En Busca de lo Animal del Hombre II
“Debemos amarnos unos a otros o morir” Auden
“La libertad es lo que tú haces con lo te han hecho a ti.” Sartre
“La libertad es lo que tú haces con lo te han hecho a ti.” Sartre
(Del escrito de hace casi un año y que publiqué en “en busca de lo animal del hombre” resté esta parte, que igualmente está inconclusa y que no me encajó poner en el anterior artículo, pero que ahora se me hace necesario para que haga de enlace con el siguiente, pues aquí hay ciertos argumentos que ya adelantan ciertas conclusiones, y porque además parafraseo a Robert Bly -que en ese momento su lectura era reciente-, mientras que si lo hiciera ahora, habría perdido casi todo su mensaje.Lo que me ha hecho decidir publicar esta segunda parte del escrito ha sido la película “Invisible“, una reflexión de su guionista y directora @claudiamyers. ¿El “feminismo” está haciendo que la propia mujer se sienta invisible? Invito a ver la película para saber porqué y cómo está relacionado con este escrito, pues trata sobre la falta de madurez, que ya está afectando a la propia mujer.)
Ahora vayamos a los roles de los sexos. Da igual que una mujer dedique su vida exclusivamente a trabajar y no tenga hijos. Ese comportamiento se puede replicar y extender por imitación en ciertas sociedades, pero otras mujeres tendrán hijas y son ellas las que pasarán su tipo de apuesta a estas. En cada generación se dará esa doble tendencia, la evolución social frente a la puramente reproductora, pero ninguna vencerá sobre la otra y su equilibrio será precario. Si una mujer quiere las dos cosas es posible que sea a expensas de no ser demasiado amorosa, lo que es posible que repercuta en la falta de madurez de su hija, que de esta forma se volverá tan errática como para que al final simplemente opte por ser madre. Todo este juego seguramente se puede reducir a un algoritmo y a un simulador evolutivo. La evolución son estos algoritmos, en donde sólo algunos de ellos encuentran un equilibrio que es el que se mantiene, como para poder ser nombrado o tenido en cuenta. Tanto en lo puramente animal, como en lo social. Reto a una feminista que cree, en un simulador, ese juego evolutivo. Un problema del humano es que se fija más en lo anecdótico que en la regla. Alguien me puede decir que tal mujer, por ejemplo Marie Curie, llegó a ser una gran científica y madre, que pasó su relevo a su hija que también lo llegó a ser, pero en la siguiente generación ya no se mantuvo la continuidad. Curie tenía tanta luz como para iluminar a su hija, pero esta ya no tenía la suficiente para hacer lo mismo con la suya, pues parte de su propia luz era la reflejada de su madre. Lo mismo vale para los hombres. Lo que gana es lo evolutivo, lo general, no lo individual. Las excepciones no crean reglas, las confirman, como se suele decir. Las disrupciones evolutivas son por medio de estados emergentes. No creo que el feminismo lo sea, y si lo es no lo será para llegar a los fines que ellas creen y quieren. Todo estado emergente en lo social siempre opera al modo de la caja de pandora, en donde sale tanto lo bueno como lo malo. A veces lo malo gana a lo bueno, sino en los primeros pasos sí a largo plazo. El armamento es una prueba de ello: ahora tenemos bombas que podrían acabar con la vida compleja del planeta, y son bombas y tipos de guerras que han matado al hombre primitivo del que nos habla Robert Bly, y que por lo tanto han dejado al macho herido de muerte. Cualquier animal se vuelve más peligroso cuando está herido. Gasta todo el resto de su energía en violencia bruta. La esperanza es otro de esos males, pues por ella el humano se mantiene en la cinta andadora y la acelera ininterrumpidamente, siempre esperando que en el siguiente paso por fin hallará la paz y la felicidad; no percatándose que es un adicto al cambio de lo nuevo, a desear lo siguiente sin tratar de disfrutar de lo que tiene en ese momento. Es una máquina de desear, no de disfrutar; su disfrute es el deseo de lo que está por venir. Fijarse sino en nuestro actual comportamiento con los móviles. Nunca se puede decir “tengo el mejor móvil del mercado” y que sea verdad durante varias semanas. Tampoco puedes augurar tener el mejor móvil que la gente que conoces por mucho tiempo. Lo mismo para los automóviles, las viviendas… ¿Quién en día hoy quiere heredar la casa del pueblo de los padres? No para habitarla, si acaso para venderla y tener una nueva casa. Este tipo de comportamiento de la previsión del premio, de lo que está por venir, es la definición, en su reducción, de lo que es una adicción.
