La Resistencia a Morir del Relato II
❝La gente normal es muy rara.❞ Dexter
❝La narración de historias es la forma que tiene
la gente de explicar su mundo, su cultura.❞ Antlers
❝El mundo es un infierno, y las personas son, por un lado,
las almas torturadas, y por otro, los demonios que hay en él.❞ Schopenhauer
❝Cuando Dios elabora algo especial, lo hace frágil, si lo hace un humano quiere que sea para siempre.❞ ❝Tienes un Dios, el Dios de la razón.❞ Zone 414
❝La naturaleza magnifica nuestros errores.❞ The Bite
❝Nunca olvides que ser bueno es fácil. Lo difícil es ser justo.❞ Rencor
❝Lo nuevo casi nunca equivale a mejor.❞ Infinite
❝Una piedra que rueda ladera abajo no está trabajando, se deja hacer.❞ Ignatius
(Falta una tercera reflexión y me vuelvo a callar. Estoy tratando de no echar mucha «bilis» en los escritos, pero lo introyecto, lo que tampoco es bueno.)
I
El siguiente punto puede ser capital para algunas personas, pero para mí no lo es. Por lo tanto lo trataré someramente. Lo pongo el primero porque es el eje o la melodía de fondo de los actuales temas: nuestros límites mentales para poder analizar con exactitud la realidad.
En el último escrito «No hay que controlar el signo», y antes de apostar por el silencio, hacía mención de ciertos tipos de sistemas que al ser muy grandes no son susceptibles de ser reducidos a categorías o conjuntos. Lo estableció John von Neumann bajo la teoría del «principio de limitación del tamaño». A la vez dije en otro escrito que el humano en sus inicios seguramente captaba los sistemas, su capacidad para crear patrones y sus tendencias al equilibrio. Si como he dicho en el escrito anterior, el cerebro por sí mismo es un sistema, y es en este donde se da la conciencia, y por ello tiene implícito la estructura de los sistemas, la captación de los sistemas nacía de esa misma estructura holista de ver el todo en vez de los detalles, de captar el «espíritu del bosque» en vez de fijarse en los árboles, o en donde en este igualmente captaba su «espíritu» (adoración de los druidas a los árboles). Espíritu, así, es a la vez a lo que los filósofos griegos llamaban esencias.
Lo que no lograba «ver», sentir o terminar de captar, el humano primitivo, era el «espíritu del todo». El cómo la totalidad estaba entrelazada para crear la realidad que vemos y entre tales cosas la propia vida. Esto vino dado por el «principio de limitación del tamaño» de Neuman. El huracán y el tornado pueden formar parte de una categoría o conjunto de cosas. Igual para las estaciones y los ciclos solares y lunares. Pero eran incapaces, como los somos ahora, de crear una «teoría del todo» (teoría unificada), porque no formaba ningún patrón por sí mismo, ni parecía tener una estructura nombrable o fácilmente captable. La cultura del Dios Hebraico, de la que es descendiente la cultura occidental, parte de la idea de buscar un sentido al todo, de unificarlo en un solo ser, con el consiguiente problema que saber de Él no implicaba conocerlo, ni poderlo nombrar. Esta idea la capté a los pocos días del escrito nombrado, pero como había apostado por callarme no la di a conocer («di» por sí solo puede ser del verbo dar o decir, en los dos casos como imperativo…, multisigno, el cerebro no duda a qué se refiere el hablante, pues el cerebro capta el conjunto, la frase, el bosque, y no el árbol que en este caso es la palabra). En una de las entrevistas a Iain McGilchrist le oí decir, y haciendo mención a una frase de San Agustín, que «si has entendido a Dios, es que no era Dios». Los hebreos tienen la misma idea. Dios no puede ser nombrado porque en cierta forma no es definible, mensurable o pensable (razonado). «Alcanzar» el poder saber su nombre sólo es posible para algunas pocas personas. Esta idea se perdió en el cristianismo, sobre todo al ser personificado en Jesucristo y al solérsele dar la imagen de un anciano con barbas blancas (quizás porqué el cristianismo se afianzó en el imperio Romano y estos sí representaban a sus dioses). El Protestantismo trató de restituir que Dios no pudiera ser representado. De otra forma, algunas religiones o se quedaban con una idea panteísta, o bien no trataban de unificar ese todo y se mantuvieron en religiones politeístas.
