Etiquetar e Interpretar III – El Problema del Ser



Por ello es necesario seguir lo que es común, pues lo común es lo que une.
Pero, aunque el logos es común, la mayoría viven como si cada cual tuviera
una inteligencia particular.
❞ Heráclito
La ardiente necesidad de quedar mudo para siempre, eso es la poesía.
Ignatius


Voy a tratar de reducir la filosofía, en concreto la ontología y de paso su historia, en sólo tres párrafos.

Cuando un bebé pasa por la etapa de centrarse en la vista, se encuentra con objetos. Unos permanecen fijos mientras otros, como así es el caso de sus padres, se mueven. En el lenguaje de la filosofía, se encuentra con entes (otro enlace). Dejo aparcada esta premisa. Si pregunto a una persona que coche tiene me puede decir que “es un Renault” y que “es de color azul”, del número 1 puedo decir que es un número entero, y que es impar, y si me dice un amigo que ha tenido hace poco un hijo me dirá que “es niña”. La constante de todas las frases es el verbo ser. Así que mientras que los primeros filósofos se preguntaban por los entes, desde Parménides la pregunta más acuciante, sobre la que todo filósofo se tenía que preguntar, era el porqué de esa “constancia” del ser (para una mejor explicación que la de la Wikipedia, y en concreto sobre su origen y etimología, descargar este documento). En cierta forma dejaron de ver entes para ver seres, puesto que se volvió uno de los problemas principales de la filosofía. Hoy diríamos, y en el lenguaje común, que ser y ente son lo mismo, si ente a la vez lo reducimos a un objeto o cosa en el mundo: un ente es, y para ser hay que ser un ente. Otro problema que un filósofo, o físico de la antigüedad —los primeros filósofos eran más bien físicos— tenía que abordar, era cuál era el principio de todo. Un limonero da limones, que tienen unas semillas, de la que puede salir de nuevo un limonero. Siendo físicos todo tenía una causa o principio. Los primeros filósofos, siendo físicos, decían que ese principio era el aire, el fuego, el agua, o todos a la vez, junto a la tierra, los cuatro elementos para la física antigua —ignoremos los problemas de ideas tan simples—. El giro de este tipo de visiones vino dado por Parménides, para el cual el ser es lo que subyace bajo toda la realidad. Aquí deviene la metafísica, el pensar en un concepto abstracto, como es el verbo ser en su modo transitivo, como lo subyacente a todo. Metafísica es más allá de la física, como palabra nace bajo la idea de que eran los libros que se colocaban, en los estantes de la biblioteca, después de los de física, pero además tenía sentido, porque trataba de explicar lo que no se podía con la física. El problema de causa y efecto, o que todo tenga un principio, es que entonces remitía al infinito: todo tiene una causa anterior, que remite a una anterior y así hasta el infinito. Cualquier humano se percata que todo tiene una causa, el sentido común nos “dice que nada viene de la nada“, frase que se atribuye a Parménides (a modo de salirme de Grecia, es de imaginar que tal argumento es muy antiguo y “nació” con el hombre, y es uno de los “causantes” de que el hombre crease los dioses, como la propia filosofía griega demuestra). La forma de resolverlo era que existiese una causa incausada, o un primer motor. En ese caso el problema remite a cómo ha de ser ese primer motor o causa primera. Tenía que tener, o más bien carecer, de las propiedades del resto de los seres, como para que a su vez no tuviese una causa anterior. Tal principio o cuestión de dicho problema se llamaba entre los presocráticos como arché, del que proviene arquetipo. Dado que tengo que ser breve y reduccionista, ha de pensarse que en la misma época de Parménides estaba Heráclito. Recordar que según he dicho en el escrito anterior, la discordia es la madre de todas las cosas. ¿Parménides hubiera llegado a las mismas conclusiones si no hubiera tenido a alguien que iba a la contra de sus pensamientos? A la cuestión de reducir todo al ser, Heráclito dijo que no era así, que uno mismo no se bañaba dos veces en el mismo río, puesto que el agua corre y siempre es distinta. Heráclito defendía el devenir de las cosas, que dejaban de ser, o en otro lenguaje “que no eran”. Parménides en ese caso se vio obligado a fundamentar de forma más férrea su filosofía y argumentó que todo era ser, y que el no-ser no existe —aunque ya en si tal frase no tiene sentido—, para el caso todo era ser. Siendo así, esa causa primera era un ser que era la causa de todos los seres concretos. ¿Cómo habría de ser? En el conocimiento nos encontramos con que la vista, u otro sentidos, nos pueden engañar. Es la razón la que tiene la capacidad de saber si los sentidos han sido engañados, luego la razón (Nous, conocimiento) es un tipo de conocimiento superior. La esencia de ese ser primero, por ello, no puede estar transido por la opinión, sino sólo ser Nous. Se marca así un principio (Arché) de un ser que es todo conocimiento, que no puede no saber, puesto que eso remitiría al no-ser de Heráclito, y que no tiene un principio y un fin. ¿No nos recuerda todo esto demasiado al Dios cristiano? Este Dios no es el mismo que el Judío (el antiguo testamento es de los Judíos, de su pueblo y Dios), menos metafísico, y con aparentes cambios de opinión y de estados emocionales.