Ahora vayamos a los roles de los sexos. Da igual que una mujer dedique su vida exclusivamente a trabajar y no tenga hijos. Ese comportamiento se puede replicar y extender por imitación en ciertas sociedades, pero otras mujeres tendrán hijas y son ellas las que pasarán su tipo de apuesta a estas. En cada generación se dará esa doble tendencia, la evolución social frente a la puramente reproductora, pero ninguna vencerá sobre la otra y su equilibrio será precario. Si una mujer quiere las dos cosas es posible que sea a expensas de no ser demasiado amorosa, lo que es posible que repercuta en la falta de madurez de su hija, que de esta forma se volverá tan errática como para que al final simplemente opte por ser madre. Todo este juego seguramente se puede reducir a un algoritmo y a un simulador evolutivo. La evolución son estos algoritmos, en donde sólo algunos de ellos encuentran un equilibrio que es el que se mantiene, como para poder ser nombrado o tenido en cuenta. Tanto en lo puramente animal, como en lo social. Reto a una feminista que cree, en un simulador, ese juego evolutivo. Un problema del humano es que se fija más en lo anecdótico que en la regla. Alguien me puede decir que tal mujer, por ejemplo Marie Curie, llegó a ser una gran científica y madre, que pasó su relevo a su hija que también lo llegó a ser, pero en la siguiente generación ya no se mantuvo la continuidad. Curie tenía tanta luz como para iluminar a su hija, pero esta ya no tenía la suficiente para hacer lo mismo con la suya, pues parte de su propia luz era la reflejada de su madre. Lo mismo vale para los hombres. Lo que gana es lo evolutivo, lo general, no lo individual. Las excepciones no crean reglas, las confirman, como se suele decir. Las disrupciones evolutivas son por medio de estados emergentes. No creo que el feminismo lo sea, y si lo es no lo será para llegar a los fines que ellas creen y quieren. Todo estado emergente en lo social siempre opera al modo de la caja de pandora, en donde sale tanto lo bueno como lo malo. A veces lo malo gana a lo bueno, sino en los primeros pasos sí a largo plazo. El armamento es una prueba de ello: ahora tenemos bombas que podrían acabar con la vida compleja del planeta, y son bombas y tipos de guerras que han matado al hombre primitivo del que nos habla Robert Bly, y que por lo tanto han dejado al macho herido de muerte. Cualquier animal se vuelve más peligroso cuando está herido. Gasta todo el resto de su energía en violencia bruta. La esperanza es otro de esos males, pues por ella el humano se mantiene en la cinta andadora y la acelera ininterrumpidamente, siempre esperando que en el siguiente paso por fin hallará la paz y la felicidad; no percatándose que es un adicto al cambio de lo nuevo, a desear lo siguiente sin tratar de disfrutar de lo que tiene en ese momento. Es una máquina de desear, no de disfrutar; su disfrute es el deseo de lo que está por venir. Fijarse sino en nuestro actual comportamiento con los móviles. Nunca se puede decir “tengo el mejor móvil del mercado” y que sea verdad durante varias semanas. Tampoco puedes augurar tener el mejor móvil que la gente que conoces por mucho tiempo. Lo mismo para los automóviles, las viviendas… ¿Quién en día hoy quiere heredar la casa del pueblo de los padres? No para habitarla, si acaso para venderla y tener una nueva casa. Este tipo de comportamiento de la previsión del premio, de lo que está por venir, es la definición, en su reducción, de lo que es una adicción.
