A Question of Time III
❝¿Lo ves todo como una bendición o una maldición?
La verdad es que todo es ambas cosas.❞ Ramy
❝La ciencia nos separa a nosotros y a los objetos lejos
unos de otros, mientras que nos enseña a ver
los objetos en sus propias conexiones.❞ Rudolf Eucken
❝Cada descodificación es una nueva codificación.❞ Morris Zapp
❝Se nos han vuelto extraños los conceptos de
verdad, sinceridad y autenticidad.❞ Kenneth J. Gergen
De nuevo, en una de esas extrañas sugerencias de YouTube, vinculado con Google, me llevó a un vídeo que habla sobre un nuevo paradigma para la inteligencia artificial, basado en la atención. No le he prestado demasiado tiempo, pues está fuera de mis pretensiones intelectuales, pero le puede resultar interesante a alguno de mis lectores. El escrito al que se hace referencia en el vídeo, “Attention, is all you need”, es este.
I
Hay dos personas, 1. la primera se levanta tarde, y en realidad no se termina de despertar, ya que sus capacidades cognitivas “están por los suelos”: le cuesta concentrarse, tener capacidad para la multitarea o pensar en profundidad. A lo largo del día su cognición se va despertando, y ya más bien tarde, por la noche, llega a su máximo cerebral, con lo que ahora le cuesta “apagar” su cerebro como para echarse pronto a dormir. 2. La segunda persona es su inverso: cuando se acaba de despertar es cuando está más lúcido, tiene una mayor capacidad para concentrarse, para la multitarea o pensar en profundidad. Por contra a la primera persona, a lo largo del día va perdiendo dichas capacidades y a media tarde, sobre las nueve, su cognición empieza a decaer y le va venciendo el cansancio. A última hora ya no puede más y el sueño le vence. ¿Con cuál de las dos personas te sientes más reflejado?
II
Se supone que he de estar al tanto del hilo de los escritos previos, pero es complicado, ya que el cerebro que soy ahora puede estar en un estado reverso a la disposición que tenía en cada uno de los escritos. O sea, pretendemos dar una continuidad al cerebro, a nuestro yo, a ese agente en el cerebro que creemos ser, pero en realidad no existe tal continuidad. Esta, es algo a lo que “nos debemos”, que “nos obliga”, sobre todo por nuestro “papel” dentro de un entorno social — si me encuentro con mi hermana mi cerebro se conmuta al último estado con ella (emociones, contrariedades, conversaciones…)— , pero la constancia y la continuidad del cerebro, no es su esencia: es sólo un determinantes social más.
Siendo así… ¿doy continuidad a los escritos o dejo que fluya hacia otras aguas? Esta es la libertad sin restricciones a la que se refería Sartre y su afamada y paradójica frase de: “estamos condenados a ser libres”. Voy a tomar una postura intermedia, sin una exacta continuidad, y sin una total libertad.
Un remanente del escrito previo era que el cerebelo no es el que parece perder la capacidad de la percepción del tiempo, parece ser sólo un diapasón que sincroniza el cuerpo con el cerebro, pero salió a colación que interviene en la memoria a corto plazo. Como se trató de concluir escritos atrás, memoria a corto plazo y memoria de trabajo son una misma estructura, pero en tanto que la segunda modalidad se da cuando la atención (conciencia) entra en juego. Retengamos esta premisa y vayamos a otros temas, en donde de paso iré contestando y siguiendo ciertos temas dejados como pendientes.