Las dos fotografías son la misma, pero la torre de la derecha parece más inclinada

Sobre esta base Aristóteles crea su propia metafísica, tratando de resolver problemas o discusiones de los filósofos coetáneos a Parménides y posteriores. Si volvemos al limonero, su semilla ya tiene —en sí misma— el árbol que será. Lo tiene en potencia y en acto (actualizándose), en cada fase, llega a serlo. A la vez la potencia del limonero es dar frutos y las hojas y los brotes son sus actos (actualizaciones de potencialidades). Ahora fijarse en el detalle. Si se pregunta a una persona de qué color es el limón dirá que “es amarillo”. Pero cuando nace es verde. En el lenguaje común decimos que aún no se puede recoger un fruto “porque está verde”, no “porque es verde”. Esto nos viene por la filosofía de Aristóteles, porque la finalidad del limón es madurar, momento en el que es amarillo. Si ahora llevamos esto al humano…, de una persona de muchos años podemos decir —o ella lo puede decir de sí misma— que “es vieja” o que “está vieja”, pero no parece correcto decir que una persona “está joven”, sino que “es joven”. Esto lo hago ver en la dirección de denotar lo importante del lenguaje en el cerebro. Nuestro idioma proviene del latín, que a la vez creó conceptos a partir de las palabras y el idioma griego. A los primeros filósofos latinos (Romanos), les fue complicado leer a Parménides o a Aristóteles, por la falta de adecuación a sus verbos y las formas de utilizarlos, bajo sus propias reglas del lenguaje. Adaptaron el latín a ciertas formas de hacer uso del lenguaje griego. Así, fuera de la “naturaleza” o esencia o finalidad de un ser, es un accidente, algo que puede ser o no ser, y se hace uso del verbo estar… un limón está pocho, no es pocho, o está verde, pero no es verde, y se hace uso del verbo ser cuando habla de su esencia: el limón es amarillo. Si nos hemos fijado, he usado el concepto de no-ser, Aristóteles lo adopta de Platón, su maestro, para quien el no-ser era en tanto que el ser podía no llegar a ser, y en tanto que alteridad y diferencia…, a modo de entender que si un limón está pocho, por ejemplo, implica la negación de estar sano (no sano), con lo cual Platón introduce su propio proceso dialéctico; a la vez que en la misma “jugada”, tal dialéctica ya comprende una ética y por ello reglas duales por las que conducirse los ciudadanos. Como es el caso de la bondad, el lado positivo y afirmativo, frente a maldad, como negación de conducirse con bondad. Creando la base que, después, Aristóteles llevó a una triada, en donde el estado intermedio es el deseado (ni imprudente, ni cobarde, sino el estado intermedio que es el valor, tal regla en realidad proviene de la sentencia de “nada en exceso”, el exceso de prudencia hacia abajo puede ser tomado como cobardía, y hacia arriba como imprudente). De paso fijarse que el estado maduro de la fruta es el que se extrapola en el humano, ser joven es ser inmaduro, y la finalidad del ser humano es madurar… llegar a su esencia, o finalidad, o a aquel estado que es el que tiene el humano como potencialidad al nacer (desde la “semilla”). El aparente dislate de arriba de ser joven o estar joven, no es tal. Antes joven no era la persona de menos de veinte o veintidós años —o donde quiera que esté ahora tal frontera invisible—, otrora era joven incluso alguien de 35 o 40 años (aún hoy para una persona de 90 años). Maduro y joven (como no anciano) era la edad en la que el humano es, llega a su potencial, y no se usa el verbo estar.

