Etiquetar e Interpretar V – Neoliberalismo
❝Tienes que empezar a perder la memoria, aunque sólo sea unas piezas, para darte cuenta de que la memoria es lo que hace nuestras vidas. La vida sin memoria no es vida en absoluto… nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestro sentimiento, incluso nuestra acción. Sin ella, no somos nada.❞ Buñuel Portolés
Me veo incapaz de tratar de retocar el escrito anterior. Opto por hacer escritos separados sobre los temas endebles o que se omitieron en él. Este es uno de ellos, puede que no haga falta otro.
Lo que pretendía transmitir, en el escrito anterior, eran dos cosas, 1. a partir de la metáfora de la cola de pegar madera y sus poros, trato de mostrar que esa capacidad es la que crea el nexo de unión entre las distintas capas del cerebro, en tanto que el cerebro une primitivas (instintos, patrones de comportamiento implementados en el ADN) a las palabras con las que se nace en una cultura y época dada, en donde signo (una palabra como es el caso de madre) y significado (maternidad: la persona que nos provee de protección y cuidado al nacer) son unidad, en donde desde ese momento para el cerebro es lo mismo operar con la palabra que con el concepto innato, proceso por el cual la cognición implícita, que está basada en la memoria implícita (más antigua, menos voluble para perderla, más conectada a todo el cuerpo —es con la que se aprende a montar en bicicleta por ejemplo—, ese tipo de conexión de signo/significado se hace claro cuando se dice aquello de “a mi madre ni la menciones”, y la consiguiente enjundia de las palabrotas para herir con la palabra madre). Esta explicación era necesaria, porque la razón es cognición y memoria explícita, donde esta zona del cerebro trabaja con signos (palabras) que pueden carecer totalmente de un significado emocional. Para el caso: las zonas nuevas del cerebro —que operan con lenguajes altamente simbólicos— pueden trabajar como una computadora multipropósito, trabajando con meros signos o datos, con la dificultad de que su forma de trabajar es serialmente (es discursiva, como este escrito: concatenación de palabras que generan frases, párrafos…), mientras que las zonas más antiguas trabajan de una manera que se desconoce, pero que no es, por defecto, con palabras, en donde su proceso es en paralelo y muy rápido. En cuyo caso, las primitivas (lo innato) crean una conexión casi rígida entre signo y significado al aprender un idioma, y es por ello que se puedan comunicar las zonas nuevas y las antiguas, de tal manera que aunque el cerebro profundo trabaje en su propio “lenguaje”, lo que le entrega a la razón puede ser con palabras (no ocurre a la inversa: el prefrontal no tiene tal capacidad con las zonas antiguas; si acaso sólo callarlas o no escucharlas, propio de lo que siempre se ha entendido por voluntad).
Este primer punto trata de establecer la importancia del lenguaje bajo el que se nace, que a la vez implica a la cultura a la que pertenece, que a la vez entrelaza el presente, de tal lenguaje, con su desarrollo histórico, y puesto que la razón no se comunica con el cerebro profundo más que con palabras. En ese caso 2. en el anterior escrito tenía que tratar de establecer, con algún ejemplo, el cómo la cultura repercute en cómo procesamos la información, en donde a partir de tal procesado, generamos comportamientos. O sea, hay dos conexiones que ocurren con el lenguaje: el establecido en el punto 1, que se conecta con primitivas implementadas en el ADN, y una segunda conexión a nivel de comportamientos sociales, que es más difícil de establecer. Otro ejemplo del punto 1, aparte del de madre, es el concepto de “hogar” (lo terruño), que no es la casa donde uno vive —a nivel de primitiva—, sino que es aquel lugar o situación donde uno vuelve a un estado homeostático, relajado, a modo de refugio interior: ni tenso, ni aburrido (hacen mención de ello en la película “el club de la lucha“, en las terapias a la que va el protagonista). Ese hogar para mi cerebro es el silencio, o ausencia de estímulos (andar por la noche, a la luz de la luna, en lugares solitarios es lo “perfecto” para el cerebro que soy). Llama a estados