Nos encontramos así que de ser cierta esta propuesta, el hombre captaba los sistemas e incluso captaban que se regulaban por una tendencia al equilibrio entre dos opuestos. El humano primitivo, y las culturas que quedan asentadas en lo ancestral, cada vez que tomaban algo de la naturaleza, trataban de restituir el equilibrio que habían roto. El sacrificio, que ahora nos parece salvaje, y en menor grado las ofrendas, eran un intento de equilibrar lo que tomaban. Hace poco vi un documental sobre los nómadas siberianos y me hizo sonreír que al dejar una ofrenda, al abandonar el lugar en el que habían permanecido unos días, dejasen un paquete de galletas. En la actualidad volvemos al concepto de restituir el equilibrio bajo el concepto del karma. Todos los excesos que hagamos los tenemos que pagar, o mejor… el karma se los «cobrará». Se filtra así, ladinamente y de nuevo, la idea del pecado, como que son los caminos de los excesos o de no hacer nada, y donde las posturas correctas son las intermedias o equilibradas.
La mente humana es igual de inaprensible que ese todo que es la realidad —como lo está comprobando la ciencia—, luego en cierta manera el humano primitivo captaba que nuestra esencia era una de las formas en las que se manifestaba el todo, o de otra manera que era una parte de ese todo. Hoy seguimos tropezando con la misma idea, pues la ciencia no termina poder crear una «teoría del todo«, como tampoco termina de poder definir y encajar la mente a una idea sencilla, pensable y mensurable. Yo no trato de captar ahí nada, una moraleja o enseñanza. Tan sólo es una manifestación de nuestros límites cerebrales.
Pienso que lo que pueda decir Iain McGilchrist, en su nuevo libro, irá por la línea de pensamiento que aquí estoy perfilando. Aprehendemos las totalidades o el todo como sentimiento, pero no tenemos que tratar de explicarlo sino «maravillarnos» de dicha sensación. Uno de esos estados es el sentimiento oceánico, que puede estar basado en la idea de la restitución de la atención, al ir a la naturaleza o al encontrarnos con paisajes impactantes, y que es un estado similar al más local síndrome de Stendhal, maravillarse y extasiarse ante el arte. Otras ideas paralelas son los de asombro o sobrecogimiento. No quiero decir más, pues sería redundar. La idea es sencilla. Remito al concepto y la entrada en la Wikipedia de Pratītyasamutpāda, dentro de la filosofía budista, que es el concepto más cercano de la realidad como la interacción de todo con todo. También hacer mención al concepto de Dukkha, del que B. Bodhi comenta: «El sufrimiento estimula el despertar de la conciencia religiosa», rompe «nuestro ingenuo optimismo y nuestra incuestionable confianza en la bondad del orden de las cosas», y «nos arranca de nuestro ciego ensimismamiento en la inmediatez del ser temporal y nos pone a buscar un camino hacia su trascendencia». El budismo tiene como base que para llegar al estado iluminado, ha de ser a través del dolor. Paralelo a la idea que yo he ido perfilando de los realistas depresivos y la identidad narrativa, donde los primeros procesan su ser a través de sus experiencias de dolor, y que igualmente es extrapolable a las ideas del estoicismo.
