Devaneos XXXI – Dislexia Moral
❝Los liberales pueden entenderlo todo, menos
a las personas que no los entienden.❞ Lenny Bruce
❝Cuando el ánimo está en suspenso, un ligero impulso
le hace inclinarse a un lado o a otro.❞ Terencio
❝Las personas que no son raras, ¡son muy raras!❞ Cosas de Marcianos
❝El poder se otorga, el control se toma.❞ Dicho popular
(En muchos casos pongo entre paréntesis mis pensamientos, a modo de rotura del discurso y en la dirección de profundizar o dar ciertas pinceladas a los escritos. Al exponerlos doy una nueva dimensión a la escritura, pues en muchos casos reflejo dudas que en otras épocas los escritores se guardaban para sí. Hoy es a la vez todo más transparente, todos nos abrimos, o eso parece, pero a la vez todo es más opaco, en tanto que tanta individualidad nos aísla y nos vuelve invisibles para las emociones de los otros, pues al final tanta transparencia vuelve frontera toda individualidad).
O
(¿Es un cero o una o?) Ha sido un verano magnánimo, sin un riguroso calor, o por lo menos hasta hace unos días. Con el calor me vuelvo estable en ser inestable: estoy más ansioso, no duermo, se me desequilibra el apetito, el cerebro va a cien pero a la vez es más errático… Pero a pesar de todo lo dicho ha sido peor para mí el verano que hemos tenido. Soy sensible al menor cambio, el cuerpo y el cerebro trata de adaptarse, gastando energía y sin llegar a un estado estable, si es que se da el caso de que no se dé una estabilidad climática que dure días. Esto ha sido lo que ha sucedido este verano, ha estado fluctuando entre el fresco y el calor, en donde a mi cuerpo y mi cerebro no les daba tiempo de aclimatarse, sin que rápidamente el tiempo cambiase, obligando a mi cuerpo a otra nueva temperatura y a nuevos cambios (un modo de sensibilidad ambiental lo llaman, yo lo llamo maldición). ¿Resultado?, somnolencia a la menor, porque el cuerpo gastaba casi toda su energía en cada aclimatación. Este escrito es por ello el resultado del excesivo calor de estos días. Lo quise haber escrito al completo anoche, pero al final lo dejé sobre las cinco (sólo he dormido cuatro horas), no porque me venciese el cansancio o el sueño, sino a tenor de poder perder calidad en la escritura, al estar frente a un ordenador que desprende calor, en una noche de las más calurosas de este verano. De tanto en tanto paraba y veía una serie o leía un artículo en Internet. De todo ello es el fruto el siguiente escrito.
I
De la imposibilidad de decir “esta idea es mía”.
Acabo de ver el primer capítulo de “Nuevo sabor a cereza“, sin tratar de destripar su desarrollo, la idea con la que me he quedado es la del deseo de venganza de una persona al pensar que le han robado una idea. Este tema es recurrente en mis escritos, por ello me interesa desarrollarlo bajo una nueva perspectiva. En el fondo mi idea ataca la premisa sobre la que se asienta el neoliberalismo, el de la propiedad, sea esta algo tangible, como un terreno, o algo intangible, como una idea o una creación artística. Fijarse que me considero creativo, si asentase mi orgullo o mi identidad en tal capacidad o facultad, no me debería “interesar” atacar tales ideas, pero como lo que creo principal en mi “identidad” es el tratar de ser coherente, entonces atacar tal idea es fundamental para mí.
Presupongamos que las ideas son números. Una idea común es el 5, tenemos cinco dedos, una moneda de cinco céntimos, un billete de cinco euros. Todos tenemos el 5 de un modo u otro, pero ¿y el 1.345.953? No es un “lugar” o idea común, puede que nunca más lo vuelvas a ver. ¿Por qué creemos que es mejor o más especial el 1.345.953 que con respecto al 5?, por su extrañeza. Extraño proviene de aquello que no es común, en realidad a aquello de fuera, como así lo es el extranjero, que tiene la misma raíz y prefijo. Es de alguna forma aquello que es ajeno a los patrones de nuestro propio cerebro. Aquí se empiezan a complicar las cosas. ¿Por qué es ajeno al cerebro?, por qué no forma parte de sus patrones. Al 5 se llega fácilmente al sumar cinco unidades, o dos unidades de dos y una de uno, etc. Con todo, las posibles formas de llegar a tal número (a partir de números enteros), es muy limitada. Sin embargo debe de haber millones o miles de millones de formas de llegar al 1.345.953. Ahora, ¿este número es más extraordinario (de nuevo la raíz extra-, como fuera de lo ordinario) que el 1.345.954 o el 1.345.952?, no, o por lo menos para las mentes no matemáticas. Nos llama la atención alguien que hace mención al 1.345.953, pero no al 5, ¿creemos que tal persona tiene algo fuera de lo normal, fuera de lo ordinario, por el hecho de hacer que nos fijemos en el número 1.345.953?
