El Juego de la Vida y la Evolución
❝Lo que siempre ha convertido al Estado en un infierno en la tierra ha sido
que el hombre haya intentado convertirlo en su paraíso.❞ Friedrich Hölderling
❝Mi investigación casual sugiere una opinión generalizada, si no unánime, de que el sistema
tiene algunas de las características de una trampa.❞ Thomas Schelling
❝El objetivo de todas los utopías es, en mayor o menor medida, eliminar a las personas reales.❞ John Carey (esto me ha recordado al feminismo y la teoría Queer)
❝La sociedad necesita positivamente algún vicio para mantener lubricados sus engranajes.❞ Edmund Burke
❝La historia nos demuestra de lo que las personas somos capaces, y no se parece mucho al Edén.❞ Phillip Ball
Imaginar el siguiente experimento mental. Al principio de la vida te muestran y dan una imagen, y durante toda la vida tendrás que ir recogiendo piezas del puzle, que te irás encontrando aquí y allá, para tratar de finalizarlo. Como en tu caso es un paisaje, con un río y un cielo azul con apenas unos pocos cirros, tu cerebro estará predispuesto a detectar todas las piezas del puzle que sean azules y verdes. Descartando las que sean rojizas o amarillas, y descartando igualmente todas las que contengan partes de edificaciones o aparatos tecnológicos como barcos o camiones, etc. A cada edad actuarás de distintas maneras. Siendo niño buscarás las piezas con ansia y como juego, en la adolescencia y la juventud con ímpetu y denuedo, pero según se vayan sumando los años cada vez será menor el entusiasmo, hasta llegar a una edad en la que ya te dé igual dejar o descartar algunas piezas que no estén demasiado a mano.
La estructura que se da en el anterior juego es equiparable al sesgo de confirmación. El buscar o detectar los mensajes y las acciones en la vida que den la razón a nuestra propia forma de vivir, a nuestra identidad. Lo he sacado a colación para analizarlo bajo otro punto de vista. A mi edad cada vez es peor la memoria a corto plazo, e irá a cada vez a más. El caso es que sólo recuerdo aquello que implique el sesgo de confirmación. Que sea una pieza del puzle que pueda encajar con mi visión del mundo, descartando y olvidando toda aquella pieza que ni por asomo lo pueda ser. O sea, más que un sesgo egoísta, quizás pueda tener que ver más con un sesgo económico. Para el caso, y habiendo escasez de gasolina, uno no se desplaza hasta una gasolinera a decenas de kilómetros gastando 30€ para cargar ese mismo dinero o el doble, porque es una operación inútil en el que no se ha ganado nada, y en el que además hemos gastado nuestro tiempo. Nuestro cerebro, en ese caso, gasta preferiblemente su energía en tratar de terminar su propio mapa mental. Se desgasta, en definitiva, en tratar de dar sentido a su propio relato e identidad.

En mi caso, ya apenas si recuerdo poco o nada de la posible docena de libros que he leído, en unos cuatro meses, o apenas esos pocos detalles que daban razón a mis propios puntos de vista. Lo cual resulta bastante vano y sin sentido, pues además, y de hablar con alguien, posiblemente no los podría recordar, o una mínima parte, para dar más base a mis propias ideas. En ese caso en los escritos trato de volcar las ideas que me surgen en cierto momento dado, y con respecto a lo que he leído, y en cierta forma queda constancia de un momento mínimo en donde mi cerebro coloca ciertas partes del puzle de otros autores, a mi propio puzle. Escritos, por otro lado, que igualmente terminaré por olvidar (aunque siempre quede la posibilidad de volverlos a leer).
Nuestra vida es, así, una lucha contra el olvido. Lo que me recuerda el por qué el humano ha introducido la transcendencia como una de las partes de su condición animal. Ningún animal tiene de forma implícita la transcendencia, o como mucho en la generación que le sobreviva. Somos por cuanto existe la historia y por cuanto algunos humanos transcienden en el tiempo.
Off-Topic. Estoy saturado de leer. Voy a tomarme unas vacaciones de la lectura.
He terminado de leer «Masa crítica» de Phillip Ball, de más de 400 páginas. Se volvió más interesante en las últimas partes, sobre todo en los temas referentes al dilema del prisionero. Eché de menos algún esquema para terminar de comprender todas las distintas estrategias al respecto…, voy demasiado rápido. Recapitulo para poner en antecedentes.
