evitan en la medida de lo posible el lenguaje políticamente correcto —parece que a lo que más “temen/respetan” es al feminismo—, creen en la universalización…). Lo mismo para sus modos de hacer humor o radio. Al ir viendo sus programas, desde el principio, se encuentran los orígenes de cada una de tales palabras y acciones, y el cómo evolucionan o en algunos casos “mueren” (dejan de usarlas). Yo puedo etiquetar qué ocurre: Ignatius Farray es la madre nutricia, en muchos casos donde nacen las ideas; Quequé es el saber asentado y firme que “sujeta” y da forma; mientras que Broncano, el más joven, entre los dos opuestos de personas mayores, navega bajo su propio timón entre esas dos aguas. ¿Se pueden extrapolar sus tres personalidades al ello, yo y superyó de las teorías psicoanalíticas? En ese caso Broncano parece ser el que siempre está pendiente del medio en el que se encuentra y por ello habría de ser el superyó, frente a lo olvidadizo y menos presente que es Ignatius, que representaría al ello (de ser así la suma de los tres, como síntesis hegeliana, crean una unidad de ser; puede que me gusten porque esa totalidad me “explica”, y dado el fuerte papel que hace Ignatius en sus “locuras” y espontaneidad, —en la primera y segunda temporada, como superyó, “incomodaba” a Broncano, pero al final asumió que parte de la magia del programa proviene de él. Con Broncano coincido con su “manía” de estar al tanto de cuándo se abre y se cierran las secciones, en mi caso con los escritos—). El programa, al principio, era él con dos colaboradores, pero al final ahora son una unidad. Pero entiendo que eso es dar forma a algo intangible. Los conceptos de alma o esencia portan tal ambigüedad, no pudiendo ser irreductibles y escapando a todo posible etiquetado; en ese caso mi “explicación” sólo es una interpretación o etiquetado que no tiene por qué ser la “real”.
El alma del programa “la vida moderna” es la totalidad que emerge entre los tres (la triada dialéctica hegeliana), y si en algún momento uno de ellos está fuera, algo falta. En ese caso se puede dar algún momento de silencio o tenso. Viene a darse lo que podría ocurrir si una banqueta de tres patas perdiese una: el equilibrio se rompe y en este caso el alma se viene abajo. Si se capta lo que quiero decir, tal idea es extrapolable a un barrio, ciudad, región, etc. Algo intangible emana, siendo susceptible a que de igual forma que nace, muera. Pero rápidamente surge un problema para aceptar tal propuesta. La razón, esa zona del cerebro que crea ese aparente agente que la ciencia ha delimitado en llamar el espacio global de trabajo o red de tareas positivas (frente a la red de modo predeterminado), en el humano, es la que hace de directriz, que trata de crear una coherencia entre las propias emociones y pulsiones, e hila su papel dentro de una sociedad. ¿Cómo puede surgir tal ente entre tres personas o una nación? Quizás la mejor forma de explicar tal abstracción sea a través de un caso concreto. Qué es España o lo español, ¿existe? Sí, en la misma medida que existe un agente en el cerebro: no es real, al modo como lo es una piedra, pero lo es en tanto que tiene ciertas particularidades con respecto a otras naciones (como negación de no ser como los franceses, por ejemplo). A través de un caso concreto se entiende mejor. La Unión Europea, en su momento, aconsejó que España tratase de cambiar sus horarios a unos más “europeos”, yendo antes a la cama y levantándose antes. Como estamos en Estados democráticos, tal disposición no puede establecerse por ley. Cada Estado, en un momento dado, es sostenido por un partido político, que ha de tratar de establecer si las medidas que pueda adoptar van a ser aceptadas por la población de ese país o no. En definitiva, si son populares o no. Si no lo son, arriesga la estabilidad de su posición en el poder, así como el no ser reelegido en las siguientes elecciones. Ante tal panorama los gobernantes en el poder en ese momento, se limitaron a hacer saber la disposición de la Unión Europea, y como mucho hicieron un pequeño cambio en los dos canales de televisión pública, para avisar que sus emisiones iban a acabar muy tarde. Resultado: nada ha cambiado, España sigue portando como seña de su identidad el ser más trasnochadores que el resto de los europeos (de nuevo remarcar que se crea tal identidad por la diferencia: si todos los países europeos fueran trasnochadores tal signo no se tendría en cuenta). En realidad ese “alma” española es compartida por los países latino-europeos, frente a los países más del norte, sobre todo por el dual, y más fuerte, Alemania/Inglaterra.
¿Qué ha salido a colación del párrafo anterior?, no es equivalente a lo que es un cerebro. Cada persona —como razón, equivalente al Estado—, tiene que mediar si una disposición social resta excesivamente una disposición interna. Pongamos el caso de la homosexualidad. Hasta hace relativamente poco, todo homosexual no renegaba de su sexualidad (en algunos casos sí), pero tenía que vivir “encerrado en el armario”. Por lo tanto si se da(ba) una lucha, mediada por la razón de ese individuo, entre su homosexualidad (naturaleza) y las disposiciones sociales (rechazar la homosexualidad), su “razón” o agente al mando del timón de su vida, no “doblegaba” su naturaleza frente a lo social, sino que tomaba una posición intermedia de mantener su naturaleza y ocultarla en los social, para poder vivir en ella. La siguiente cuestión es tratar de saber si hay una “naturaleza” española o no. Pero esto ya lo trataré como parte del tema central.
Continuará…, pero creo que tardaré. Estoy mentalmente “empantanado”.
(Como apunte final, en dos escritos decía que la mujer no lo es en “plenitud” si no llega a ser madre, lo que “desvaloriza” en cierto grado muchas “opiniones” y puntos de vista del feminismo de la tercera ola (jóvenes en las redes, sobre todo). En este escrito nos hablan sobre los cambios cerebrales al ser madre.)






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