Con estas conclusiones previas, si se tiene esa mirada reducida y realista de la vida, todos son tránsitos para crear una mujer y un hombre maduros. Arquetípicos: asumir un papel o rol. En esa dirección la vida se puede reducir a la reproducción, a la maternidad y el papel de la mujer. El hombre es un engranaje que gira sobre ese engranaje principal. La mujer sí tenía un proceso claro por el cual llegaba a ser mujer: la menstruación. El hombre no. Hemos de partir que somos una especie mamífera. Casi en el cien por cien de las especies mamíferas el cuidado de las crías es cosa de las hembras. Esto tiene dos vertientes en el hombre. Por un lado el ligazón de las madres y sus crías, el cual hay que llegar a romper, y por otro lado que el hacerse hombre, bajo esa mirada, venía dado por la capacidad de hacer el papel de padre, como persona adulta. Tomar unas responsabilidades, más allá de las propias. En las hembras ese hecho está asumido. El rito de paso del hombre, por este motivo, va en dos direcciones: alejarse de la madre y asumirse como hombre y adulto. Al igual que lo complejo para la naturaleza, durante el embarazo, es crear un hombre, y este proceso consiste en defemeneizar al no-nato y por ello masculinizarlo, este mismo proceso ha de volverse a pasar para llegar a ser un “hombre hombre” a cierta edad. En las tribus de cazadores-recolectores los hijos varones son cuidados por las madres o todas las mujeres, pero a cierta edad los hombres lo toman a su lado para que pase por el proceso de la “defeminación virtual” en sus ritos de paso. Sin este nuevo proceso algo queda inconcluso (el servicio militar suplía en gran medida ese paso, pero igualmente ha sido quitado), sin el papel del padre en las nuevas familias, o el papel de este cuestionado por las sociedades y bajo la mirada errada del feminismo, tal proceso se pierde por completo.
Cuando estaba leyendo el libro de Robert Bly, y a través del pasaje “se dice que en el matrimonio, el hombre y la mujer se dan el uno al otro «su bestia más baja» para que la sujete. Cada uno sujeta las riendas de la «bestia más baja» del otro”, me di cuenta de otro hecho, pero antes hay que tener en cuenta ciertas premisas. Se dice que al perro lo ha domesticado el hombre, mientras que el gato, por el contrario, se está auto-domesticando. O sea en la medida que salía beneficiado de estar cerca del hombre, porque donde estaba él había más ratas, cada vez se fue acercando más y más a él, aceptando en ese proceso al final estar en su hogar. En esa dirección el humano igualmente se ha ido auto-domesticando. Hace tiempo decía que fue la mujer la que fue domesticando al macho, pero por esa frase reflexioné sobre ello. Al padre, de fondo, le preocupan más las hijas y a las madres los hijos. El padre trata de forjar una hija como la quiere un hombre, y la mujer hace lo mismo con su hijo. ¿Conclusión a lo largo de los milenios? Lo que conocíamos hasta hace unas décadas. El humano ha “domesticado” al otro sexo bajo sus propias premisas y se han ido “suavizando” el uno al otro, para tratar de ajustarse lo más posible. Restando todo lo más “salvaje” y extremo. Eso se ha hecho en dos direcciones: la apuntada por Robert Bly: mujer/hombre, hombre/mujer y la que he expuesto yo: padre/hija, madre/hijo. Con esto traigo aquí la pregunta de arriba: ¿cuándo se hizo el humano monógamo?, cuando aún era animal o cuando ya tenía conciencia. Y de tenerla: ¿qué “calidad” de conciencia?, por las pruebas tenía una conciencia basada en el pensamiento mágico. De una u otra forma da igual quien diese el paso hacia la monogamia y la auto-domesticación, si lo buscó la hembra o fue el macho, o si fue un proceso en paralelo. Lo que pienso que ha de quedar claro es que el patriarcado no fue una imposición del hombre, sino un tipo de equilibrio, más a ajustado o desajustado según las épocas y las ideologías de fondo. Esto nos dice Robert Bly: “el patriarcado es una estructura complicada. En términos mitológicos por dentro es matriarcal, y un matriarcado es igualmente complicado ya que por fuera es un patriarcado. La estructura política ha de parecerse a nuestra estructura interior. Y sabemos que cada hombre tiene una mujer en su interior, y que cada mujer lleva dentro de sí a un hombre”. En casa suele darse un matriarcado, por lo menos en España, pero en lo social impera el patriarcado, porque es donde más se ha dado la regla del más fuerte. En casa se negocia, mientras que en los negocios impera lo más cabrón de lo humano y al parecer el macho encaja más en esa postura. Las películas donde una mujer tiene poder se la suele perfilar como cabrona, casi nunca desde el lado más femenino, inteligente, negociador, conciliador, etc. Por esta regla se puede entender mejor la frase de Bly que parece llena de paradojas. La vida es poder indiferentemente de quien lo tenga, en los suricatos y las hienas el poder lo tienen las hembras, y ese poder se ejecuta con su ejercicio, que suele ser cruel y en la mayoría de los casos injusto; mientras que esta capacidad no tiene que operar con el cuidado de los hijos. En ese sentido el amor entró en juego en ciertas especies, pero en tanto que es una postura que hay que terminar por abandonar para volver al juego del poder. Los mamíferos, sobre todo los depredadores, son poder, en donde este emerge desde la maternidad. O sea como dice Bly, el poder tiene una estructura interior de amor, pero a la vez el amor implica y tiene como fin llegar al poder.
Cuando estaba leyendo el libro de Robert Bly, y a través del pasaje “se dice que en el matrimonio, el hombre y la mujer se dan el uno al otro «su bestia más baja» para que la sujete. Cada uno sujeta las riendas de la «bestia más baja» del otro”, me di cuenta de otro hecho, pero antes hay que tener en cuenta ciertas premisas. Se dice que al perro lo ha domesticado el hombre, mientras que el gato, por el contrario, se está auto-domesticando. O sea en la medida que salía beneficiado de estar cerca del hombre, porque donde estaba él había más ratas, cada vez se fue acercando más y más a él, aceptando en ese proceso al final estar en su hogar. En esa dirección el humano igualmente se ha ido auto-domesticando. Hace tiempo decía que fue la mujer la que fue domesticando al macho, pero por esa frase reflexioné sobre ello. Al padre, de fondo, le preocupan más las hijas y a las madres los hijos. El padre trata de forjar una hija como la quiere un hombre, y la mujer hace lo mismo con su hijo. ¿Conclusión a lo largo de los milenios? Lo que conocíamos hasta hace unas décadas. El humano ha “domesticado” al otro sexo bajo sus propias premisas y se han ido “suavizando” el uno al otro, para tratar de ajustarse lo más posible. Restando todo lo más “salvaje” y extremo. Eso se ha hecho en dos direcciones: la apuntada por Robert Bly: mujer/hombre, hombre/mujer y la que he expuesto yo: padre/hija, madre/hijo. Con esto traigo aquí la pregunta de arriba: ¿cuándo se hizo el humano monógamo?, cuando aún era animal o cuando ya tenía conciencia. Y de tenerla: ¿qué “calidad” de conciencia?, por las pruebas tenía una conciencia basada en el pensamiento mágico. De una u otra forma da igual quien diese el paso hacia la monogamia y la auto-domesticación, si lo buscó la hembra o fue el macho, o si fue un proceso en paralelo. Lo que pienso que ha de quedar claro es que el patriarcado no fue una imposición del hombre, sino un tipo de equilibrio, más a ajustado o desajustado según las épocas y las ideologías de fondo. Esto nos dice Robert Bly: “el patriarcado es una estructura complicada. En términos mitológicos por dentro es matriarcal, y un matriarcado es igualmente complicado ya que por fuera es un patriarcado. La estructura política ha de parecerse a nuestra estructura interior. Y sabemos que cada hombre tiene una mujer en su interior, y que cada mujer lleva dentro de sí a un hombre”. En casa suele darse un matriarcado, por lo menos en España, pero en lo social impera el patriarcado, porque es donde más se ha dado la regla del más fuerte. En casa se negocia, mientras que en los negocios impera lo más cabrón de lo humano y al parecer el macho encaja más en esa postura. Las películas donde una mujer tiene poder se la suele perfilar como cabrona, casi nunca desde el lado más femenino, inteligente, negociador, conciliador, etc. Por esta regla se puede entender mejor la frase de Bly que parece llena de paradojas. La vida es poder indiferentemente de quien lo tenga, en los suricatos y las hienas el poder lo tienen las hembras, y ese poder se ejecuta con su ejercicio, que suele ser cruel y en la mayoría de los casos injusto; mientras que esta capacidad no tiene que operar con el cuidado de los hijos. En ese sentido el amor entró en juego en ciertas especies, pero en tanto que es una postura que hay que terminar por abandonar para volver al juego del poder. Los mamíferos, sobre todo los depredadores, son poder, en donde este emerge desde la maternidad. O sea como dice Bly, el poder tiene una estructura interior de amor, pero a la vez el amor implica y tiene como fin llegar al poder.
De una u otra forma una vez que se entró por esa senda de la monogamia y las tribus, se impusieron unas nuevas reglas al juego evolutivo que tenían sus fallas, como lo fue la carencia del salto del nido. De cualquier manera la evolución social de aquellas épocas fueron lo suficientemente inteligentes como para crear los ritos de paso. En la evolución de las religiones estos fueron cambiando, pero en muchos casos se llegó a perder su esencia. En el cristianismo se entierra por completo la madurez del hombre, su encuentro con su hombre primitivo o guerrero interior. Durante la necesidad de las Cruzadas se retomó brevemente. La actualidad se puede diagnosticar como la muerte o la falta de validez de todo rito de paso, sobre todo en las últimas décadas en donde los roles de macho y hembra han tendido a ser cuestionados. Hemos visto arriba que el mayor problema se da en los machos. Es este el que más necesitado está de los ritos. Es el hombre el que ha salido más dañado en el nuevo panorama social. Está perdido. Ha perdido su esencia, su alma guerrera primitiva, y no para mejor, pues los resultados de tales hechos se pueden resumir en las lecturas de las sociedades modernas, y dichos diagnósticos son nefastos.