A mi edad, 56 años, me doy cuenta que lo que voy perdiendo, principalmente, es la capacidad para la multitarea (o el cambio de tarea, en los sucesivo se entenderá que me refiero a estos dos conceptos como uno mismo). Cuando lo hago hay un lapso de tiempo bastante más largo que cuando era joven, e incluso hace unos pocos años. Es posible que cada año, tal lapso de tiempo sea cada vez más largo. ¿Por qué?, qué proceso requiere el cerebro a nivel de hardware (neurotransmisores, energía física, mejor funcionalidad respiratoria y cardíaca…). Vuelvo al tema del efecto “pasar por la puerta”, aquel por el que al salir de una habitación y entrar en otra, se nos olvida a qué íbamos, y en donde puede haber alguna especie de indicio de que se nos olvida algo o no. Lo que sigue es una hipótesis que dejé en suspenso en el primer escrito de esta serie, me voy a basar en una analogía para hacerme entender. Imaginarse un teatro y el final de un acto, en donde se baja el telón y los tramoyistas, y demás personal, tienen que cambiar todo el escenario. Es esencial que tal proceso sea rápido, para que el público no pueda perder la sensación de continuidad. Ocurre otro tanto para ver una serie o una película. Si dejamos de ver una película al final del día, porque nos entra sueño, al día siguiente —o posteriores— nos cuesta retomarla porque hemos perdido la continuidad. ¿no os habéis fijado que una y otra vez sale tal concepto…?, qué es la continuidad. Tal proceso incumbe a todo el cerebro, de hecho, en muchos casos (si se es joven y el cuerpo y el cerebro lo “resiste”) es preferible ir a los exámenes después de toda una noche de haber estado estudiando, pues se mantiene tal continuidad. Esta no es sólo a nivel cognitivo, sino emocional y el estado físico del cuerpo. Esto es: si por comodidad lo dividimos a estos tres componentes: 1. cognitivo, 2. emocional y 3.físico, no es el mismo estado que si del cognitivo me encuentro en el estado 9, 5 en lo emocional y 6 en lo físico, que si fuera 5, 8 y 3, respectivamente, en otro momento. Si se tiene mucha energía, pero emocionalmente estamos “alicaídos”, ya no daremos el mismo valor al estado altamente energético. Los pesos (valencias), sobre todo en el cerebro, los proporcionan las emociones. En una imagen más visual, las emociones son el anclaje desde el que giran el resto de los procesos cognitivos. Al estar triste el cerebro “cambia el escenario”, las disposiciones de la memoria, para que todas coincidan, para que sólo se recuerden aquellas que se correspondan con la actual emoción. Tal disposición es la que se establece en el efecto de la congruencia del estado emocional (la lectura de tal entrada sobre “memoria y emoción” es de interés). Volviendo al tema de las películas. La trama, en tanto que una totalidad de un estado muy concreto emocional, cognitivo y físico, se pierde al dejarla de ver de un día para otro, lo que hará que tengamos, de nuevo, que dejarnos envolver por la película, cosa que no siempre sucede, pues la película tenía una “cadencia” envolvente que, de no darse desde el principio hasta el fin, puede que ya no se vuelva a dar.
Retomo la analogía con los entreactos y el cambio de escenario en las obras de teatro. He tratado de establecer que tal cambio tiene que darse lo más rápidamente posible para que el público no pierda la continuidad. Pues bien, ¿en qué medida con la edad al cerebro le cuesta más cambiar todo ese hipotético escenario, como para mantener la continuidad de sus acciones? Lo que de fondo ocurre en el “efecto pasar por la puerta” es que para el cerebro cada habitación activa una escena nueva (en un nuevo escenario), donde a la vez activa las acciones y los estados emocionales (o vegetativos) inherentes a tal habitación. Por esto el consejo, a los insomnes, de que la habitación sea sólo para dormir y no para ver la televisión, estudiar o pasar el día. Si sólo se va ella a dormir, en cuanto se entra en ella se activa la escena de lo que hay que “representar” en tal escenario. Lo mismo si se entra al servicio: es posible que nos entren ganas de orinar, o si se va a la cocina, pues puede que nos entre hambre.