Volvamos a la realidad. Si alguien pinta una flor, es como un 5, un Picasso es un 1.345.953. Lo que cuenta bajo todo esto es que en el caso de los números, su base es decimal, y por ello sólo hay realmente 10 unidades, y lo único “extraordinario” de tal lenguaje es que es infinito. En el caso del humano y el arte pictórico ocurre otro tanto, solo que no es decimal, sino que no tiene ninguna base más que el de la realidad, en donde esa “realidad humana” son los conceptos. O sea, en la prehistoria los humanos “manejaban” pocos conceptos, cualquier antropólogo o estudiante de la historia del Arte “interpretarán” más o menos una nueva pintura encontrada. Tan sólo tienen que datarla correctamente (el lugar ya se sabe y es un dato importante), para saber qué tipo de humano la hizo, bajo los conceptos que usaban tales humanos de esa época y lugar dados. El Arte rupestre es más básico por ser más antiguo?, en realidad no, pues el cerebro siempre tiene unos límites, y un artista dado trabaja a partir de esos límites cerebrales. O sea, que un artista de la prehistoria trabajaría con unos veinticinco conceptos y el actual igual, pero con la diferencia de que son distintos. El Artista actual está “obligado” a renovarse constantemente, no suele ser por que suba a treinta conceptos, sino porque cambia parte del repertorio de sus conceptos. Muchos artistas se terminan por encasillar, o los encasilla la sociedad, como así fue el caso, por poner sólo dos ejemplos, de Picasso o Jackson Pollock. Los conceptos que maneja un artista son parte de su identidad, son su personal huella de lo que es el Arte, no puede cambiar toda su huella, sin poner en juego su propia identidad de artista. Esto se entiende mejor en la música, a ciertos grupos de rock los abandonan sus seguidores, cuando cambian totalmente de estilo. En esto sale otro factor: hay dos tipos de seguidores, los que lo son por la imagen del grupo, y los que lo son por su estilo de hacer música. Cambia una cosa u otra, pero como cambies las dos a la vez te puedes ver abandonado por todos.
A lo que quiero llegar. En un mundo con tantos cambios, con tantas fuentes de “lectura” de la realidad, es más fácil llegar al 1.345.953, más usual. Deja de tener “mérito”, entonces el siguiente número, en su longitud, 8.345.953.106.394 pasa a ser lo extraordinario. Y ahí se da el caso que hay más gente que pulula por los números de siete dígitos y eso ha pasado a aburrir, a no llamar la atención, luego ya da igual que alguien dé con el número 3.595.431, que puede ser “extraordinario”, pero que ya no tiene esa misma potencialidad simbólica que el 8.345.953.106.394, cuando en realidad el uno o el otro son igual de extraños y poco usuales (en realidad “menos es mejor“, para la mayoría de los cerebros). Esto me lleva al segundo tema, en la dirección de profundizar en todo esto bajo otro aspecto.
II
De que manejar más símbolos no es lo mismo que sentirlos. O de cómo se sigue la sentencia de Arnold Bennett de que “no puede haber conocimiento sin emoción (y de que) podemos ser conscientes de una verdad, pero hasta que hayamos sentido su fuerza, no es nuestra“.
El fondo del presente discurso es la muerte de Dios, en tanto que Dios es infinito, y en donde su “verbo” se sustancializó en la realidad. La muerte de Dios en el fondo es la muerte de las posibilidades, la muerte del relato. Por tales muertes deviene la nada, la insignificancia de los símbolos, el nihilismo.
¿Qué está pasando actualmente con el cine (y las series)? Estamos con que los números que manejamos de forma usual son diez (9, más el cero). En las últimas décadas se han estado manejando unos pocos conceptos y se han creado las distintas variaciones de tales conceptos (al igual que con 123, se puede variar a 321, o a 231, o 213…). Llega un momento que las variaciones se acaban. Pensar sino todo lo que se ha estirado la idea de la película “el día de la marmota“, el vivir una y otra vez el mismo día. De lo que se trata es de introducir más números (conceptos), pero cada época tiene los suyos propios (dado el límite cerebral que a la vez es el límite en lo social). Los zombis son uno de esos conceptos, y si se trata de “introducir” a los vampiros, que son de la generación de los 50 al 70 (quizá algo más), tal “concepto” no tiene la misma acogida que el de los zombis. Pero este “mensaje” no difiere de lo que sostiene el anterior párrafo. La idea “nueva” que trato de traer a colación es la de que no es lo mismo sentir los conceptos, que “usarlos”. Los actuales guionistas (incluyendo a los escritores) y directores (no todos), están “cortados por el mismo patrón”, todos tienen más o menos las mismas fuentes e incluso han estudiado bajo ciertas y las mismas ideas básicas. El “patrón” que comparten “todos” (cuando se suele decir “todos”, por lo usual se quiere decir la mayoría), y usando el lenguaje de Gasset, es el del “señorito satisfecho” (quizás ahora converjan con los autores representantes de las minorías).
Pensemos por ejemplo en el “sello” distintivo de directores como Tim Burton o David Lynch, tales directores son en sí mismo “extraños”, deben de estar llenos de manías, inseguridades y miedos. En este caso ponen en sus cintas los símbolos o conceptos que sienten en sus mentes. No en lo que sus mentes manejan, y ahí radica la diferencia. Los nuevos guionistas y directores manejan símbolos que no sienten. ¿Cuál es la diferencia entre sentirlo o usarlo?, nada a nivel exterior, donde en esa nada nace el nihilismo. Nihilismo es la distancia entre el ser y la nada, entre sentir y manejar los signos. Por lo tanto el nihilismo es la muerte del valor del dolor. (Cómo he llegado a esta sentencia, no desde luego desde las premisas presentadas, pero de momento dejo este tema envuelto en su neblina).