«En el juego que diseñaron Flood y Dresher había una apuesta. Se lo conoce como «El dilema del prisionero» e introdujo la teoría de juegos en la sociología, la biología y la ciencia política. Juegan dos agentes a quienes en la metáfora aclaratoria se les describe como prisioneros sospechosos de haber cometido un crimen. A ambos se les ofrece la posibilidad de testificar contra el otro, lo cual, a cambio de la propia libertad, supondría la condena del contrario. Si ninguno de los dos accede a testificar, ambos serán condenados, pero a una sentencia muy leve a causa de la escasez de pruebas.»
Es un ejemplo claro de qué es lo que la evolución mantiene como apuesta o como rasgo de los seres humanos, ya que en una versión iterativa, donde se juega muchas veces, al final unos tipos de elecciones vencen sobre otras, y son tales apuestas, o rasgos, los que la evolución mantiene. O sea, si se juega una sola vez no hay realmente aprendizaje, pues no se espera una revancha de tu contrario, de tal forma que si sólo sucede esa vez, la apuesta tiende a ser la de confesar a la espera que el otro no lo haga. Este dilema forma parte de la teoría de juegos, en donde en su conclusión, y no sin cierta carga moral, la mejor apuesta es la colaboración: que ninguno de los dos denuncie al otro. Phillip Ball, entre otros, dice que es por este hecho que la cooperación parte de la condición de nuestra especie, pero igualmente dice que la defección —deserción, traición, engaño— se da sobre todo en casos en los que esa otra persona no forme parte de nuestro círculo cercano de personas, o que en otro caso, que tal persona ya no vuelva a ser parte de nuestra vida.
(Hay, en lo básico, tres estrategias en juego en la evolución: engaño —sobre todo entre depredadores y presas—, cooperación —entre ellas la simbiosis— y altruismo —la que se suele desplegar en la inversión parental—.)
(Un claro ejemplo son las roturas de pareja. Aún recuerdo todo lo que se me ha echado en cara cuando he terminado con alguna de mis parejas, a modo de «hundirme» un poco en la miseria y de destrozar lo que yo creía que había ido bien. Yo no soy revanchista, me callaba en silencio a partir de sus «reprimendas» o confesiones a posteriori, y que ya no podían ser constructivas —quizás he ido perdiendo ese rasgo con la edad—. Creo que esta confesión puede ser tomada como una revancha, no es exactamente así, aunque caiga en tal patrón. Mi pretensión ha sido sólo mostrar un ejemplo y en primera persona.)
Siendo de esta manera la vida, es muy cínica, pues no es que seamos exactamente colaboradores de «buen corazón» (en algunas personas y casos, sí), sino a expensas de que tememos las reprimendas o las posibles venganzas o desventajas de no ser colaborativos. En un caso…, quizás el más claro y cínico: un vendedor, un comercial, está «condenado» a no tratarte de engañar y mostrarse colaborativo e incluso amigable, pues en definitiva te trata de fidelizar, que vuelvas más veces a su comercio o a comprarle más cosas. Lo cual da desventaja a los turistas o personas de paso en una localización. Yo sé que en algunos bares, cuando he parado en un pueblo, me han cobrado de más o me han dado una ración en vez de un pincho, o me han dado algo de peor calidad, porque saben que no me van a volver a ver la cara (pasaba más antes, pues el turismo estaba menos extendido, cada vez pasa menos, pues además estamos en una época de mayor bienestar donde no hace falta tanto recurrir a estos ardides).
Sobre el dilema del prisionero hay torneos anuales, donde algún investigador viene, quizás, con una nueva estrategia y la pone a prueba con respecto a las que hayan vencido hasta ese momento. La que se mantuvo durante más tiempo como vencedora fue la del «ojo por ojo«, en donde el jugador toma la estrategia de ser colaborativo siempre y cuando el compañero no le denuncie. En caso que le denuncie, él lo hará la siguiente vez a la primera, con respecto a la misma persona…, lo que le obligará a comportarse a sabiendas que juega bajo las reglas del ojo por ojo. De nuevo sale a colación que lo que vence es el miedo a perder la segunda vez. De la misma forma sale a colación otra regla: el por qué es parte de la condición humana el «ojo por ojo». Volviendo al tema de las personas que me hayan podido «engañar» en los bares de paso, hay un refrán muy español que dice «arrieritos somos, y en el camino nos encontraremos», que viene a decir que «ya nos volveremos a encontrar y se podrán volver las tornas», que de nuevo llama al ojo por ojo. Sea como fuere, la conclusión vuelve a ser la misma. No es que seamos especialmente colaborativos, es que no nos queda otra que serlo, a no ser a que nos atengamos a que nos podrán devolver con creces nuestros propios malos comportamientos. Si nos damos cuenta, la sociedad actual está reglada por esta «imposición» de lo colaborativo, pues la actual tendencia es el poder ser etiquetado, o incluso el ir ganando estrellas o puntos, dada la alta interactividad de un nuevo mundo cada vez más interconectado. Dos ejemplos de ellos es el servicio UBER, donde tanto el conductor como el cliente se dan puntos recíprocamente, o las actuales puntuaciones a los comercios, sobre todo de los restaurantes y los bares. Este sistema se ha vuelto tan eficaz que China ha implementado los puntos de buen o mal ciudadano.