primitivos. En otro escrito dije que a partir del coronavirus, la gente le ha “cogido gusto” a pasear fuera de la ciudad. Tal comportamiento tiene esta posible hoja de ruta. La “nueva normalidad” crea en toda persona un nivel de alerta constante, a la vez que crea un estado de desasosiego, de intranquilidad, con un menor o mayor grado de estrés e incluso ansiedad latente. Ese estado que puede ser la media social, el humano medio lo “despejaba” al salir de fiesta, pero en la “nueva normalidad”, este tipo de escape igualmente ha quedado truncado. En ese caso toda persona se ha hecho más vulnerable a la sobreestimulación, a la sobrecarga cognitiva, a llegar a estados de tensión a la menor. El “hogar humano”, una de las primitivas con raíces más profundas, es el silencio de la naturaleza. Silencio que hemos perdido en las actuales ciudades. Siendo así, todo humano se percata —no a nivel consciente— que recupera más fácilmente ese estado homeostático, propio de la primitiva “hogar”, paseando en el silencio de las afueras de las ciudades, o por la naturaleza. Es posible, además, que el cerebro ya haga algún tipo de unión entre esa primitiva y el estado en el que permaneció dentro de la madre durante varios meses, casi en total silencio y con la total sensación de refugio. Bajo mi propia experiencia, la gente de los pueblos me parecen unas personas más sanas mentalmente —estables, sencillas— que las de las ciudades. Puede que de fondo se deba a algo tan sencillo como el hecho de haber sido criados en los pueblos: con una baja cantidad de estímulos, o en definitiva, sin sobrestímulos, con respecto a las ciudades, donde el ruido, en la actualidad, suele ser constante, incluso por las noches.
Nota. Cuando empezó el coronavirus yo me mostré más “fuerte” o estable que otras personas, porque ese estado que era nuevo para el resto, era la constante en mí. Pensé que era algo que sólo era mío, un pensamiento algo perverso, pero viendo a posteriori los vídeos de “la vida moderna“, durante los inicios y el transcurso del coronavirus, Ignatius Farray dijo lo mismo que yo había pensado y sentido, pues portamos más o menos la misma identidad y nos “conectamos” a ese nivel extraño del sentir.
Bajo lo dicho, el presente escrito tratará de exponer un caso que trate de establecer el segundo tipo de unión, entre palabras y significados, entre las palabras y ciertas estructuras del cerebro, que en este caso será a las partes del cerebro que operan con lo que entendemos por identidad social. Pero antes daré un aparente rodeo, que no lo es, pues viene al caso.
En la actualidad se están pronunciando las posturas extremas, como es el caso de los partidos políticos. A mí no me da miedo que saliese la extrema derecha. Lo que cuenta es que estamos en un sistema seudo-democrático, y tal partido tendría muy poca capacidad de movimiento. En la actualidad en España hay una coalición de socialistas y comunistas, no hay una gran diferencia con respecto a cuando gobernaba un partido de derechas. Cuando se aprobó la ley sobre la eutanasia, la derecha hizo ver que cuando llegasen al poder derogarían tal ley. La actual democracia es una gran “bufonada”, porque no se producen realmente grandes cambios. Y si así ocurre, y no fuera del gusto del lado opuesto, lo cambiará cuando llegue al poder. Lo que más “incomoda” al ciudadano medio son las tendencias propias del neoliberalismo (no a todos, claro), pero de ser así ¿cómo cambiar tal paradigma? Las actuales democracias la mantienen. Parece una estructura férrea e inamovible. ¿Por qué? Porque toda persona tiene, o ha adoptado, tal estructura a nivel de identidad social. Esto implica que las superpotencias (reinos, imperios o religiones en el pasado) “funcionan”, antes que nada, a través de lo cultural, o sea, funcionan como imperialismo cultural. En el momento que vemos películas norteamericanas (o incluso de algunas partes de Europa), el cerebro se ve bombardeado de palabras y conceptos propios de la cultura dominante, volviéndolas como propias o internas. Las actuales generaciones incluso han ido un grado más allá, cuando usan palabras inglesas que ya ni siquiera tratan de traducirlas para volverlas propias.