III
Del dolor como base del conocer.
En la década de los setenta se creyó encontrar en la escotofobina, una molécula que opera en el cerebro, como la posible primer molécula del aprendizaje que surgió durante la evolución. Se extraía del cerebro de las ratas y se les inyectaba al de los peces, de tal forma que tenían una mayor capacidad para aprender, en concreto para evitar la oscuridad. Después se ha desmentido o los resultados no han sido los mismos: “se afirmó que esta sustancia era responsable de recordar este miedo (a la oscuridad, no en vano tal miedo, en uno de sus posibles nombres, se llama escotofobia). Estos hallazgos fueron posteriormente desacreditados“, (esto pasa mucho en ciencia: vemos los aciertos, pero no todos sus “fallos”). Pero el buscar en esa dirección es obvio, la oscuridad da miedo. Remontándonos a los inicios, en los mares, la luz era la fuente de la vida y la oscuridad de la muerte (mucha vida en la superficie y menos cuanto más profundo). El primer sensor químico, inicio para el posterior sistema nervioso, fue por ello el detector de luz. A la vez en la oscuridad no vemos los posibles peligros. Los depredadores, y ya en tierra, suelen tener una mayor sensibilidad a la luz en los ojos, para así poder cazar a sus “ciegas” presas.
Con todo este preámbulo lo que quiero decir es que se aprende a través del dolor y el placer, pero el más antiguo y arraigado de las dos formas de aprender es el del dolor. Este crea traumas, no los hay por haber sido feliz esporádicamente o a largo plazo (esto me da la idea de que alguien pueda hacer un libro de autoayuda con el sugerente título de “el bello trauma de saber ser feliz”). El dolor, las épocas de escasez alimentaria o de sufrimiento, crean cambios epigenéticos, cambios en la identidad. No es así al contrario: la “normalidad”, vivir fuera del dolor, crea un humano “estándar”. Este humano es lo común o lo esperado por la evolución, lo cual denota que esta es bastante optimista. En concreto muchos de esos cambios están dirigidos a ser más sensibles a posibles amenazas, con lo cual tal persona pasa a ser —en cierto grado— un paranoico, un atormentado, o en su uso más común, un neurótico. Este término es el que se usa en la actualidad, a grandes rasgos, para lo que antes se refería con ser una persona muy sensible o tendente a perder los nervios (Van Gogh, Virginia Woolf…). Entre los cinco grandes rasgos de la personalidad, uno de ellos es el del neuróticismo, que pienso que tiene poco sentido, pues no creo que sea un rasgo común entre los cazadores-recolectores, o sea, que es una tendencia de la vida moderna, o la vida fuera de su estado natural.
La idea típica del artista es la de un ser atormentado, idea generalizada contra la que lucha la actual psicología y psiquiatría, muy preocupada por evitar el suicidio. (Creo que este escrito está cayendo en ser un 5, estoy manejando ideas consabidas y ya usadas por mí demasiadas veces). Según este estereotipo, el “verdadero” artista es aquel que o bien está atormentado por su arte, o bien es a través de este que da salida a su interior, a modo de “dar salida a sus propios demonios”, expresión que quiere decir el dar salida a su dolor, sus manías y sus miedos. Del lado contrario de las ciencias, muchos artistas sienten que su dolor es la fuente de su creatividad, y por ello son remisos a ser tratados psicológicamente, pues temen perder aquello que les hace “especiales”, aquello que los convierte en un 1.345.953 frente a un 5 (a propósito de este número: cinco casos de mujeres escritoras que se terminaron suicidando). Este tema queda igualmente inconcluso a espera de nuevos puntos de vista.
IV
De cómo el ir descalzo no significa lo mismo ahora que lo que significaba antes.
Ir descalzo es uno de esos signos o conceptos que han cambiado con el tiempo. En nuestro estado natural era lo normal, aún hoy en día una gran cantidad de cazadores-recolectores van descalzos. Con la entrada de las civilizaciones pasó a ser un signo de estatus; ir descalzo era de pobres y calzado de ricos. Cuando el calzado se normalizó, ir descalzo podía significar varias cosas, o como un signo de sacrificio personal o bien como un castigo público: un signo por el cual identificar y marcar a un reo o alguien que había pecado o ido contra las normas cívicas (y bajo la idea práctica de que sin calzado no podría ir muy lejos si se le persiguiese). Hoy sin embargo ir descalzo, como así ocurre en las playas, parece ser un signo de felicidad o incluso de espiritualidad (por el contacto con la madre tierra o lo natural).