Con esto llego a las conclusiones finales, que tampoco quiero alargarme mucho. Robert Bly denuncia las últimas generaciones de hombres más suaves, por el hecho que no han pasado por los ritos de paso necesarios. Llama a que el hombre vuelva a sus orígenes a través de buscar su hombre primitivo o su guerrero interior. Pero me parece que es demasiado comedido al exponer los porqués y si son posible las soluciones. Hoy la batalla y el terreno lo está ganando la mujer. No enteramente porque sea su intención, si no por un devenir de distintos factores, de los cuales no parece que haya una vuelta atrás. Tanto él como yo hemos hecho mención a que el concepto de guerrero muere ante las actuales guerras bélicas. La frontera entre el guerrero y la actualidad fue la Primera Guerra Mundial. Demasiado caos; entraron en juego instrumentos de guerra que antes no existían o tenían un papel menor: guerra química, largos bombardeos, la entrada en juego de la aviación y los tanques… Uno ya no era un guerrero, era simplemente “carne de cañón”. De nada valía el coraje, o la sagacidad, ni cualquier otra cualidad del guerrero. Las personas morían por mero azar. Lo que “sujeta” al miedo en el cerebro es la capacidad de tener el control de la situación. Con las nuevas guerras el cerebro pierde esa capacidad y sólo queda el miedo al desnudo. De nada vale hacer una llamada al guerrero interior. Incluso la persona en la que se basa la película “American sniper”, Chris Kyle, por muy héroe que fuera tomado, pasó por un proceso de estrés postraumático. Como nos hace ver Robert Bly en su libro, hubo más víctimas por suicidio de los soldados de la guerra de Vietnam que durante el propio conflicto. En esa medida quedaba atrás en la historia uno de los baluartes del porque y el cómo un hombre podía hacer llamada a su guerrero interior, a su hombre primitivo. En esa dirección la mujer, que siempre ha sido menos belicista, ya no quería a su lado a un hombre que tuviese la capacidad de matar a otro hombre o dejarse matar, y con tal entramado se llegó a la década de los sesenta del siglo pasado, frontera final de un estado anterior al nuevo estado de cosas. ¿Un historiador del futuro podría argumentar que en el inconsciente femenino algo germinó en ese momento como para que se dijeran “ahora es nuestra oportunidad de tomar las riendas”? El adormecimiento del hombre con las drogas y el sexo fácil de las comunas hippies y la liberación sexual terminaron por atar al hombre peludo. Ante la muerte eventual del guerrero, porque él mismo había acabado con sus posibilidades de Ser, ante unas guerras en las que ya no tenían sentido ese lenguaje y sus arquetipos, el propio hombre ya no quiso verse como guerrero (queda en el inconsciente, como prueba nuestro “gusto” por las películas de guerra y de acción, en donde si no hay ninguna mujer mejor). Renegó de ser guerrero, pues era mera carne de cañón en las nuevas guerras.
Los siguientes pasos son consecuentes de todo lo anterior. El matrimonio, como auto-domesticación mutua, ahora nos parece una farsa mantenida con endebles andamiajes por milenios. Funcionaba además por otra regla sencilla que supo muy bien reducir Peter de Vries en la frase: “la importancia del matrimonio no se deriva de que los adultos produzcan niños, si no de que los niños produzcan adultos”. El tener un hijo es el proceso natural que más “obliga” a un cerebro a madurar. No hay vuelta atrás: esa nueva vida depende de uno. El yo personal -y su ego- quedan arrinconados para un fin que los supera. Sea como fuere las equilibradas fuerzas de los arquetipos poder/padre, amor/madre son los que nos mantenían cuerdos a las sociedades humanas y puesto que ya no existía el proceso natural de “saltar del nido”. Aquello que ante su carencia se trasformó en la “herida” y que en los ritos de paso hacían hombres a los varones para “convertirlos” en adultos. En ese proceso los desataban de la ligazón con la madre, de su tipo de amor incondicional y sin límites. Con la liberación sexual se ha tendido cada vez más a las familias disfuncionales, en donde el papel y el rol de padre ya no existe como tal. Ya no hay rito de paso, ya no hay herida real o virtual. O bien la madre hace los dos papeles, lo cual tampoco es sano para el equilibrio cerebral de esa persona, o bien sólo queda el lado maternal de amor incondicional. Saltar del nido significaba que uno asumía que la vida era dura y cruel. Cuando ese paso desapareció de lo humano ese proceso era llevado a cabo por los ritos de paso. Hoy no existe ni uno ni otro. Ni hay tal nido del que saltar, ni existe el papel del padre como poder, donde este representaba la dureza de la vida de “forma controlada” en contraposición al amor maternal. De una y otra forma el resultado sobre todo implica a los hombres, que no pueden llamar al guerrero interior, al hombre primitivo y peludo, pues ya no tiene cabida, y en ese proceso se queda en un medio camino en el que ni es niño, ni es adulto. Con esa herida ontogénica al narcisismo del “macho” este pasa por etapas de falta de identidad, de no encajar en ningún rol, de tal manera que ese estado le puede llevar a la falta de seguridad, a complejos de inferioridad y otros trastornos, que al final se pueden manifestar en adicciones y en violencia. ¿Resultado? Violencia de género, la vuelta al sexo por el sexo, y la actual generación copo de nieve: personas que son demasiado sensibles a la más mínima frustración, y generaciones que no parecen querer saltar del nido.