Como contraparte, tal sentimiento oceánico no es universal. Parece tener que ver con la actitud de las personas ante dicha totalidad. Como dije en el escrito anterior, el pensar en la inmensidad del tiempo y del espacio crea dolor y desazón en muchas personas. Yo puedo asombrarme y sentirme maravillado por algunos paisajes, pero de fondo ese estado no lo vuelco hacia nada transcendental. Está demás, como demás está mi existencia o la presencia del humano en el universo. No me asombro ni me gusta el proceso por el cual el cerebro genera la mente y ese estado que se sabe conociendo. Ese ser que emerge de los procesos retroalimentados del cerebro. Para mí no es un don, un regalo divino, como así lo sienten muchas personas, sino que lo siento como una condena. En el fondo sé que esto puede ser por la falta de alguna función o por la carencia de algún neurotransmisor, pero tal facticidad da razón al pesimista, pues se reduce a algo físico o a un componente químico, y no a una ausencia de lo transcendental o lo divino desplegado sobre la realidad.
Huelga decir lo evidente: perdimos nuestro sentimiento con el todo, quizás porque al asentarnos en las ciudades perdimos, poco a poco, el contacto con la naturaleza. Ahora, con el cambio climático, las extinciones de las especies y los ecosistemas, nos percatamos de nuestro error. Pero los nuevos humanos urbanitas digitales ya no parecen poder recuperar aquel sentimiento primigenio vinculado, además, a una cultura ancestral y meramente tribal. El relato ha muerto porque implicaba tan sólo sentirlo y en tanto que no tenía que ser analizado desde la razón. Analiza el baile desde el frío entendimiento, y sólo verás una estúpida movilidad rítmica, el baile sólo se entiende llevándolo a cabo, así lo entendía Nietzsche, más unido a lo dionisiaco de la vida. ¡¡¡Bailemos!!
II
Un concepto con el que me he encontrado hace poco es el del sesgo de verdad, nominación confusa como se verá en este punto. «El sesgo de verdad se refiere a la inclinación de las personas a creer, hasta cierto punto, en lo que le comunica otra persona, independientemente de si esa persona realmente miente o no es veraz. Es parte de la naturaleza humana creer que la comunicación es honesta, lo que a su vez hace que los humanos sean muy vulnerables al engaño. En consecuencia, la capacidad de una persona para detectar el engaño se debilita, especialmente cuando la fuente del engaño no es familiar». ¿No debería de llamarse de credulidad? Por lo que me interesa tal sesgo es por dos motivos. 1. No todo sesgo es negativo. Sesgo sólo quiere decir parcialidad. La parcialidad del humano es hacia el optimismo y por ello igualmente este es tratado como otro sesgo (sesgo optimista). O dicho de otra forma, ciertas primitivas (funciones cerebrales) con las que nacemos, conllevan los procesos por los cuales el humano ha sido durante su evolución. En otros lados ya he dicho que las señales internas de una especie se basan en la honestidad. En ese caso el engaño en la propia especie nace a la par que la inteligencia. Los animales más inteligentes son los más tendentes a engañar a los de su propia especie (mala noticia para cualquier concepto moral). La regla evolutiva, y que sale a la luz en los niños, es la de confiar en lo que le dicen los adultos. Regla que se mantiene por defecto en lo humano a nivel general, como predice tal sesgo. Por ello 2. el humano se basa en la confianza hacia el resto de las personas, pero esto debe de haber sido porque en nuestros orígenes, los grupos humanos se basaban en los lazos de sangre y en la familia extendida. Por ello la base de la confianza es formar parte de la misma identidad. Por defecto el humano es más suspicaz en cuanto se le saca de su vida rutinaria, y aún más suspicaz si va a otra población, ciudad o país…, en definitiva cuando los otros no son de la propia identidad. ¿A que conlleva esto? A tener más posibilidades de tomar como falso a todo aquello que no provenga de la propia identidad y como cierto a lo que sí provenga. Una mente crítica ha de aceptar que el «enemigo» puede estar más pareado a la verdad que uno mismo en ciertos temas. Por defecto seleccionaremos y fijaremos en nuestras mentes cuándo nuestros enemigos fallan y descartaremos, no reflexionaremos, daremos importancia o no le prestaremos atención cuando acierten. La mente es selectiva con respecto a nuestra propia identidad (sesgada). Esto es lo que a la vez nos dice Lakoff en su vertiente política. Tales sesgos demuestran una vez más que la humanidad no está yendo a mejor, como demuestran las luchas identitarias en la actualidad.