A lo que quiero llegar es que antes había muchos modos de degradar o dañar a una persona. Se temía trasgredir las normas o los mandamientos por temor a los castigos, o incluso al infierno. ¿A qué tememos hoy? El creativo ahora se pone fácilmente en manos de la psiquiatría, tratando de evadirse de sus tormentos. El humano va en camino de no temer a nada “real”, con lo cual se dan tres consecuencias: 1. que parte de nuestro modo de aprendizaje se pierde, pues el dolor es la mejor escuela, 2. que dado que nacemos con un sistema preparado para sentir miedo, al no haber “miedos reales”, el sistema se “inventa” y crea miedos allí donde no los hay—con este mecanismo ocurre lo mismo que con el del sistema inmunológico: estaba preparado para ser atacado de forma constante, donde ahora, al no haber casi bacterias y enfermedades, este cae en las enfermedades autoinmunes, donde este sistema, ya sin enemigos reales, ataca al propio cuerpo—. 3. Una mosca ahora no tiene el mismo significado que antes. Las moscas aparecían y revoloteaban sobre los cadáveres, esos que ya nunca vemos y mucho menos vemos pudrirse. Durante la Alta Edad Media, en algunos casos, se pintaba una mosca sobre las mujeres bellas, para recordarles que su belleza, y todo lo bueno, era pasajero (memento mori). Hoy hacen uso de las moscas en el cine en ausencia de la falta del sentido del olfato: para hacernos saber que algo está podrido o en estado de putrefacción, pero en todo caso es un símbolo que la mayoría de las personas ya no asocian de forma directa y emocional con la muerte, pues la sociedad parece libre de la asociación de la mosca como cerca de algo putrefacto y por ello de la muerte.
La música indie es un reflejo de lo que quiero decir: técnicamente perfecta (cada persona que ha trabajado en ella conoce todo los medios para hacer lo mejor), pero espiritualmente vacía (es mi opinión, es cuestionable). El blues, al contrario, refleja la música que emerge desde lo más profundo del alma dolorida o atormentada. Por cierto, busqué sinónimos en ingles de atormentado y me salió literalmente lo siguiente: “hag-ridden (atormentado, dominado por una mujer)”.
Tenemos así que todos los símbolos se están volviendo livianos, sin un verdadero y profundo significado y unión con algo real. Vemos una mosca con la misma insignificancia a como vemos a una A, pues se parecen. En la frase anterior ha salido el concepto que muy bien puede definir a las sociedades modernas occidentales: la insignificancia nos define, y donde su prefijo nos recuerda lo cerca que este concepto se encuentra del nihilismo. Con esto llego al tema que da título al presente escrito.

(En un descanso he visto el segundo capítulo de “Nuevo sabor a cereza“. Un buen uso de la iluminación; maneja muy bien —y por ser de terror morbosamente— los símbolos, como es el caso del gato, animal de la noche y de la sospecha…, aunque, ¿por qué son blancos?, simbólicamente siempre se elige a los gatos negros —noche, miedo, depredador—, (la simbología del gato se está perdiendo por los vídeos graciosos de estos en YouTube: otro buen ejemplo del cambio de significado de las cosas con el tiempo y de la liviandad de los signos). El segundo capítulo me ha llevado a tratar de averiguar algo más sobre su autor. El principal es Nick Antosca, que por su aspecto parece un “niño bien” y libre de tormentos. Hoy en día sufrir es de fracasados. No he logrado averiguar si lo que muestra en la serie es su verdadero trasfondo, o sólo maneja muy bien los símbolos. Tampoco sobre sus coautoras: Haley Z. Boston, Lenore Zion; esta última guarda cierto parecido con la protagonista de la serie: Rosa Salazar. No sé realmente si el mayor peso recae en Nick Antosca, me atengo a que lo ponen en primer lugar en las reseñas). Algo más enigmático y oscuro parece Todd Grimsson, el autor de la novela.
Esto me lleva a otro tema o matiz. En Estados Unidos es quizás donde se da más el “friquismo“, porque ha pasado ser parte de su identidad. El friqui del terror no tiene porqué sentir los signos, pero como friqui se los conoce muy bien. Puede que ese sea el caso de los autores de la serie. Tenemos así a tres modos de tener contacto con los símbolos: 1. sintiéndolos, porque emergen del interior y lo más profundo de la personalidad de una persona (un caso concreto es la obsesión de Dalí con las heces y las hormigas, por nombrar sólo dos cosas), 2. sólo manejar los símbolos, o 3. el friqui, que a fuerza de manejar los signos los termina por interiorizar. 1. realidad, 2. máscara, y 3. máscara que se ha terminado por fusionar con la carne.)
V (¡qué casualidad!)
De cómo la dislexia como error, se sigue que también se puede ser en lo moral.
Hace unos escritos usé el verbo titilar, en realidad escribí tililar y el corrector me avisó que estaba mal escrito. En los dos casos se repite una consonante de forma seguida, pues la palabra trata de acercarse a la propia acción que anuncia, qué significa, cohesionando signo y significante. Se me da mucho este caso, en los escritos lo suelo hacer ver. Viene dado porque de niño los aprendí “mal”, de tal forma que ese patrón ha creado unas uniones neuronales casi a fuego. Así ocurre con casi todo y en la infancia. El cerebro del niño es una esponja al ser apretada, absorbe todo lo que haya alrededor, de adulto esa esponja se suelta y mantiene el líquido, perdiéndolo progresivamente a lo largo de los años. Con todo, algo tan esencial como el lenguaje crea unas estructuras más o menos fijas y rígidas, de tal manera que tal como se haya aprendido o mal aprendido, es como se suele quedar para el resto de la vida… y si es el caso que nadie nos corrija (en mi caso sale a colación algo nuevo: el ordenador y el móvil nos “enseñan” pasivamente). ¿No ocurre lo mismo con las reglas morales?, que se aprenden bien o mal y terminan por formar parte de lo que será, para el resto de nuestra vida, nuestra identidad moral.