En el proceso la mujer no ha ganado nada. En el fondo quieren “un hombre hombre”, ese macho que asumía su adultez sin ninguna fisura, de hace siglos, pues ahora sólo se encuentran a hombres-niño que se escapan de las responsabilidades a la menor, y que se “encienden” a la mínima (concepto del cobre en Robert Blay). Lo que he dicho en otros lugares: el feminismo está provocando y creando lo que él mismo ataca y no desea. Cuanto más avanza más se pronuncian sus secuelas. Y con feminismo en este caso no me refiero a aquel que pide los derechos en igualdades y demás cuestiones básicas propias de los derechos humanos, sino a aquel feminismo que cuestiona roles y quiere destruir todos los muros para ver que ahí tras de ellos. Con esto no apuesto por una vuelta atrás. Cuando algo muere ya no hay forma de volverlo a la vida, lo que nos queda de ese intento es un Frankenstein, que es lo que es ahora la sociedad actual: el cadáver resucitado de lo que alguna vez fuimos. Al humano le llevó cientos de milenios llegar a algún equilibrio, que se ha roto en los últimos siglos. Parte de esta culpa la tiene el cristianismo y la herencia hebraica, que ha sido la que “domó” a la mujer a esa posición que ahora destruyen. En la pluralidad de las creencias y los mitos cada sexo hacía su papel en equilibrio. La tradición hebraica desechó todas las pluralidades bajo una que se basaba en la sumisión y la parte más “blanda” de la mujer. Ahora ya ni podemos volver a las viejas creencias, ni podemos construir nada con los muros derrumbados del anterior sistema. Vivimos en las ruinas de una vivienda que ya nunca se podrá volver a habitar. ¿Lo que queda?, la conclusión de otros mamíferos, el macho sólo está para la fecundación, y después hay que dejarlo de lado. El problema es que bajo este sistema ni la mujer ni el hombre parecen llegar a la madurez, y si ocurre parece ser que sea por puro azar. El humano se tiene que centrar en sí mismo y buscar sus propios equilibrios de forma precaria. Los demás ya no están para llevarte a la madurez, el rito de paso ha desaparecido por completo, puesto que ya ni siquiera hay un arquetipo al que llegar. Cada uno crea su propia identidad fuera de todo arquetipo, de todo rol. Devenimos así en el yo cristalizado, multifacético, disperso, disgregador, egotista y narcisista…, con lo que lo central ahora ya no es la familia y ni siquiera el amor, que es parte del cadáver en putrefacción del sistema anterior, sino uno mismo, el amor propio, cada individuo.
Inacabado…
(Apuntes al margen. No se puede afirmar que la posición que está tratando de “derrocar” el feminismo sea por la herencia hebraica. Siempre olvidamos oriente. Estas culturas, sobre todo la japonesa, es más representativa de lo que denuncian las feministas. El origen del patriarcado hay que buscarlo en la etapa animal, hay muy pocas especies que sean matriarcales, o sea, es la excepción sobre la regla patriarcal o de poder.