He establecido que es lo que ocurre con el efecto “pasar por la puerta” a nivel del escenario, pero qué ocurre en el cerebro. En el escrito anterior hablé de un tipo de memoria llamado cebado, por el cual el cerebro pre-activa las neuronas implicadas para la siguiente acción, o aquellas que nos “sugiera” la situación actual. Si es por la noche y voy por una zona de la ciudad que no conozco, y entramos en un callejón, el cerebro se pone en alerta, o sea, se crea un cebado por el cual estamos más preparados para echarnos a correr a la mínima. Estos cambios de “escenarios” en el cerebro requieren dos cosas: 1. desactivar las neuronas previas, y 2. activar las nuevas neuronas. Este proceso que he resumido en una frase, lleva una gran cantidad de cambios en el cerebro, donde los neurotransmisores han de ser “retirados” de sus actuales estado en sus correspondientes sinapsis, y ser reciclados para entrar en juego en los siguientes procesos. Si el título de estos escritos es “una cuestión de tiempo”, aquí tendrá más sentido decir “todo es una cuestión de química”, cada neurotransmisor se degrada en sus componentes mínimos —aminas, sobre todo— y se vuelven a reutilizar para crear nuevos neurotransmisores. Por esto encaja en este proceso la analogía con el cambio de escenario de las obras de teatro, pues hay un verdadero “trajín” a nivel químico en el cerebro, en donde hay que “retirar” todo de la escena previa y crear un nuevo escenario… ¡y todo en unos segundos! Siendo así, no es de extrañar que tal proceso sea “ágil” y rápido en los cerebros jóvenes, y sea más torpe en el de las personas mayores y sea más torpe cuanto más años se tenga.
Se concluye, aunque no sería necesario, que con la edad la facultad que más se “daña”, o se ve perjudicada, sea la de la multitarea. Con esto retomo al cerebelo y su posible papel dentro de la memoria a corto plazo. Es muy posible que este sea una especie de indexador de la memoria muscular, donde tiene todos los patrones que requiere cada acción (tocar el piano, andar, los pasos de un tipo de baile, montar a bicicleta), entre tales patrones han de estar los de las sílabas y por ello, de forma implícita y como estructura, las propias palabras (como memoria muscular, mientras que la propia palabra, como símbolo, es un proceso de la memoria semántica). Casi toda percepción puede implicar una acción consecuente (al ponerme ante el piano, al subir a una bici), luego el cerebelo entra en juego en cada cambio de escenario (como tramoyista en nuestra analogía) y en tanto a qué músculos ha de activar (o pre-activar por medio del cebado) a través de sus correspondientes patrones. Pensar, en tanto que toma de conciencia, implica recordar los patrones de todos los músculos implicados para cada una de las sílabas, que formarán las palabras y estas las frases, luego es un verdadero desafío y trabajo en la interacción de todas las zonas implicadas en el habla, orquestadas por el cerebelo. Si el “escenario que hay que montar” es algo ya repetido miles y millones de veces (andar) y en donde no entra en juego las nuevas zonas corticales, el cerebelo lleva casi exclusivamente tal trabajo de forma automática. El problema viene dado cuando son escenarios nuevos en los que tiene que entrar en juego el prefrontal y la toma de conciencia, donde esta última va a hacer un alto gasto metabólico y de energía. En ese caso la comunicación y la ponderación entre las dos zonas se verá perjudicada, y será lenta y torpe. La comunicación entre estas dos zonas con la edad, vía prosencéfalo, será cada vez peor, con lo que lo que saldrá perjudicado será la capacidad de la memoria a corto plazo, y en tanto que son cambios de escenarios, que es la que se requiere en los procesos de los cambios de la modalidad, de uso y desuso, de los neurotransmisores entre una escena (estado temporal de memoria) y otra.