(Anoche vi —la emiten los viernes— la tercera parte de Mr. Corman (en realidad hace unas horas, pues estuve escribiendo y sin poder dormir casi hasta más de las cinco). No quiero desvelar su trama, pero va un poco sobre lo que en este punto estoy tratando. El protagonista de la serie refleja a la perfección el nihilismo, pero en la dirección de no hacer espóiler, de momento dejo su trama.)
Retomo la última pregunta o duda. Detengámonos en el modelo de Blasi, tratado en el artículo sobre la identidad moral:
“Los estudios empíricos muestran que el razonamiento y la emoción solo predijeron moderadamente la acción moral. Los estudiosos, como Blasi, comenzaron a proponer la identidad como factor motivador en la motivación moral. Blasi propuso el modelo del yo de funcionamiento moral, que describía los efectos del juicio de responsabilidad para realizar una acción moral, el sentido de identidad moral de uno y el deseo de autoconsistencia en la acción moral. Blasi también trabajó a partir de la estructura de la identidad y su conexión con la moralidad. Según Blasi, hay dos aspectos que forman la identidad. Un aspecto se centra en los contenidos específicos que componen el yo (contenido identitario objetivo), que incluyen ideales morales. El segundo se refiere a las formas en que la identidad se experimenta subjetivamente (experiencia de identidad subjetiva). A medida que madura el lado subjetivo de la identidad, el lado objetivo tiende a inclinarse hacia contenidos internos como valores, creencias y metas, en lugar de contenidos de identidad externos como aspectos físicos, comportamientos y relaciones. Una identidad subjetiva anhelante madura en un mayor sentido de consistencia sobre uno mismo. Por tanto, la identidad serviría como motivación para la acción moral.”
Lo que me interesa hacer ver es que la identidad personal e identidad moral están fusionadas. Eso parece claro cuando se analiza —ahora, no así hace unos siglos— a una persona musulmana o judía (las que más se conocen en occidente, frente a las orientales), pues ahora quedan pocos cristianos (por lo menos en la Europa occidental) que tengan tan fusionada su identidad religiosa con su identidad personal. Uno de esos casos es qué —o que no— pueden comer, por ser el ejemplo más claro. Se puede pensar (desde la mentalidad laica o atea) que las prácticas de la comida no son morales, pero sí lo son para los religiosos: para ellos son unas reglas morales más, que hay que respetar y acatar como el resto de las demás reglas.
Esto, de ser así, confirma mis ideas generales. El núcleo del ser es su identidad. Forjamos una identidad para “crear” un ser, para hacernos ser. Tal identidad tiene un componente biológico: el ADN, las individualidades o lo estocástico de nuestro cerebro, plasmado en el carácter o como las conductas más elementales (ser de naturaleza alegre frente a triste, sagaz frente a recogido…), a la vez este componente físico —como subcapa— se desarrolla en el tiempo, creando las qualias: las formas en las que percibimos y sentimos la realidad. Finalmente está el componente social o externo, que lo compone la cultura y época en la que nacemos, con sus religiones, idioma, ideologías y paradigmas. Es en esta capa donde se encuentran los relatos y donde estos se fusionan con nuestra propias qualias y formas de sentir el mundo, hasta poder llegar a ser o formar una unidad. Si no se produce tal encuentro, tal fusión, tal persona vivirá fuera de su época y su cultura, sintiendo o viendo a estas desde afuera, desde la extrañeza. En el primer caso uno encuentra su lugar en el mundo, su hogar, sus querencias, en el segundo se será tendente a caer en el nihilismo. Vuelvo a la dualidad de la identidad narrativa y la del realismo depresivo. Al forjar una identidad, un individuo se “compromete” de por vida con la narrativa de su cultura, mientras que el realista depresivo no es capaz de llegar a tal “compromiso”, no es capaz de “diluir” esas dos “sustancias” de su “alma”…, o si se quiere, de amalgamar su identidad biológica con su identidad cultural, viviendo por siempre en la frontera de ningún lugar, fuera de todo, como un ente liminoide (tratado en sociología como liminalidad), incapaz de forjar un sentido de pertenencia con nadie o con nada. Divorciado así del relato y de la realidad humana.