Los Romanos siguen, y ponen como base de sus filosofías, a los griegos,  sobre todo a Platón (neoplatonismo, quizás con bases de Aristotélicas). Con la caída del Imperio Romano se pierden tales enseñanzas, e incluso los libros y las filosofías griegas, muchas quemadas, antaño, en el incendio de la biblioteca de Alejandría, con todo sigue patente en el lenguaje y en la cultura popular a través del propio lenguaje y por seguir las tradiciones (una gran mayoría de cualidades o defectos humanos provienen de nombres de los dioses griegos (celo, fervor del dios Zelo,  concordia, armonía de la diosa Harmonía, erótico, del dios Eros…). Las filosofías griegas vuelven a entrar a Europa a través de la España conquistada por los musulmanes, pues tales libros y enseñanzas aún estaban en el mundo árabe. En la Edad Media, los católicos, dan vueltas a las ideas de los griegos para asentar sobre todo la naturaleza de Dios, que es la que ahora conocemos. En siglos posteriores se revisan y se van tendiendo a posturas más materialistas y físicas. El idealismo germano trata de frenar el dar el mayor valor a la razón, base del Iluminismo y la tendencia a las ciencias y la enseñanza, dado que por ello se puede perder de vista a Dios (como así está sucediendo), al alma o la esencia dual de la naturaleza. Entre ellos, Hegel —supuestamente la última gran filosofía, otros dicen que esta posición la ocupa Heidegger—, retoma el Nous y la dialéctica, creando una filosofía, en donde pone como fin último el conocimiento, pues para él Dios no está de fondo controlando la creación, sino que es la propia creación en desarrollo a su fin último: el conocimiento absoluto. El humano y la razón es su medio más directo. Cierre filosófico, siglo XX, Heidegger nos dice que la filosofía, en su empeño de centrarse en el ser, se había olvidado del ente, del existente. Tanto él como los existencialistas, así, se ocupan de la existencia, y en concreto del ente que es el hombre.


Misión cumplida, tres párrafos. Ahora toca ver a todos “errores” que ha llevado todo este lenguaje y desarrollo del pensamiento.

Lo que se deduce de esos principios de la filosofía, es que se dio una lucha entre dos puntos de vistas opuestos, que podrían ser tomados en un inicio, entre escépticos y ateos, frente a teístas y que no eran escépticos (que se fundamentaban en la posibilidad de conocer). Protágoras, acusado de agnóstico, decía que no se ocupaba de los dioses, pues “de los dioses nada podemos saber. Ni si son, ni si no son, ni cuáles son, pues hay muchas cosas que impiden saberlo: no sólo la oscuridad del problema, sino también la brevedad de la vida”. Tampoco es que existiera tal liza de forma abierta y conocida, más bien era cuestión de ser seguidores de unas escuelas de pensamientos y otras, pero venía a ser como ahora tener una tendencia de derecha o de izquierda, algunas cuestiones están implícitas dentro de cada lado de tal dualidad.