(El sesgo de verdad está dentro del artículo de «la teoría sobre la verdad por defecto«, que también analiza el «efecto de veracidad» y el «efecto de sondeo»)
Esto a lo que conlleva, y de tratar de ser coherente y crítico, es hacia el aislamiento, pues no suele haber ninguna ideología o corriente de pensamiento que no sea parcial, o ninguna persona que sea totalmente imparcial en todo. Lo que de nuevo deviene en un aspecto negativo de lo humano, pues tal tendencia al aislamiento rompe con el tejido social. Tenemos así dos posibles posturas 1. o no se forma parte de ninguna identidad y estamos condenados a no entendernos y formar grupos cohesivos o 2. se forma parte de identidades y se cae en las luchas identitarias. No nos suelen gustar las personas que no se «pringan», que no toman partido, luego lo humano —lo común— es la lucha identitaria de las distintas partes.
En el anterior escrito decía que la tendencia es hacia los trastornos mentales, las adicciones y el suicidio. Es una «verdad» a medias. Hay a grandes rasgos dos tipos de humanos, 1. los que proyectan sus frustraciones e iras hacia adentro, y 2, los que las proyectan hacia afuera. En la medida que cada vez hay una mayor lucha de las identidades, se suicidan (o se retiran o se ven retirados por sus trastornos) los que introyectan las frustraciones del primer tipo y salen más a la luz los del segundo tipo. Ayer en España han encontrado a una actriz risueña y cómica muerta en su domicilio, se piensa que puede haberse suicidado. A la vez el cómico Ignatius se ha retirado, ante una de sus crisis en las que es incapaz de frenar su dual naturaleza ansiosa y depresiva (retroalimentación de tales estados opuestos). En un mismo trasfondo, el cómico Ángel Martín ha escrito un libro confesándose que ha tenido que recurrir a la psiquiatría, pues había caído en estados psicóticos, propiciados por las drogas. Bajo mi punto de vista hay arquetipos sociales, en donde cada uno de ellos hace un papel a la hora de equilibrar el sistema social humano. Uno de esos arquetipos es el de los apaciguadores, entre los que se encuentran los humoristas, que suelen ser del tipo de humanos que introyectan la violencia. Salen a la luz en épocas o situaciones de crisis para llamar a la calma, pero en situaciones muy tensas pierden su papel, su capacidad de operar y cohesionar (generar flujo en las relaciones)…, más incluso si les cuestionan qué tienen o pueden decir, como está ocurriendo en el momento actual. Nos gustan los melodramas porque salpican con humor algunas situaciones tensas (como ese es el caso de «Magnolias de acero«), o sea, proyectamos en el cine ciertas estructuras de la realidad social y entre ellas el papel del cómico o del chiste…, del humor en definitiva. Según está descubriendo la ciencia, las personas solitarias suelen ser más propensas a ayudar altruistamente a desconocidos. Los cómicos en algunos casos entran dentro de tal categoría. Pero, ¿qué tenemos ahora? Los cómicos están siendo cuestionados, y de paso está aumentando el número de suicidios, donde aquellos que tienen a introyectar su ira, dolor y frustraciones, desaparecen del panorama social. ¿Qué y quiénes quedan si se quita uno de los lados de lo humano? Los violentos, los extremistas. Empiezan así a aflorar y surgir las extremas derechas e izquierdas, como así queda expuesto en nuestro actual momento. ¿No parece todo como parte de un plan?, de un sistema. ¿Accionamos sobre la realidad o esta lo hace sobre nuestras mentes?