En el mismo artículo de la Wikipedia nos dicen: «La investigación sugiere que una “transformación de metas” tiene lugar durante la evolución de la identidad y el desarrollo moral de uno y, por lo tanto, no es un ejercicio de autosacrificio, sino más bien uno hecho con gran alegría; los ejemplares morales ven sus metas personales y sus metas morales como sinónimos. Esta transformación no siempre es un proceso deliberado y, en la mayoría de los casos, es un proceso gradual, pero también puede producirse por un evento desencadenante. Los eventos desencadenantes pueden ser cualquier cosa, desde un momento poderoso en una película hasta un evento traumático de la vida , o como en el caso de Suzie Valadez, la percepción de una visión de Dios.» Lo dicho sigue confirmado mis tesis de base; la identidad es una apuesta de uno consigo mismo desde un aspecto positivo: algo así como “mi verdad es la verdad del mundo y es a través de esta que puedo sentir y analizar la realidad”. Pero que tiene el “feo” aspecto de que a la vez niega la “verdad” del resto de las personas. O sea, Jesucristo, por ser un ejemplo claro, no puede ser a la vez un profeta (para los musulmanes) y el hijo de Dios y el propio Dios (para los cristianos), o nadie significante (para los judíos). Tal verdad y la vigencia de una de las tres religiones, relatos o identidades, son las que han estado en lucha durante siglos, pues… ¿cómo aceptar que le digan a uno que está equivocado y que por ello su identidad es falsa o está falseada o no pareada a la realidad? Asumir las tres “verdades” como ciertas no es posible, sin por ello caer en algún grado en el escepticismo, en el nihilismo epistemológico, que inevitablemente puede llevar a al nihilismo metafísico…, a la muerte de las creencias y por ello de la validez de los relatos, y finalmente en el nihilismo. La cosa es similar a que dos personas guapas estén juntas: cada una de ellas se creerá más guapa que la otra, pero a tenor de no enemistarse, tal pensamiento no saldrá al exterior por parte de ninguno de los dos. Tales estados, en unos ejemplos u en otros, guardan en su interior la semilla de futuros conflictos.
Lo que quiero hacer ver es que la tolerancia, emblema de nuestra época, tiene poco sentido. Un español pensará lo “tonto” que es un musulmán (de manera no dañina o mal intencionada y asumiendo que él mismo no lo sea) al no comer un manjar tan exquisito como el jamón serrano, por ser cerdo. Juan Soto Ivars, en su libro “la casa del ahorcado” apuesta por transigir, frente a la tolerancia, pero no lo desarrolla. Este es un verbo y una acción compleja. Puede analizarse desde su aspecto positivo o desde el negativo. Por amor se transige, pero también porque es lo que nos obligan las leyes o las normas sociales. Desde el primer aspecto es positivo (uno lo asume), no así desde el segundo (que se toma como una obligación), pues en ese caso será asumido como una especie de derrota, y como un ataque a nuestra propia libertad y por ello a nuestra identidad. Quizás esa sea la fina línea entre el racista o xenófobo y el que no lo es. Esa frontera invisible e interna entre los dos modos de transigir. En todo caso, toda aquella persona que se vuelva impermeable a toda otra posibilidad, o que no albergue ninguna duda sobre su identidad, es aquella que puede ser tomada como un “facha”, o como un radical o un integrista…, o por lo menos ese es el panorama y el lenguaje que se maneja en la actualidad. ¿Alcanzáis a ver cuál es el dilema y el problema del momento que nos ha tocado vivir?
En un escrito titulado “El favor que hizo Hitler al mundo” —no está en línea— argumentaba que el mal, como ente abstracto, se consolidó en una sola persona e ideología, de tal manera que desde ese momento ya no tenía sentido hablar del demonio o el diablo, pues esa figura simbólica había sido sustancializada en la realidad, en la persona y en la ideología de Hitler. De esta manera desde Hegel se habló de la muerte de Dios, pero fue a partir de Hitler que se dio una “muerte del diablo”, su contraparte. El resultado es que ahora lo más temible en el mundo es el nazismo (o fascista, algo equivocado, pues este es de origen italiano: fasio, facción o rama de un partido político). Insulto que es usado indiscriminadamente por todo bando en liza con una otredad. El caso es que no hay, metafísicamente hablando, ninguna distancia entre lo nazi y tener una fe ciega en una religión o una ideología. El cristianismo fue “nazi” en muchos aspectos, pues quería acabar con toda otra ideología y religión. Fue el cristianismo el que hizo más “daño” en la actual latino américa, pues despojó de su propia cultura a sus originarios indígenas (¡con esta afirmación ya he perdido a otros lectores…!). Les robó su identidad, sus propias querencias, su propio lenguaje, sus propios relatos (¿su profundo e irresoluble problema es su rotura con una identidad originaria y propia?). Bajo esta idea, la de no acercarse a lo nazi, las sociedades y las personas en occidente ya no apuestan por tener una “verdadera” y profunda identidad, llegando, o acercándose cada vez más, al nihilismo. ¿Por qué nos sorprenden los actuales nacionalismos?, son el reflejo de aquellas personas que sí creen que sea válido tener y defender una identidad. Son aquellos que abiertamente reconocen que no hay un medio camino entre la identidad y no tenerla, pues en el segundo caso se cae inevitablemente —en menor o mayor grado— en el nihilismo.
Bajo estos aspectos para el viejo continente Estados Unidos es un nido de fachas, nihilista los europeos para los estadounidenses. Para la izquierda lo son los de la derecha, que ahora les gusta llamarlos extremos (de nuevo el prefijo extra-) o radicales. A la vez la derecha se saca de la manga que esa posición es la de la actual izquierda, que es la que es radical y extremista en sus propuestas. O sea, que lo que antes eran guerras religiosas ahora los son políticas y de las ideologías, pero que en el fondo están ligadas a las religiones o su ausencia, pues las derechas son religiosas y las izquierdas laicas o ateas. Qué ha cambiado con respecto hace unos siglos, ¿que ya no hacemos guerras por cualquier nimio asunto? No es así, se está refrenando o acallando toda esa falta de diálogo, creando un caldo de cultivo para futuras guerras, guerras que quizás no se den en nuestras vidas, pero que vendrán.