El mayor problema de la filosofía de la era griega, es que ese principio rector no podía no conocer, y tampoco tendría que tener como parte de su naturaleza el devenir —de ahí la cerrazón de Parménides a no aceptar el no-ser de Heráclito—, y ello implicaba cierto determinismo, pues el devenir implicaría no saber su propio futuro. ¿Cómo puede ser esto? La “lucha” de Parménides y Heráclito implicaba el cambio y a la vez el movimiento. El dios de Parménides viene a ser como si una persona tuviera tantos monitores de ordenador como fotogramas tuviera una película, y en cada uno sólo viese uno de esos fotogramas; cambiando de monitor va a un fotograma concreto, pero allí no hay movimiento, sólo un segundo congelado en el tiempo. Viendo todos a la vez, capta la totalidad y el movimiento (pienso que lo que trató de establecer Zenón en sus paradojas —coetáneo y seguidor de Parménides— era mostrar tal realidad, no sé si además quería demostrar algo más, tales paradojas no las acepta el sentido común). Todo esto a la vez puede implicar que todo —e incluso la historia humana— sigue un desarrollo, al igual que la semilla de un limón implica echar raíces, crecer, madurar, para al final volver a producir limones. De la misma forma que el humano es incapaz de pensar en algo increado, porque la evidencia del mundo le dice que todo viene de algo, tampoco es capaz de concebir que las cosas no tengan una finalidad, que no sigan una trama con un final. Todo en la naturaleza parece tener finalidades, luego debe ser parte de la naturaleza del Arché, de ese dios o motor primero. A este patrón yo lo he denominado narrabilidad, la capacidad de volver todo narrable: con un principio, un desarrollo y un desenlace. Siendo así, casi todas las filosofías o incluso ideologías, o bien creen en la existencia de una finalidad humana, 1. que viene dada por algún dios o dioses, o bien 2. cree que es el propio humano el que ha de crear esa finalidad. De esto nace la tragedia humana. Si se cree en el punto uno, tan sólo hay que tener fe, o en otro caso tratar de “leer” que tiene planificado tal dios o dioses, para seguir su plan, o bien si se cree en el punto dos, es el propio hombre el que ha de buscar y crear tal proyecto. Creer en el progreso, que todo va a mejor, es parte de este segundo punto. A partir de la Ilustración, y bajo el concepto de humanidad como una unidad, el conocimiento ha sido el motor o la base de ese plan para el humano, independientemente que exista o se crea en un dios. Crear una finalidad implica que nada estorbe o entorpezca los planes. La mayor resistencia a todo plan humano es la propia naturaleza y el azar, luego domeñar la naturaleza —incluso la propia— y controlar el caos, se convirtieron en parte de los planes humanos. Su designio, parte de su condición (condición y naturaleza no son lo mismo, el primer concepto es parte del lenguaje de la idea de hombre como creador de su devenir y progreso).