La paradoja actual es que no hay forma de separar la globalización del concepto norteamericano de corporación, que allí es un ente social, equiparable a un individuo. Las corporaciones, bajo las actuales reglas mundiales, se asientan en cualquier país y crecen y prosperan allí. Ese “espíritu” dual, pero indiferenciable, es en teoría el modelo de democracia que se le pide a todo país que quiera formar parte del estado actual del mundo. Si un país no quiere “jugar” a tal juego se le pone trabas para que prospere por sí mismo, como es el actual caso de Venezuela. Si un país acepta tal “juego”, se ve sumergido en la mentalidad norteamericana, y en ese caso ya no opera la izquierda o la extrema derecha, pues el principio rector del juego es la mentalidad neoliberal. No quiero dar más vueltas a este tema —aparentemente evidentes sólo para unos pocos, que no creen en la democracia—, que es liminal al presente escrito, y en esa dirección me centraré de dónde viene esa mentalidad, cuál es su origen. Me remontaré a Lutero.
No voy a tratar de definir el Protestantismo, que es fácil consultarlo en Internet y la propia Wikipedia, sino que me centraré en lo liminal del cerebro de Lutero, que es algo menos evidente y vital para el desarrollo de la historia que nos ha traído a la actualidad. A Lutero le “incomodaba” que Dios pidiese del humano hacer el bien y la correspondencia entre actuar bien y llegar al cielo. Pero el por qué es un “misterio”, pues seguramente tal incomodidad le nació de alguna parte profunda del cerebro, y sus palabras (explicaciones) no tienen por qué haber dado con tal núcleo del malestar. Puedo tratar de entender, bajo un posible supuesto de su cerebro profundo, que si Dios se regulase por tal máxima, no sería muy distinto que el amaestramiento de un perro. A estos se les castiga o no premia cuando hacen algo mal, y se les premia cuando hacen algo bien. El catolicismo “opera” cual amaestrador: si se peca se va uno al infierno, y si se tiene una vida virtuosa se irá al cielo. Por otro lado habría que pensar que Lutero veía, en otro “componente” del catolicismo, un fallo a tal disposición: la confesión y perdón de los pecados. De ese modo, uno podría pecar —pecados veniales— toda la vida y finalmente confesarse antes de morir y llegar al cielo. Una religión… ¿debería aceptar que a Dios se le pudiese hacer trampas? Tal cuestión no habría de estar en manos de la religión, sino del propio Dios. Ya tengo las premisas, ahora, el cómo llegó Lutero a sus propias conclusiones, es un misterio, pues su explicación en basarse en algunas citas de las cartas a los Romanos de san Pablo, que fue la explicación que dejó escrita, me parece una formulación endeble. Para el caso, lo que aquí interesa es que Lutero llegó a la conclusión de que lo único que importa es la fe (sola fide). Y ni siquiera eso, pues entonces volvería a caer en la misma hipótesis cristiana del Dios “amaestrador”, donde lo que habría que potenciar, en el caso de los protestantes, sería el amaestramiento de la fe. La resolución de Lutero fue que quedaría a voluntad de Dios, quiénes se salvarían, no está en manos del humano, de las personas, saber quiénes llegarán al cielo. Siendo de esta manera, no hay correspondencia entre los actos, la fe y poder llegar al cielo (se acerca a la idea del pueblo elegido de los judíos o los testigos de Jehová —como gente elegida—). De ser así, todo peso queda en la fe, pero… ¿ningún peso en la manera de obrar? Se cae en el mismo problema que el catolicismo, de llevar una vida lasa, pero teniendo mucha fe en Dios, como así apuntaban sus detractores bajo la frase: “crede fortiter et pecca fortius” (cree fuerte y peca más fuerte).