(En el mundo se están creando dos bandos: los países de tendencias izquierdistas —Rusia, algunos países latinos, China y Corea del Norte…, acompasados por los musulmanes radicales (hace unos días Estados Unidos se ha retirado de Afganistán y los talibanes la van tomando bajo su mando), pues comparten el mismo “enemigo”— y los que están “regidos” —una ideología o paradigma es la nueva forma del antiguo rey— por el neoliberalismo. Cada vez hay más tensión entre estas dos identidades, se vuelve a hablar del peligro nuclear).
¡Uf!, me he desviado demasiado del tema de este punto, y que da título al escrito. Lo retomo. Cuando hablo de dislexia moral me refiero a que las reglas que uno aprende siendo niño son las que formarán la identidad de esa persona siendo adulta. Si se “aprende” una regla equivocada o de forma equivocada, será esa la que se manifestará en sus comportamientos. Se puede tratar de corregir, pero es un patrón grabado casi a fuego, con lo que será una “autopista” en el flujo de la información de su cerebro, por la cual transitarán casi todos los pensamientos de esa persona. De otra forma, son los llamados hábitos o costumbres. Uno no se hace ambidiestro al ser adulto, y mucho más complicado será hacerse zurdo. Se es bilingüe si se es desde los primeros años, pero no en ese mismo grado cuando se es adulto, en donde en ese caso se tiene una lengua “principal” y una secundaria. La mayor fuente de los traumas nacen en la niñez, después los daños no suelen crear traumas (excepto casos muy graves, como los son las guerras), sino una huella algo más persistente. O sea, que ahora a mí me gusta más tililar que titilar, por mucho que me diga el diccionario de la real academia que no estoy escribiendo bien tal verbo. ¡Soy un facha del tililar!, jeje. (Aquí encajaría hablar del tercer capítulo de Mr. Corman, pero no debo). ¿Veis lo capital y angustiante que puede ser tener un hijo? Forjas una identidad, que es lo que fundamentará a esa persona adulta y sus errores, que puede que sean tus propios errores. La libertad de otro repercute en tu propia libertad, que desde ese momento hará que seas menos libre, pues parte de ella estará en manos y en el cerebro de otro ser, sobre la que al ser adulta perderás su (y tu) potestad.
La pregunta-conclusión del presente punto sería: qué es la dislexia moral… ¿el hacer que tu hijo tenga una identidad muy definida?, pudiendo caer en el fanatismo y el dogmatismo, ¿o que no la tenga?, pudiendo caer en el nihilismo. O no tiene que ver ni con lo uno ni con lo otro. ¿Es dilexia moral el desear la venganza de la protagonista de la serie “Nuevo sabor a cereza”? o es lo “normal”.
VI
De tener la capacidad de ver el mundo espiritual.
Tengo que encajar en este los puntos previos en la medida de lo posible. Arte, creatividad, religión, ideología, identidad cultural, identidad moral… Fascismo, creencias, muerte del relato, muerte de los significados, nihilismo. Estamos en que hay un aparente dualismo entre la identidad narrativa y el realismo depresivo. A la vez postulo que el dolor es la “verdadera” fuente de la creatividad, de aquellos que piensan fuera de la caja, de aquellos que les aburre demasiado el 5 y llegan al 1.345.953. ¿Optimismo frente a pesimismo?, extravertidos frente a introvertidos, no neuróticos frente a neuróticos… ¿estoy generalizando demasiado? En cierta medida hay un concepto que une bajo un mismo aspecto a los creativos atormentados con el nihilismo, y por ello con el pesimismo y el realismo depresivo. Este concepto es el de la capacidad negativa: «el término ha sido utilizado por poetas y filósofos para describir la capacidad de percibir y reconocer verdades más allá del alcance del razonamiento consecutivo. “De la misma manera que los camaleones son ‘negativos’ para el color, los poetas keatsianos son negativos para sí mismos y su identidad: cambian su identidad con cada sujeto que habitan”» (idea que yo he sostenido al apostar que los actores están habitados por tal capacidad). Y «para perseguir una visión de la belleza artística incluso cuando les conduce a la confusión e incertidumbre intelectual»(…), «la capacidad negativa puede ser difícil de comprender porque no es un nombre para una cosa, sino más bien una forma de sentir o de conocer (por ello es una “identidad” o una “no-identidad” como elección o ser… apunte personal al hilo). Este conocimiento intuitivo de la vida interior de, por ejemplo, un ruiseñor o una urna griega, no puede entenderse como un concepto (…), a esta capacidad dependiente de ser negativo es a lo que Keats llamó “razonamiento consecutivo”». ¿No es esto similar a la propuesta del realismo depresivo?, se es como consecuencia de ser consecuente, con una realidad imposible de encajar en una verdad transcendental y transfenoménica? De tener la intuición de que no es posible un ser o identidad fija y rígida para definir al ser humano, y donde una identidad ha de ser “sostenida” y “tabicada” a partir de un apuesta inicial hacia una identidad, que en el fondo no es real. Tal apuesta o elección suele quedar vedada para la razón, pues de asumirse como elección ya la pondría en tela de juicio e inevitablemente se caería en la madriguera del conejo de la duda. «Roberto Mangabeira Unger se apropió del término de Keats para explicar la resistencia a las rígidas divisiones y jerarquías sociales. Para Unger, la capacidad negativa es “la negación de que cualquier cosa en nuestros contextos nos entregue un esquema fijo de división y jerarquía, ya que será una elección forzosa entre la rutina y la rebelión”. Por lo tanto, es a través de la capacidad negativa que podemos fortalecernos aún más contra las limitaciones sociales e institucionales y aflojar los lazos que nos atrapan en una determinada posición social.» Todo lo dicho no es mera demagogia, pues ha sido “probado” científicamente: «Cualquiera que sea la razón, los experimentos psicológicos modernos indican que (la) elección de la palabra Negativo —por parte de Keats— fue verdaderamente inspirada. Si un poeta compositor se coloca en un generador de imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI), resulta que la etapa inicial de inspiración poética se relaciona con algo negativo: la atenuación del autocontrol y la atención de arriba hacia abajo, relacionada con disminuciones en el control ejecutivo mediado por desactivación de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC).»