Tenemos así, y siendo reduccionista, que hasta el Renacimiento Dios era el que nos tenía designado un proyecto que aceptábamos, a ir a una segunda posición en donde, pasando por distintas etapas, ha tenido que ser el propio humano el que ha ido teniendo que crear tal proyecto. Camus, en su libro “el hombre rebelde“, distingue entre revuelta y rebelión (que seguramente provengan de una misma raíz, pero una es con “v” y la otra con “b”). Así en la Wikipedia nos dice: “en particular la revuelta – un rechazo positivo – y las revoluciones que, perdiendo de vista su revuelta inicial, cayeron en el nihilismo, sacrificaron la realidad en beneficio de la ideología y racionalizaron el asesinato. Si las distintas rebeliones han creado un caldo de cultivo hacia el nihilismo, es dado que los opuestos proyectos humanos contrarios no son capaces de convivir, generando cada vez menor capacidad de cohesión humana y por ello más nihilismo. Una segunda lectura, ya personal, es que toda revolución (seguramente de la misma raíz pero ahora con “v”; no recuerdo dónde lo he leído, pero revolución, frente a revuelta, es un cambio, donde a partir de ese momento se empieza desde un nuevo punto cero, a modo de un ciclo) es aquella tendencia a pensar que sólo hay un camino “racional” para que la humanidad se entienda y viva en paz, igualdad y armonía, que ciertos humanos no logran ver, luego hay que imponerla por la fuerza (en el fondo es el mismo designio que han seguido a lo largo de la historia muchas religiones, entre ellas la cristiana). O sea, bajo mi punto de vista, los últimos siglos y sus distintas revoluciones y guerras (la Revolución Francesa, la Comunista, las Dos Guerras Mundiales, la propia Guerra Civil española) han sido el intento de imponer un solo y único camino por el que todo humano se ha de tener que conducir. Tales revoluciones partían de unos ideales planificados, desde y para lo que debería ser el humano dominado por la —en realidad “una”— razón. En definitiva: han sido pesadillas o monstruos creados por la razón. Luego, pienso que la postura de Camus y la mía parecen contrarias. Mi propuesta la sostienen igualmente Adorno y Horkheimer en su libro “dialéctica de la Ilustración“, por lo que no voy a extenderme mucho más en el tema y remito a tal libro.

La suma de todo lo tratado en el presente escrito, trata de mostrar que ha sido la visión racionalista del hombre, que nace con Parménides, la que nos ha traído al momento actual. El humano, la cultura occidental, desde sus inicios, ha renegado del caos, de ese lado de la naturaleza que nos “dice” —o trata de decir— que nos somos tan especiales, que no somos el centro del universo, y que si bien el orden es el que mantiene la vida, es el caos y lo azaroso el que reina en el universo. Sin mutaciones, sin las constantes permutaciones del ADN, sin el devenir, no se hubiera dado la variedad que existe en la vida. El universo no tiene un plan, la vida no es parte de tal plan, tampoco lo es el humano y mucho menos su pretendida razón, que sólo ha creado destrucción y dolor, mucho dolor. Desde Parménides sólo hemos querido “leer” una parte de la realidad —en cuyo trono hemos coronado a la razón—, cuando lo que lo que nos hace humanos son más los sentimientos y las emociones que la razón —sentimientos y emociones de las que apenas se ha querido ocupar la filosofía…, sólo se ocupó de esta dimensión humana el movimiento romántico—. La razón sólo lee datos, lo importante es el significado emocional de tales datos. Si al leer un dato, desde la única dimensión practico/racional, se ignora el daño emocional que está causando, estamos creando un nuevo ser que ya no era aquel del que venimos y por el que nos pusimos el nombre de humanos. La actualidad es la monstruosidad de un sistema cada vez más racional, que está ideado bajo la idea de ser óptimo ignorando e instrumentalizando las emociones. Los algoritmos están pensados para crearte emociones con el único fin de producir dinero. El propio humano se está contagiando con tal paradigma.


Aunque caiga en lo reiterativo, hacer hincapié en la importancia del idioma y la cultura bajo los que nacemos. Recordar que los presentes escritos tratan sobre etiquetar e interpretar, en donde tales “funciones” nos crean la identidad social, transida así por el idioma bajo el que nacemos, pues como he “demostrado” —incluso en algo tan aparentemente banal como los verbos estar o ser—, todo el idioma está “cargado” de ciertos correlatos que a la fuerza han de repercutir en cómo se “cablea” el cerebro estructuralmente, a la vez que repercute en cómo conceptualizamos los sentimientos y emociones —e incluso qué sentimos—, bajo sus reglas, dándoles unos valores que nos vienen del idioma, y su filosofía subyacente.

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