Pero no era a esto a lo que quería llegar. El juego de la evolución al que me refiero con el título no es el mostrado en el dilema del prisionero, que también, sino al de «piedra, papel o tijeras«. ¿Por qué? Phillip Ball nos hace ver que distintos pensadores, sociólogos, economistas o politólogos de la historia se han planteado cuál es la «verdadera» naturaleza humana, cuál está más marcada que el resto, y cuáles serían los medios y las estrategias más válidas para crear una sociedad económicamente estable y feliz. La más pesimista, quizás la más relacionada con lo que he escrito hasta ahora, sea la hobbesiana, pues puede llegar implicar atacar como modo de prevenir un posible ataque del enemigo —esto nos recuerda que es la postura tomada por Putin—. Es la llamada guerra preventiva. A la vez este tipo de comportamiento está asociado a las ideas de Maquiavelo, de donde nos viene el concepto de maquiavélico, pareado o cercano a maligno.
(Estoy volviendo a ver «Juego de tronos», donde se hacen implícitas todas las ideas hobbesianas o maquiavélicas. Es curioso, y no recordaba, que todos los problemas subsiguientes se iniciasen desde los niños, los hijos de dos casas o reinos, pues tal idea marca dos cosas: que el mal pueda nacer desde la inocencia, y nazca a la vez por la defensa de la familia y la descendencia.)
Una visión del mundo más benigna —e incluso contraria— es la dada por Rousseau y su concepto del buen salvaje. Para el pensador francés el humano nace bueno y la sociedad le corrompe, pero analizando las pocas sociedades de cazadores-recolectores que quedan, la condición humana no es ni enteramente hobbesiana, ni enteramente rousseauniana, sino que los dos tipos de estrategias conviven y parecen luchar a nivel evolutivo/social. Ahí es donde entra en escena el juego de «piedra papel o tijeras». Analizando el tema desde la antropología y la psicología evolutiva, puede que Rousseau tuviese razón, y que en un tiempo muy remoto fuésemos más «buenos». A esta conclusión se puede llegar al analizar el comportamiento de los niños de muy poca edad, donde parecen ser muy colaborativos de forma innata. Este rasgo se va perdiendo al ir creciendo y al irse encontrando, cada persona, con situaciones donde otros niños sacan ventaja de tal innata tendencia a ser colaborativo. A la larga tal rasgo retrocede ante el «realismo social», donde la inocencia y la bondad es la que suele salir perdiendo. O sea, a nivel evolutivo debimos de nacer de un tipo de animal muy colaborativo…, posiblemente porque su alimentación era la fruta y había en abundancia, y donde además el trato era con otros que eran en algún grado nuestros familiares, pero tal tendencia se fue al traste en cuanto bajamos de los árboles y se pasó por épocas de escasez de comida. Esto se hace evidente a que se tiende a ser más colaborativos y generosos en épocas de vacas gordas, y lo contrario en época de vacas flacas, y extremadamente egoístas y maquiavélicos en épocas de gran escasez, grandes desastres, pandemias o guerras.