Las paradojas subyacentes a tales planteamientos ya se manifestaron en vida del propio Lutero, pues cuando se vio cerca de la muerte trató de llevar la vida más recta posible, tratando de hacer buenas obras en cuanto pudiese y estuviese en sus manos. Toda persona luterana, protestante, porta este mismo planteamiento esquivo que no se parece al del catolicismo, pero de facto lo puede ser. Mi hipótesis, que ya dejé plasmada en otro escrito, es que la “disposición” protestante o la católica vienen dadas por los lugares geográficos en los que se nace (determinismo medioambiental). El catolicismo, por aquel entonces, se mantuvo en los países más al sur del continente europeo, los llamados países latinos, con más horas y más calor, que los del norte, de promedio durante todo el año. Los países del norte eran herederos de vivir en terrenos con una alta dificultad para la agricultura, y con más probabilidades de perder las cosechas. Era una cultura que enseñaba a sus hijos que lo central en la vida era el trabajo. Los países latino-europeos eran más dados a la fiesta y al disfrute de la vida (en estos días salen noticias de que Madrid se ha vuelto el lugar preferido para ir de fiesta, los fines de semana, de los países del norte. Las identidades permanecen, aún con la globalización, pues se pueden llegar a remarcar).
De una forma que no puedo conectar plenamente (queda para otro encontrar tal concatenación: mi cerebro no me la entrega), Lutero, al basar la creencia en Dios bajo la fe, donde “ganarse” el cielo no dependía tan directamente de obrar bien en lo social, sino en obrar uno en sí mismo, unió el ser un gran trabajador al designio de lo que quiere Dios, y como muestra de la fe que se tenía en Él, dejando en segundo lugar lo social. Así tenemos que si bajo las reglas del catolicismo lo social —obrar bien con el resto de personas— es la base, para el protestantismo la base es el individuo, sin que por ello signifique obrar mal en sociedad. El matiz, y es a lo que quiero llegar, es que con el tiempo, ese tipo de pensamiento, menos social y más basado en lo individual, es el que es tendente a crear rasgos sicopáticos en las personas (esto ya lo apuntó algún filósofo español en los años 80, cuando aún no era tan evidente), y por ello es que tal rasgo sea el que se manifiesta en las empresas que estos crean, como así es como emerge en las corporaciones y las multinacionales que se crearon en primer lugar en Estados Unidos. Tipo empresarial que ha sido el imitado por el resto de los países del primer mundo u occidental (y ahora en el mundo oriental).
(De nuevo emerge “la guerra, el conflicto, como madre de todas las cosas”, pues toda empresa que luche contra el modelo estadounidense, pierde. Luego “si no puedes con tu enemigo, únete a él”.)
No tengo por qué tratar de demostrar qué es así, por pensar que resulta harto evidente. ¿Da tema para un libro?, odio los libros que se basan en una sola premisa o unas pocas, como la que he expuesto aquí, y se pierden en profusos y complejos detalles, por el hecho que han de rellenar hojas como para que pueda ser considerado un libro (como para venderlo y ganar dinero). Tal tema (sin el componente de buscar los orígenes) fue tratado en su momento por el documental “The Corporation” de 2003, que recientemente ha hecho un nuevo documental “The New Corporation – The Unfortunately Necessary Sequel” en 2020 (se puede descargar y traducir el subtítulo aquí), para revisarlo y añadir un nuevo parámetro a su lista, de qué es un psicópata y por qué las corporaciones encajan en tal perfil.
Lo único que resta en el escrito es unir estas últimas ideas con las primeras, aunque creo que sobran las explicaciones. Pongamos el caso del YouTuber “el Rubius“, como “buen” español (esto es: como propio de la identidad española), es una persona a la que le podía la comedia, el reírse del absurdo y de la dureza de la vida de la forma menos intelectual que pueda haber (humor físico). Al principio dijo que no se iba a “vender al mercado”, pero al final lo hizo. Venció el espíritu de la época, que es el neoliberal y donde esta nace del ideario y las creencias de los protestantes, de orígenes germanos. Este proceso pasa por “moldear” las creencias al espíritu del trabajo, a que toda labor hay que considerarla un trabajo, que ha de ser remunerado (bajo el punto de vista protestante este escrito lo es y debería ganar dinero por ello), donde además el que sea un “buen trabajo”, nace de la base de que está bien remunerado (el pescado que se muerde la cola del pensamiento neoliberal). El siguiente proceso es creer que esa idea es propia y no una adaptación a un pensamiento ajeno. En definitiva a dar fe a la propia identidad, como ente que se ha construido a sí mismo y no en tanto que haya podido ser forjado por fuerzas externas (que se reduce en aquella frase de “yo me hecho a mí mismo”). Actualmente “el Rubius” se ha ido a vivir a Andorra, para no tener que pagar los impuestos en España, dada la alta cantidad de dinero que gana como “YouTuber”. Qué es ahora, ¿no es antes neoliberal y por ello “bañado” con la mentalidad protestante, que español y con la mentalidad más social que es la que proviene del catolicismo (se quiera o no)? En otro caso, en los foros del programa 3D “modo”, al principio “reinaba” la generosidad, el hacer plugins o scripts que se compartían gratuitamente (enriqueciendo el sentido de la comunidad), y ahora sólo mantiene esa forma de obrar un español o algún que otro neófito, y el resto de los que crean plugins han entrado en el juego de sólo querer ganar dinero.