Lo que es el humano en su relación con el otro sexo quizás quede mejor explicado por este análisis de Kierkegard: “el hombre es espíritu. ¿Pero qué es el espíritu? Es el yo. Pero entonces, ¿qué es el yo? El yo es la relación que se refiere a sí misma, o dicho de otro modo, es aquello en la relación que se relaciona consigo misma; el yo no es la relación, sino que (consiste en el hecho de que) se refiere a sí misma”. “En la relación de dos términos, la relación entra como tercero, como unidad negativa y los términos se relacionan a la relación, existiendo cada uno de ellos en su relación; así, por lo que se refiere al alma, la relación del alma con el cuerpo no es más que una simple relación.” Si cambiamos hombre por pareja quedaría así: “la pareja es su espíritu (esencia). ¿Pero qué es el espíritu? Es la dualidad. Pero entonces, ¿qué es la dualidad? La dualidad es la relación que se refiere a sí misma, o dicho de otro modo, es aquello en la relación que se relaciona consigo misma; la dualidad no es la relación, sino que (consiste en el hecho de que) se refiere a sí misma”. “En la relación de dos términos, la relación entra como tercero, como unidad negativa y los términos se relacionan a la relación, existiendo cada uno de ellos en su relación; así, por lo que se refiere a la pareja, la relación del hombre con la mujer no es más que una simple relación.” Si se mata al espíritu dual muere la humanidad tal como era hasta ahora. Lo que venga y como será… quien sabe, pero no creo que sea para mejor. Que el espíritu sólo emerja en el encuentro carnal, en el sexo, lo vuelve meramente cuerpo, materia, carne -carnal-, en donde el espíritu ya no lo habitará. En esa dirección cada sexo cosificará al otro, pues el espíritu habrá muerto en ese proceso. Esto queda patente en que el lenguaje cada vez es menos romántico, poético y sí por el contrario más físico y que habla de la superficie. Hoy más que nunca cada sexo trata de forjarse a través de su imagen exterior, yendo a gimnasios, cuidando hasta el extremo su externalidad, como lo demuestran los hipster o el hombre musculado -que no fuerte- en los hombres.)
Lo que es el humano en su relación con el otro sexo quizás quede mejor explicado por este análisis de Kierkegard: “el hombre es espíritu. ¿Pero qué es el espíritu? Es el yo. Pero entonces, ¿qué es el yo? El yo es la relación que se refiere a sí misma, o dicho de otro modo, es aquello en la relación que se relaciona consigo misma; el yo no es la relación, sino que (consiste en el hecho de que) se refiere a sí misma”. “En la relación de dos términos, la relación entra como tercero, como unidad negativa y los términos se relacionan a la relación, existiendo cada uno de ellos en su relación; así, por lo que se refiere al alma, la relación del alma con el cuerpo no es más que una simple relación.” Si cambiamos hombre por pareja quedaría así: “la pareja es su espíritu (esencia). ¿Pero qué es el espíritu? Es la dualidad. Pero entonces, ¿qué es la dualidad? La dualidad es la relación que se refiere a sí misma, o dicho de otro modo, es aquello en la relación que se relaciona consigo misma; la dualidad no es la relación, sino que (consiste en el hecho de que) se refiere a sí misma”. “En la relación de dos términos, la relación entra como tercero, como unidad negativa y los términos se relacionan a la relación, existiendo cada uno de ellos en su relación; así, por lo que se refiere a la pareja, la relación del hombre con la mujer no es más que una simple relación.” Si se mata al espíritu dual muere la humanidad tal como era hasta ahora. Lo que venga y como será… quien sabe, pero no creo que sea para mejor. Que el espíritu sólo emerja en el encuentro carnal, en el sexo, lo vuelve meramente cuerpo, materia, carne -carnal-, en donde el espíritu ya no lo habitará. En esa dirección cada sexo cosificará al otro, pues el espíritu habrá muerto en ese proceso. Esto queda patente en que el lenguaje cada vez es menos romántico, poético y sí por el contrario más físico y que habla de la superficie. Hoy más que nunca cada sexo trata de forjarse a través de su imagen exterior, yendo a gimnasios, cuidando hasta el extremo su externalidad, como lo demuestran los hipster o el hombre musculado -que no fuerte- en los hombres.)

Comentarios