Todo puede parecer sencillo, que no ha de ser tan complicado, pero en cualquier acción pueden estar implicados muchos módulos (funciones, zonas) del cerebro, sin que nos percatemos de ello. Estando ahora ante el ordenador, escribiendo lo que lees, está entrando en juego la memoria muscular de los brazos, las manos, y la cabeza y la vista para verificar que escribo correctamente. Mi cerebro tiene el plano de dónde está cada tecla, a la vez que trata de buscar el adjetivo o sustantivo adecuado, mientras de igual forma tiene que crear un “relato” claro y comprensible de lo que quiero decir. Si el corrector ortográfico y gramatical me marca un error, es una pequeña disrupción en donde igualmente entra en juego la multitarea, ya que he de dejar en suspenso el hilo de mis pensamientos y atender la demanda que me está haciendo el programa (en mi caso, prefiero terminar la frase, no perder el hilo y corregir después). Se puede entrar más en la madriguera del conejo: al escribir se requiere la memoria declarativa (recordar cómo se escribe cada palabra), la episódica (que hace llamada a ciertos usos de la escritura que me gustaron en el pasado), a la memoria semántica, para sustituir un sustantivo, por no repetir uno mismo muchas veces, por un sinónimo. La mayoría de estas facultades suelen estar en el hemisferio izquierdo, o es su regidor, pero el hemisferio derecho es más creativo, divergente y holista, y puede sugerir cambios en el “guion”, o dar ciertos giros a las frases para que sean más creativas o rítmicas. En cierta forma el hilo conductor puede que esté en manos de este hemisferio, y el izquierdo (el dominante) puede que sólo haga de secretario, al transcribir el “dictado” del otro hemisferio. Es posible que el más creativo hemisferio derecho (de nuestra aparente mano torpe que es la izquierda: esta ocurrencia será de este lado del cerebro), sea la que porte la capacidad de la memoria de trabajo a largo plazo, que se trató en otros escritos, que es la que tiene en mente los temas y puntos más relevantes de todo el cuerpo de mis ideas, y las del escrito que en ese momento esté redactando. Aún se puede ahondar más: se requiere de la escritura y su lectura… el reconocimiento de las palabras, que es una facultad que en realidad a la evolución no le ha dado tiempo de “concederle” una zona en el cerebro. Tal capacidad la lleva a cabo el área de la forma visual de las palabras (en el giro fusiforme izquierdo). Percatarse que hasta hace poco más de un siglo la mayoría de la humanidad no sabía leer y escribir… ¿cómo es posible que de repente el cerebro dedique una zona a tal tarea?, tal capacidad se conoce como “reciclaje neuronal“, donde una zona del cerebro con ciertas capacidades (funciones) es usada para otro fin. Una de las facultades innatas que nos hace humanos es el reconocimiento de caras. Al nacer un bebé, memoriza la cara de su madre, de su cuidadora, y es la que le creará un estado de paz al reconocerla entre extraños. De manera ambigua esa “función” es la misma para el reconocimiento de las palabras, y en general de los símbolos, ya que al igual que una persona cambia con la edad y la seguimos reconociendo, de igual forma reconocemos una “A”, independientemente del tipo de letra que se esté usando, o en otro caso, reconocemos los cambios en los logotipos de nuestras marcas de productos favoritos. Así es que, de fondo, la creación de logotipos y la imagen de una marca tienen que ver con esta facultad humana de saber quién es de los “nuestros” y quien no, en donde la empresa o multinacional de dicha marca, con sus logotipos, se tratará de posicionar en el mismo rango —en nuestros cerebros— que alguien confiable, en muchos casos de forma subliminal e inconsciente y a nuestras expensas, a como así son nuestras madres. ¿Acaso no es lo mismo que hace un parásito o un virus con respecto a nuestro cuerpo? ¡Ahí queda la cosa!, toda marca es un parásito en nuestro cerebro. No es un estado mutualista (la abeja y la flor como ejemplo), donde las dos especies sacan algún beneficio del otro. Es parasitaria, puesto que la marca no nos da nada a cambio…, o solo promesas temporales y egocentristas. Si alguien nos dijera: “te voy a dar la felicidad por tres o seis meses y después me tienes que cambiar por otra persona”, ¿le haríamos caso?, en realidad es lo que hacemos con nuestros móviles, pues rápidamente quedan anticuados y retrasados sobre las nuevas tecnologías y avances. ¿No cambia esto nuestros cerebros con respecto a lo que hacemos con las personas?, por lo menos así es lo que sucede dentro de las redes sociales.