Lo último dicho a la vez encaja con la teoría de que los artistas provengan de los antiguos chamanes, pues al “desconectar” las funciones ejecutivas, la razón, uno se conecta con el pensamiento mágico, el hemisferio derecho y la falta de identidad de este y el cerebro profundo (el ser se vuelve en su fluir y por ello sus ideólogos unen tal capacidad con el taoísmo). Uno nunca se desconecta de su realidad biológica, de su carácter…, de lo que uno se desconecta es de la palabra como aquella capacidad para volver rígido —y con patrones y reglas— al mundo, o bajo unos relatos que son los que lo definen. Se vuelve en lo contrario de la identidad narrativa, pues esta es en tanto que está mediada por lo que uno mismo se cuenta de sí mismo y a los demás por medio de la palabra. ¿El peligro?, caer en crisis existenciales y de la identidad, y por ello en el nihilismo y consecuentemente en el suicidio.
VII
Conclusiones…
El momento actual no es una lucha de identidades, que también, sino la continuación de las discusiones y las luchas entre Parménides y Heráclito (la defensa del ser en el primero y el devenir o no-ser y devenir en el segundo). Entre las religiones occidentales y las orientales. Entre el ser y la nada. Entre la identidad (religiosa, cultural, nacional…) y el nihilismo. Entre Dios y el diablo. Así es como lo analiza soterradamente la derecha. Soy del segundo “bando”, pero pienso que lo que nos hace humanos es la identidad narrativa, luego no tenemos que vencer, sino temer que suceda. Si muere la narrativa, muere el humano como tal. Lo que pienso, ya dicho mil veces, es que la evolución tiene como apuesta principal la identidad narrativa, y que los segundos, que son pocos, son los más creativos y creadores de los nuevos rumbos de la humanidad, pero sólo válidos como “dialéctica negativa”, en el lenguaje de Theodor Adorno. Frenan y sirven de aviso (profetas) a la humanidad, pero raramente —o nunca— vencen en la historia…, y de vencer, duran poco tiempo.
Con respecto al 5 frente al 1.345.953. Sí parece haber una diferencia y un porqué se llega al segundo número, pero lo hacen aquellos que no creen en el ser y por ello tampoco creen en la permanencia de la pertenencia, en la legitimidad que algo sea de alguien frente a que nada sea de nadie, pues en el fondo todo son sólo símbolos en el juego de los abalorios, donde su único secreto es que no tiene ningún secreto. Es así, por esta “verdad” y porque occidente al galopar a lomos del nihilismo, y en donde ahora es mucho más viable para muchos llegar al 1.345.953, se crea tal potencialidad, o la sociedad actual tiene de forma más usual la facultad de que existan más personas con la capacidad negativa anunciada por Keats. De nuevo el peligro de tal tendencia es estar caminando por el borde del abismo, ese que para Nietzsche nos habla si lo sabemos escuchar y nos mira desafiándonos desde las profundidades de su nada. ¿El reto?, andar al lado del abismo sin caer nunca. ¿Lo más posible?, caer en depresiones, en ansiedades, inseguridades, miedos, crisis de identidad y existenciales, adicciones… y el suicidio. Todo ello cada vez más común en un mundo cada vez más asolado por el nihilismo.
Estamos hambrientos de catástrofes (quizás sólo los del lado negativo), eso también es un signo del nihilismo; como contraparte el miedo habla en boca de los que aún defienden una identidad: esto sólo claman la “sangre” de los que no son de su identidad. ¿Quién ganará?
A Corman le replican, aludiendo por ello a todo nihilista: “Prefieres que las cosas se escapen de tu control, porque así no es culpa tuya”, pero, ¿no es lo que se espera que sea dicho por alguien que cree en la identidad narrativa?, vacunados de este “mal” por medio del evolutivo locus del control. Como en todos los casos ejemplificados arriba… la “verdad” siempre tiene dos puntos de vista, lo cual la desacredita para ostentar tal sustantivo bajo el aspecto de lo humano.





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