Qué se deduce de todo lo dicho. No existe el bien y el mal, en un cielo platónico de los valores morales. Existe la identidad y la otredad, en donde la otredad es el mal. El Covic es el mal puesto que ataca la integridad e identidad de cada una de las células del cuerpo en el que entra. Las identidades de las minorías, al erigirse como un tipo de identidad que ha sido o esta atacada, erige de paso a un enemigo u otredad que es la representante del mal. A la vez ese otro lado tenderá a erigirse como identidad, en la medida que se vea atacada por una otredad. El sistema inmunitario es un claro ejemplo de estos conceptos de la realidad. Este ataca por sistema a todo lo que no sea identidad. Más si alguna célula da la alarma de estar siendo atacada.
Analicemos bajo este punto de vista dos películas, cuestionando la identidad feminista, una de las nuevas identidades que están enturbiando el panorama actual.
«La interpretación de Rose» trata sobre una mujer, que es el producto de una violación, embarcada en encontrar a su padre y matarlo. Falla, y ahora es su madre, la mujer violada, la que tratará de matar a su violador. La escena final es muy significativa, pues el hombre aceptando su culpa asume que tiene que morir, pero lo quiere/tiene que hacer él mismo. Este giro argumental puede haber venido para manipular el mensaje final. Si lo asesinan, que ya no es homicidio pues esta premeditado, la mujer ya no aparece tan inocente. Además han enjuiciado que la violación, para equilibrar la balanza de la justicia, se ha de pagar con la muerte. Al matarse el mismo tales dilemas parecen desaparecer. Pero a lo que quiero llegar es algo que no sale a la luz. ¿Dar vida a una persona producto de una violación es validar a nivel evolutivo que tal rasgo se mantenga? Es acientífico decir que la tendencia a violar se hereda, pero también afirmar lo contrario. No quiero entrar al detalle, he buscado información y no hay ninguna postura clara al respecto. Partamos de los siguientes planteamientos. Primero dos tipos de violaciones, 1. las basadas en la agresión, y 2. las que provienen de no hacer caso de la negación de la mujer. O sea, hoy el feminismo llama a todos los tipos como agresión sexual, pero en algunas violaciones no se genera casi violencia y por lo tanto no los son. Pongo el caso de la segunda película a tratar, «El último duelo«, película basada en hechos reales que muestra las tres versiones de la historia a partir de las declaraciones judiciales de los tres implicados. En esta película se da una violación, pero casi sin violencia (golpes, sujeción con una fuerza extrema provocando magulladuras…). Entre medias hay un tercer caso en donde al final el hombre ejerce poder y algo de violencia, dada la situación (violencia situacional). El primer tipo implica algo más que la meta evolutiva de reproducirse. Implica una mente psicopática. En este caso la finalidad no es el sexo, si no el ejercicio de poder y por ello lo heredable en todo caso es la psicopatía o la tendencia a generar violencia sobre las personas, en donde uno de tales rasgos es la falta de empatía. El segundo tipo muestra un rasgo que es común entre los animales: el oportunismo. Este sí es un rasgo heredable, pero es un concepto muy amplio —propio de los animales inteligentes— que no siempre tiene porqué implicar que se exprese en los sexual. De hecho todo los hombres eyaculan rápidamente la primera vez con una mujer (parece estar programado en el ADN), porque lo que vence es el oportunismo, ya que la mujer se puede echar atrás o la situación sexual puede ser interrumpida. El agresor sexual, que pone como fin la agresión, podría ser estudiado para ver si tal macabro rasgo se hereda (buscando en sus ancestros arrestos por agresión sexual, aunque parte de la tara de que todo violador es detenido o registrado en los archivos policiales y se dan muchos casos en los que no son detenidos), pero no he encontrado estudios al respecto (puede que tales datos los maneje la policía, pero que no estén a mano para la ciencia y que no sean públicos).