(En la dirección de haber visto que se ha puesto en duda la hipótesis del reciclaje neural, no en su idea general, sino en sus detalles, dejo aquí los vínculos necesarios para aquel que quiera ahondar sobre este tema. Fijarse que muchas de estas áreas se encuentran en la parte inferior del cerebro, más cercanas al cerebelo. Como dato curioso el área de reconocimiento de caras está unido a la amígdala, centro principal de las emociones más vegetativas (agrado, rechazo, asco) y por ello sobre todo negativas.)
- Área de la forma visual de las palabras
- Percepción de caras
- Área fusiforme de las caras
- Alexia pura
- Agrafia
- Hipótesis del reciclaje neuronal
- Plasticidad Transmodal
- Desconexión funcional
- Giro fusiforme
- Circunvoluciones occipitales
Posiblemente no haya dicho nada nuevo, y que lo descrito aquí, en una analogía, se pueda explicar paso a paso a través de todos los componentes que entren en juego. El único cometido de mi escrito e hipótesis ha sido el hacer más gráfico, reducido y pensable, algo que de por sí es muy complejo y abstracto. Por mi propia experiencia, cada vez que tengo que “conmutar” mi cerebro para que “piense” o se centre en otra cosa, hay un lapso de varios segundos para que eso ocurra, lapsus que no son vacíos, sino en los cuales el “escenario anterior” sigue estando presente, perjudicándome en los procesos intermedios de dicho cambio de tarea, como así será para que la memoria de trabajo, durante ese segundo o segundos, esté siendo perjudicada, pudiendo olvidar una idea que emana al hilo de lo que escribo. Estos lapsus son más perceptibles ante los ojos de las personas jóvenes, en donde sus cerebros —por no contar con tales experiencias de “primera mano”—, no pueden comprender ni asimilar que algo así ocurra.
(No tengo claro cuánto pueda repercutir, en lo dicho, el ser una persona mentalmente muy activa (o con hiperactividad de adulto), y que las “interferencias” (distracciones) que tengo, sean más bien una “secuela” de mi hemisferio derecho pensando constantemente de fondo en sus propios temas, o tratando de seguir el hilo de la realidad bajo sus propios “criterios”).
Ahora quizás se entienda el por qué estos escritos de devaneos, divididos por puntos. Son un subterfugio en donde cada punto es una “escusa” o artimaña por la cual hay un cambio de escenario, al que se acomoda mejor mi actual tipo de cerebro. El propio Nietzsche cambió a los silogismos como estilo y con el tiempo, pues su enfermedad mental, en ciernes, le impediría llevar el hilo discursivo de sus escritos.