Para que se me termine de entender, retomo ideas bajo otros puntos de vista. Lo que “naciera” en Lutero no era propio, si no del sentir o de la identidad germana. De no ser así el Protestantismo no habría prosperado, por no tener ningún apoyo. Esto viene dado por los distintos hábitat y zonas geográficas, que fueron las que dieron forma a los cambios fenotípicos, pero también a ciertos rasgos genotípicos, en donde ciertas palabras y conceptos tienen más peso que otras, como para crear la identidad de un tipo concreto de persona, dado en el medio en el que vive. Ahí también entra en juego la epigenética, y por ello no es tan vital el concepto de raza, pues el ADN, a través de la epigenética, expresará y pronunciará ciertos rasgos, contrarrestando otros, dependiendo de dónde nazca o crezca una persona. En ese caso, puesto que un lenguaje lo ha moldeado todo humano en un hábitat durante milenios, el idioma ya tiene cargado de por sí el dar más importancias a ciertos valores sobre otros. En ese caso se produce un efecto de retroalimentación entre el idioma y los rasgos propios de una zona o hábitat, valorando o desvalorizando ciertos conceptos y/o palabras, frente a otras. Con todo, no es un sistema cerrado, ya que toda “conquista” y por el “principio” de que vence lo más fuerte o dominante, toda cultura es porosa a recibir y aceptar como propias las ideas de otros idiomas y culturas. Las que echan más raíces son aquellas que son acordes a los rasgos de los habitantes de esa zona, pero no hay que ignorar “la ley del más fuerte o lo más adaptado”, que provienen al fin y al cabo del sistema evolutivo al que pertenecemos. Hoy vence el neoliberalismo, porque nada lo gana. Las democracias son pantomimas, pues en realidad estamos cayendo en la corporatocracia, en el mandato de las corporaciones y las multinacionales. Ahora todo el mundo “habla” su lenguaje. Ahora sólo cabe su tipo de identidad. Por ello no es una cuestión política, sino de no dejarse “infectar” por su lenguaje, dando o tratando de volver a la propia identidad de la región en la que se vive. Cuanto más sea ese retroceso hacia lo propio, mejor. Si pudiéramos retroceder tanto como nos fuese posible, llegaríamos allí donde sólo había una tipología humana. Ese común es lo que habría que tratar de recuperar. Pero esta idea sólo es operar con la razón. Lo que vence es que ahora cada uno vive en un hábitat, con unas propiedades y unas desventajas a las que adaptarse. Vence el caos, la pluralidad, la complejidad, la sinrazón.