Por lo que digo que puede ser acientífico asegurar que no tenga un componente hereditario es por el hecho que todo los animales violan. El humano sigue violando, luego sólo caben dos posibles casos: 1. se mantiene tal tendencia a nivel evolutivo y tal rasgo está en el ADN, y 2. sólo tiene componentes sociales, fuera ya de lo estipulado por la evolución, y no se hereda. No se puede probar ninguno de los dos casos, pero creo que a todos nos resulta menos intuitiva la segunda postura. El problema es que puede caer dentro del rango de ser un rasgo complejo, en donde intervienen muchos genes. En ese caso entraría en juego la «lotería» y a algunos les tocaría tal fatídica aleatoriedad, sin que por ello ninguno de sus ancestros cercanos lo tuviese.
Luego las mujeres, al apostar por llevar a término los hijos fruto de las violaciones, no está claro si estarán validando a nivel evolutivo que ocurran. Sí es probable cuando ha venido dado por un agresor sexual (no tiene por qué darse en la primera generación y ni siquiera la segunda). Lo mismo sobre el caso de los violadores, si el padre es pedófilo y que sus hijos, sabiéndolo, apuesten por tener descendencia. En este último caso parece ser distinto, según este estudio, pues afirman que sí tiene un componente heredable.
Para el caso, lo que quiero hacer ver, que aun estando claro que el violador suele ser el sexo masculino, el sexo femenino aún puede tener algo de «culpa» a nivel evolutivo. Por otro lado, aunque la mujer y la sociedad actual no llevase a término ningún hijo fruto de una violación, a corto plazo seguirían dándose violaciones, pues la evolución no «borra» un rasgo, y menos si implica un rasgo complejo (en los que intervienen muchos genes), en unas pocas generaciones. Se necesitarían miles y miles de años de mantener tal apuesta. Algo imposible, pues se dan muchas violaciones y embarazos que no son denunciados y se mantienen escondidos.
Segundo ejemplo y película. «El último duelo«.
No me quiero detener en los pormenores, sino sólo ir al «detalle» que me interesa. Para el caso una mujer de la clase alta se casa en un matrimonio concertado y su marido parece ser un poco «patán» y poco agraciado, quizás la selección de Matt Damon en tal papel no fue la mejor apuesta, pues nuestro cerebro ofrece cierta resistencia a posicionarlo en tal personaje.
La protagonista no se siente cómoda en la cama con su marido, que ante su torpeza, mal aspecto y rudeza, no logra «gozar» (en lenguaje de aquella época). Al parecer por aquel entonces ya «comprendían» que para quedarse embarazada implicaba «gozar», ya que es cuando el cuello del útero crea unas contracciones que ayudan a que el esperma llegue al ovario. Esto no implica que siempre sea así. El caso —al que quiero llegar— es que la protagonista se queda embarazada fruto de la violación.