III
Leo tantas teorías de la forma de trabajar del cerebro, que uno termina por “querer tirar la toalla”, ante tal atolladero y multitud de tantas visiones tan contrarias (adrede lo de toalla y atolladero). Si se crean teorías generalistas, se tiene que esperar que encaje a nivel de cada componente del hardware, si se mira al detalle el hardware, es imposible “levantar” la cabeza y ver el mapa general a la vez. Mi propuesta es que el hardware se adapta a conceptos generales. ¿Se necesita reconocer caras, o ahora palabras?, el cerebro (la evolución natural y social) adapta el hardware a dichas funciones. Es un diseño de arriba hacia abajo, desde las ideas generales a los problemas estructurales del hardware. Esta hipótesis no descarta que en algunos casos sea lo contrario. Es muy posible que al inicio de la vida las funciones se adaptasen al hardware, pero la complejidad implicó que, en algún momento dado de la evolución, la línea de la producción se invirtiera, en donde las funciones “reciclasen” o cambiasen zonas del cerebro y de sus componentes, para otras funciones o fines. La oxitocina era para ayudar al parto, ahora es tomada como la “molécula del amor filial”. Arriba nos hemos encontrado en el caso del uso de una zona del cerebro para el reconocimiento de letras y símbolos. Hay ciertos símbolos en cuevas habitadas en la prehistoria que no guardan una simbología con nada natural, que son formas abstractas. Estoy por creer que eran mensajes que se dejaban distintos clanes en la dirección de hacer ver, a clanes amigos, que ellos habían estado allí. En la película “Attraction 2” nos dicen: “…es muy posible que se emocione (una inteligencia artificial), porque las emociones son secuelas inevitables debido a la complejidad del sistema”. En otros escritos he hecho ver que todo va por capas de abstracción, donde cada capa superior es aún más abstracta que la previa y por ello casi totalmente desligada de las estructuras esenciales. Sería equivalente a ciertos adornos en las fachadas de los edificios: no tienen nada que ver con la estructura que mantiene en pie el edificio, pero aportan un componente totalmente distinto a su faz o esencia. Al contrario que con los edificios, esas capas en los animales complejos sí crean cambios en el hardware. Pensemos por ejemplo en la cola de un pavo real. Sirve sólo para ser seleccionado como pareja, el humano compara el exceso del cuidado externo de otro humano con respecto a “parecerse a un pavo real”. De esa forma la cola del pavo real es extrapolable al narcisismo humano, luego el concepto de narcisismo da forma a lo natural, pues casi todo animal bello suele tener el mismo alarde de seguridad en sí mismo que se expresa en cada uno de sus poses, gestos y movimientos. De nuevo en lo humano lo llamamos “pavonearse”, como así mismo parece que hace un león con su melena, o un ave del paraíso con su plumaje, bailes y cantos. Entonces, eso que en lo humano llamamos autoconfianza emerge de todos los rangos de los seres vivos, y lo sabemos reconocer en casi cualquier especie. De ser el concepto de autoconfianza (seguridad, arrogancia de ser el seleccionado por los otros), desde arriba, crea los cambios necesarios dentro de cada sociedad animal y al final de cada especie.
Ya en el humano, uno de esos conceptos es el de la narrabilidad, la capacidad de hacer que todo pueda ser contado y tenido en cuenta, por la calidad o necesidad del trasfondo del relato o por la forma de contarlo. Como dije en otro lugar: no hay malas historias, sólo hay malas formas de relatarlos (este es el defecto del cine y las series de la actualidad: hay malos relatadores, con buenas historias en algunos casos, “estropean” o desperdician buenos argumentos). “Está en nuestra sangre, somos unos malditos contadores de historias”, nos dicen en la película “Archenemy”. En principió tal capacidad emergió como la capacidad de trasmitir conocimientos de una persona a otra y de una generación a la siguiente. Pensar en el origen sencillo de la cola del pavo real: seguramente sería una cola muy modesta y sencilla con respecto a la actual. El relato, al final, se desvinculó de su origen para dar forma y sentido a cada historia personal, y por ello para incrementar nuestra propia valía e identidad ante nosotros mismos. Nuestra identidad narrativa, esa con la que nos mostramos a los otros y la que queremos llegar a ser, es nuestra cola de pavo real, que ahora ha de formar parte de nuestros genes, pues tal módulo o función es la que tomamos como ese agente que está al mando de un cerebro, cuando la realidad es muy otra. Lo que quiero decir es que la cola real no es vital para el pavo, más bien es un hándicap, un estorbo que le hace más vulnerable ante los depredadores, pero en definitiva su cola es ahora parte de su identidad, como la narrabilidad y nuestra creencia en ser ese ente al mando del cerebro lo es para nosotros, los humanos.