Uniendo otra idea. El coronavirus nos ha vuelto a demostrar la importancia de las fronteras y qué es lo propio, o aquello a lo que se puede considerar hogar, que es el país o la región en la que se ha nacido. Es de suponer que el miedo a lo extraño naciera de este tipo de cuestiones, donde los foráneos podían ser temidos, pues eran proclives a traer nuevas enfermedades o problemas ajenos a la propia cultura (virus cultural, como así lo es el neoliberalismo). Tenemos así que seguramente el lugar (hábitat) de una cultura proviniese de esa primitiva más antigua e individual que es el “hogar” o refugio interior, que se ha analizado arriba. En algunas culturas existe el mito del “hogar” —paraíso— perdido (el edén), que a la vez remite a una época. Entre los griegos estaba el mito de la edad de oro, la cual se perdió y se fue degradando en cada proceso desde la heroica a la de plata y desde esta a la de hierro. En el escrito anterior dije que si ahora me falla la memoria, ahora soy esta nueva identidad con tal característica. Pero lo que “descubrió” la filosofía griega, bajo las diferencias del verbo ser y el verbo estar (esta diferencia es menor en las lenguas germanas, como la inglesa; Latinoamérica al parecer está más “contagiada” por Estados Unidos, por la cercanía, donde se está perdiendo la diferencia entre ser y estar), que remite a la potencia y al acto, define que todo humano llega a un estado máximo, que es bajo el que se usa el verbo ser (ser joven), y después entra en declive, que es cuando se usa el verbo estar (estoy viejo). De ser así…, ¿aquel estado inicial, al que hacen mención algunas religiones, no fue el máximo de lo humano y a partir de perderlo sólo estamos degenerando? Toda la historia como un simple proceso degenerativo, donde cuanto más avanzamos más perdemos el contacto con nuestro “hogar”, y por ello, con aquello que nos hizo humanos y que es lo que poco a poco, pero irremediablemente, vamos perdiendo.

Ultimo desarrollo sobre todos estos temas. Del caso de Lutero se puede deducir que Dios no habla, y se pone en “boca” de Él lo que cada pueblo, cultura y religión quiere que Diga. En definitiva, que el humano no se adapta a un Dios, sino que todo dios es una adaptación a cada tipo de cerebro, de cada cultura del mundo. Por otro lado de la tradición hebraica parten el judaísmo, el cristianismo y el islam. Todas se basan en la premisa de que lo dicho en sus escrituras, testamentos o evangelios, son Dios hecho palabra, pero cada división de estas primeras religiones, que ahora son múltiples, se basan en interpretar de una manera u otra los escritos, o en dar más importancia a unos sobre otros. En parte es otro fracaso de la razón, que no termina de entender o aceptar que el lenguaje es ambiguo o incluso puede estar vacío. Esta “creencia”, o puesta en duda del lenguaje, tiene un desarrollo en la historia del pensamiento, donde los puntos más remarcables son el nominalismo, y más tarde el postestructuralismo y del deconstructivismo. En la dirección opuesta se encuentra la filosofía analítica, nacida en Estados Unidos, que ha tratado de volver positivo al lenguaje (crear un lenguaje para la ciencia), sin haberlo conseguido. Al buscar o sólo centrarse en las estructuras, siempre se pierden de vista los significados, que no pueden ser “encajonados”, pues son seres “mutantes”, que siempre cambian, por lo cual es casi imposible prefijarlos a una sola posición. Dios es uno de esos entes simbólicos “mutantes”, dentro de nuestras mentes. Imposible prefijarlo, sin matar parte de su esencia, esto es así no porque exista como “realidad” externa, sino porque forma parte de nuestro ADN, que es el que lo “creó”, para que el cerebro creyese que ese es su verdadero y más antiguo “hogar”. Ese refugio interior, que es el que le puede dar algo de paz, en un mundo de caos, degeneración y perpetuo cambio.
Por cierto, sobre la frase “el sueño de la razón produce monstruos”, el que “manda” en el significado es su autor, — cuestionable si se tiene en cuenta la crítica hermenéutica, dicha en el escrito anterior—. Es de un cuadro de Goya, y su significado es “cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelven visiones”, o sea que cuando la razón se duerme es cuando se producen los tan temidos monstruos. Pero por lo dicho en mis escritos, prefiero la idea de que lo que produce monstruos es la razón, en sus eternos devaneos de interpretar la realidad. En definitiva, un animal no duda, hace lo que le es natural. El resto a esta simple verdad, es mera opinión. El humano sólo es opinión, que es lo mismo que decir que vive en la confusión.
(Si hago un escrito en un solo día, me puedo topar con problemas con la memoria de trabajo, pero los puedo solucionar y hacer unos escritos más coherentes, como el actual —llevo escribiendo y arreglando más de diez horas seguidas—. Si por el contrario hago un escrito a días, tengo el doble problema de la memoria a largo plazo, y la memoria de trabajo, creando escritos más confusos y endebles. Con todo, el primer método me repercute más en el sueño, pues crea una tensión cerebral que me es complicado frenar.)

Comentarios