Qué muestra tal «paradoja». Que la evolución tiene sus propias reglas, independientemente de las reglas humanas y sociales. Si el violador era una mejor apuesta como hombre, el óvulo fue permeable al esperma de tal hombre, en una sola vez y en tal situación, frente a los de su marido que en sus constantes intentos no lo logró. La evolución no sabe de leyes morales, no sabe de leyes sociales. Tiene sus propias reglas y todo hijo que nazca no nace con las reglas sociales, sino con las reglas que se han mantenido o se han validado por medio de las leyes evolutivas. No estoy justificando la violación, no estoy justificando la agresión. Sólo hago hacer notar que como vida que somos, y de ser cierto que todo tiene un fin, entonces deberíamos «aceptar» las reglas evolutivas («aceptar la vida como venga», pésimo «mantra» de las religiones hebraicas). De lo contrario hemos de convenir que la evolución y la vida es sólo el juego de las constantes permutaciones que logran sobrevivir y que por ello no implican o tienen como base ninguna regla moral. La vida no es justa, nunca lo será. De haber un Dios no es bondad y sólo es un demiurgo (bien y mal en un solo ser). El Bien y el mal son relativos y sólo dependen de un final que nunca logramos ver o comprender. En la película «el último duelo», la mujer sobrevive al patán de su marido, que al final logró una victoria en su vida al matar al violador, y sus bienes se los quedaron su esposa y su descendencia (¿qué habrá sido de su descendencia?, aún existen, ¿se dieron logros o se dieron otros violadores?) Bajo mi punto de vista da igual, en ningún humano está el poder cambiar el sistema que es lo humano; este sigue su propio curso o fluir. No somos capaces de detener un huracán, tampoco el fluir de la lava de un volcán. Sobre las fuerzas que entran en juego para crear lo humano, sea lo que fuera a lo que se refiera tal concepto, tampoco tenemos ninguna potestad. No hay periodos de paz por el trabajo del hombre, sólo se da el caso que se dan estos periodos porque es un sistema dual de guerras (o conflictos) y de paz. Al feminismo no ha llegado la mujer. Llega a tal paradigma el sistema, que al final, al volverse autoconsciente de sí, y puesto que es un sistema retroalimentado por medio de la metacognición, es a lo que tenía que llegar por medio de la razón. Las personas somos como las neuronas de todo cerebro: no saben lo que hacen, no saben que están produciendo un sistema que crea la conciencia. Se limitan a «leer» la información de su ADN y a relacionarse con el resto de las neuronas. En unas de esas series de conexiones de neuronas está el amor que sientes por tu hija (un fuerte y traumático accidente de automóvil te lo puede «borrar»), en otra serie de conexiones, el conocimiento latente de la base para un posible cambio social. Pero tanto el amor hacia los hijos, como la latencia de un cambio social, están en otras mentes, pues es en lo redundante de la información y el cómo esta fluye, lo que define una especie. O en nuestro caso, creando una sociedad o identidad cultural dada (información redundante + relación entre las partes que entran en juego de tal sistema = cultura o mentalidad de una época).
Último punto. Que una raza o cultura «desaparezca» no hacen ningún cambio en lo humano: todas las razas son equivalentes. Algunos conquistadores acabaron con algunas culturas (idiomas, modos de ver el mundo) y razas que ya no conocemos. Aún siguen muriendo hoy en día por aculturación o porque mueren las pocas personas que las sostenían. Pero pocas veces en la evolución humana se han dado cambios de la relación entre el hombre y la mujer. Lo que hemos sido hasta ahora fue por uno de esos cambios. El feminismo, así, es posiblemente uno de esos cambios que pueden que lleven a la humanidad a otro estado —la vulnerabilidad y necesidad del papel protector del hombre ante la alta fragilidad con la que nacen los bebés— . Están… que adjetivo usar tratando de ser ecuánime y no sesgado, ¿destruyendo, alterando, cambiando, mejorando…? Están (…) el humano tal como era hasta ahora. Puede que no sea así, que al final en una gran guerra pierdan su fuerza y extraño empeño, al tener que volver a centrarse en ser madres y reconstruir la humanidad. La mujer no es un apéndice de lo humano, lo es el hombre con respecto a su papel reproductor. Hubo un tiempo que sólo existían seres reproductores, en el que no existía el macho (la vida es matriarcal). Puede que la vida pueda ir de nuevo hacia allí. La vida asexual es la más persistente para sobrevivir en las peores condiciones de un ecosistema o un planeta. Todo en los sistemas, en la realidad, en su proceso, en su fluir, es relativo. De momento pierde el hombre, y pierden los hijos, pues tienen de primitiva y de estructuración de sus cerebros la existencia del padre. El momento actual lo explica tal fragilidad (propiedad) de tal sistema. Las mujeres quieren hacer cambios, ¿será para bien o para mal?, quien sabe.
«Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.
Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.
Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.
La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.
Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…
Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…
Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada. Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.
Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.
Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!».
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