El comportamiento del cerebro no se entiende, o se puede malinterpretar, si restamos o no tenemos en cuenta ciertos conceptos como así lo es el de la narrabilidad. Vayamos a un caso concreto. La narrabilidad inividual a nivel social es lo que podríamos llamar antropomorfismo. El humano se ha autodenominado de infinidad de maneras, pero una de las que más se mantiene (y tanto equívocos históricos ha creado) es el creernos un ser racional, frente al resto de animales que, claro está y por mantener el mismo lenguaje, son irracionales (como irracionales o salvajes eran las tribus con las que se encontraba la cultura occidental, bajo tal errado punto de vista). Esto además, en la cultura occidental, nos viene de la idea de haber sido creados por Dios con tal facultad. Pues bien, basta un solo hecho para “demostrar” lo equivocado que estamos. La tarea de selección de Wason es un problema o rompecabezas (¡atención a tal palabra!) lógico en donde se plantean unas premisas (antecedentes y consecuentes, no voy a exponer tal tarea, pues le voy a dedicar un escrito) y sólo entre el 10 al 25% de las personas dieron con el resultado correcto (yo fallé). Si el humano fuera “racional” al 100% o cercano a ese número, habríamos sabido contestar a tal rompecabeza de forma unánime. Entonces, ¿lo somos realmente o eso es lo que queremos creer de nosotros mismos? El que sea un número tan bajo, ¿quiere decir que unas pocas personas son racionales y el resto no?, no es más fácil pensar —aplicando la navaja de Occam— que esa no es una facultad propia del ser humano y sólo unos pocos la cultivan. Para el caso es como haber afirmado que el humano es un animal matemático, cuando en realidad la mayoría sólo tenemos una nociones muy básicas de los números y sus relaciones. Como aseguran Hugo Mercier y Dan Sperber, en su libro “The enigma of reason”: “el módulo de razón está, al menos en parte, dirigido a producir justificaciones y está muy sesgado a nuestro favor”. De existir un módulo que se pudiera llamar razón, “no es algo de lo que el humano debería jactarse”, llegan a afirmar. Es solo una capa más de abstracción, que no es “necesaria” y sólo unos pocos la desarrollan, seguramente porque esté relacionada con sus profesiones, trabajos o aficiones. El cerebro hace inferencias (deducciones, inducciones, abducciones…) y siempre dirigidos en la dirección de mantener los distintos equilibrios físicos o psicológicos del sistema complejo que somos. Mentirnos a nosotros mismos, si por ello nos equilibra emocionalmente, no es mentirse al modo científico o lógico de no parearse a una verdad única y transcendental. En mis escritos “sufro” de esta contradicción de querer pensar que si el humano se “rigiese” por la lógica y la razón, nos iría mejor, pero encontrándome con que la razón es un imposible, pues como he ido “descubriendo”, el humano no es racional. Esto no quiere decir que sea irracional, sino arracional (no racional), o sólo como una facultad que tiene un módulo, el prefrontal, si se desligase totalmente del resto del cerebro. Pero el resultado de tal tipología humana sería la persona sociopática o psicópata…, y entonces, ¿cómo resolver o llegar a alguna postura intermedia y “acertada”? ¡No la hay! La evolución natural y la social ha llegado a un punto de equilibrio entre la razón y lo arracional como para que nos sea “cómodo” vivir y hacerlo en sociedad. El humano lo es en la medida que busca ser la mejor persona posible y tiene que estar mediando y dialogando con el resto de humanos qué es ese humano deseado o al que hay que tender o llegar: somos la lucha por llegar a ser humanos, no porque lo seamos por naturaleza y porque esta se “corrompa”. Estamos “condenados” a buscar y negociar una “verdad” para cada época de la historia, creando por ello el espíritu de una época, bajo una mentalidad, que no tiene que ser acorde a la anterior ni a la posterior. Sólo hayamos verdades temporales, útiles para cada momento de la historia. Esto no nos lleva a la persona ni a la sociedad perfecta, pero es que tampoco puede darse a partir de la estructura de lo que somos. A esta misma conclusión llegan los autores de “el enigma de la razón” al preguntarse: ¿cómo es que los seres humanos no son mejores en el razonamiento, no son capaces de llegar, a través del razonamiento, a un acuerdo casi universal entre ellos?”
Para el caso, que me he desviado, el cerebro profundo trabaja con primitivas, porque si no, no podría “lidiar” con tal cantidad de información entrante de todos los sentidos y a la vez procesarla. El cerebro trabaja con significados, y estos dentro de la trama de narraciones o relatos. Una de esas primitivas, en la dirección de hacer ver de lo que hablo, es la capacidad de otorgar agencia a todo “fenómeno” u “objeto” que accione sobre la realidad. Por esta capacidad somos capaces de ver dibujos animados y “creer” —al poner en suspensión la incredulidad— que tienen un “alma” o una mente, que al igual que la nuestra, se “mueven” por medio de intenciones, deseos y finalidades. En otro caso, trabaja con entes y esencias. Todo objeto en movimiento es un ente, y el cerebro lo trata como tal y no desliga su color de su forma, etcétera, como tratan de problematizar las teorías de la mente, en su vertiente del problema vinculante (tratado en el escrito anterior). Si cada acción es una narrativa, cada cambio de tarea, o incluso cada cambio de habitación, inicia una nueva narración, donde la anterior puede tener alguna relación o ninguna. De haber alguna, ha de quedar un remanente significativo, por el cual el cerebro “nos hace saber” que se nos olvida algo al acontecer el efecto de pasar por la puerta. Si no guarda ninguna relación es posible que tal “narrativa” se “borre” del escenario, que monta para cada acto, el cerebro…, al igual que los cambios de actos en el teatro, a veces, requieren un cambio total de escenario.
De ser tal como lo he planteado, nuestro cerebro no está preparado para cosas tan artificiales como las actuales viviendas, con tantas habitaciones y puertas, ni para los ordenadores y nuevos dispositivos tecnológicos, ni para la mayoría de relaciones sociales, tratos y encuentros, que tenemos en la actualidad. El cerebro está hecho para la naturaleza, y para las estrechas relaciones de la tribu, donde la base era la familiaridad. Lo que trato de hacer ver es que el cerebro es más vulnerable y comete (que no cómete) más aparentes fallos “tontos”, como así lo es el efecto pasar por la puerta o no saber responder a la tarea de selección de Wason… o mismamente los errores ortográficos o gramaticales, porque está en un medio y unas situaciones o funciones para las que no estaba preparado. Se adapta, sí, pero con demasiada tendencia a los errores.
De nuevo me he alargado y “corto” el escrito. Sé que está pendiente desde la primera entrada de esta serie el ampliar información de “cómo crear un pobre”, pero pienso que ya se va perfilando. En realidad el escrito (apenas dos párrafos) que creí que podía ser capaz de encajar en el primero (y después en el segundo y ahora en este), lo voy copiando y pegando de un escrito a otro, terminando por dejarlo de lado, pues requiere su propio “tempo”, y análisis. Dicho esto… queda pendiente una cuarta parte.
Por cierto, y sobre el primer punto, sobre los dos tipos de humanos en el tiempo del sueño y cómo se despiertan…, yo he sido de las dos maneras. El primero —noctámbulo y al que le costaba tomar cuenta de la realidad al despertarse— hasta hace unos años, y el segundo ahora y con la edad. Del primero queda el remanente de que me cuesta más la multitarea al despertarme, pero a lo largo del día me vence el cansancio, con lo que entre las primeras horas, con sus fallas, y las últimas, en las que ya no estoy para nada, sólo tengo un margen estrecho de coherencia intelectiva, que son las que trato de aprovechar para escribir.






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