Por ello que al juego que jugamos, a nivel evolutivo, no sea uno en el que una postura gane al resto. En el juego de piedra papel o tijeras, ninguno gana al resto, el juego consiste en tratar de entrar en la mente de los otros para usar una estrategia u otra, y no siempre siendo la misma para que a la vez no nos lean nuestra mente. O sea, este juego no es a nivel individual, pues en una sociedad del bienestar se tiende hacia la colaboración, es un juego evolutivo y a nivel de juego con otras culturas o países, y en la dirección de hacer ver que, pongamos el caso, en unas épocas ganan unas estrategias, frente a otras épocas en las que ganan otras. Para el caso colaborar sería a nivel social/evolutivo apostar por piedra, pero no colaborar sería tijeras, y atacar al otro sería papel. Es un sistema cíclico donde la «saturación» de una de las estrategias es vencida por la siguiente, que deviene en un nuevo ciclo de «cansancio» y entrada en juego de la siguiente estrategia. O para ser más justo, por miedo del ojo por ojo, y en épocas o sociedades de bienestar, se apuesta por la colaboración (como ha sido hasta 2008 la sociedad en el primer mundo), se pasa a una segunda época, y mediada por la crisis, a ser menos colaborativos, para terminar por entrar en una época más egoísta y destructiva (en la que estamos entrando ahora). Tal parece ser que ninguna venza y se mantenga sobre las otras, como así es con el juego de piedra papel y tijeras, pues en realidad no existen de forma «pura» ninguno de los tres estados, sino que lo que en realidad se da, es que llega cierto momento en donde algunos agentes del sistema cambian de estado al de no colaborar o desertar antes que otros (caso del comportamiento de las corporaciones y la banca antes de la crisis del 2008), hasta que llega un momento que lo que reina en el sistema es la no colaboración, y desde la subsiguiente época en donde reina la suspicacia —y vigilantismo, como así es ahora— se llega a la siguiente, y última, de «sálvese quien pueda».
Tal como ha avanzado la historia la regla a la que se está tendiendo es a la de mantener las sociedades del bienestar, en la dirección que lo que prime sea la colaboración. Además hemos implementado distintos dispositivos sociales para tratar de aminorar la profundidad de las crisis, como para que nos sea más difícil cambiar de estado, pero tal parece que llegase un momento donde tal sistemas, y sus contramedidas, no se mantienen lo suficientemente estables como para mantenerse durante mucho tiempo. ¿Es algo social o es algo implícito de la naturaleza individual del ser humano?, ¿acaso no nos termina, siempre y al final, por aburrir la eterna estabilidad? Cometemos fallos, o somos menos sensibles para detectarlos, y acometemos más riesgos, cuando el límite de estabilidad llega un grado en el que ya no nos aporta placer, cuando sí por el contrario nos crea cansancio, fastidio y aburrimiento. O sea, que en algún grado nuestro cerebro igualmente juega a piedra papel y tijera a lo largo de la vida y esta misma tendencia es la que se refleja en lo social. Esto es lo que queda manifiesto en la paradoja de la felicidad, donde alcanzarla es lo que la mata, y nos vemos sometidos a volver a buscar nuevas novedades y desafíos, que a la vez nos volverá a meter en la dinámica de pasar por una pequeña crisis hasta poder alcanzar nuestras nuevas metas. ¿Mecanismo que está tras de esto?, la dopamina y en tanto que esta implica la retroalimentación positiva. A la mayoría de los animales les vence la estabilidad, lo homeostático, la tendencia al equilibrio. La dopamina, sobre todo en los mamíferos, les riega el cerebro en la infancia, y al llegar a la madurez se estabilizan a unos comportamientos repetitivos y aprendidos. En ese caso el humano, quizás, se parezca más al gato que al perro. El gato se está metiendo una y otra vez en problemas, porque parece estar más regado por la dopamina y el deseo de explorar cosas nuevas, y ya se sabe…, «la curiosidad mató al gato».
La hipótesis expuesta no es mía, la ciencia lo aplica al comportamiento de otros animales. Abajo dejo un extracto sobre tal comportamiento en las lagartijas de manchas laterales, pero tales tipos de estrategias se han analizado en otros animales, entre ellos los pulpos, luego viene de muy antiguo en la evolución.
Mecanismo de piedra, papel o tijera
Las lagartijas machos con manchas laterales exhiben un polimorfismo distinto en los colores de la garganta y se pueden dividir en tres categorías diferentes. Cada uno de estos tres morfos diferentes varía en la forma en que compiten por aparearse, y la variación dentro de una población reproductora se mantiene mediante un mecanismo de piedra papel o tijera de la selección sexual dependiente de la frecuencia. Se crea un ciclo, en el que el morfo menos común de una temporada de reproducción, a menudo, tiene la mayor cantidad de crías vivas maduras en el próximo año. Esto se debe a que a un morfo le va particularmente bien contra otro, pero mal en comparación con el tercero.
- Los machos de garganta naranja son «ultra-dominantes». Son la forma más grande y agresiva, defienden territorios relativamente grandes (alrededor de 100 yd2 o 120 yd2 ) y mantienen harenes de hembras con las que se aparean. Son expertos en robar parejas de individuos de garganta azul, pero son vulnerables a los engaños de los imitadores de garganta amarilla. Los machos de garganta naranja también tienen tasas de supervivencia anual significativamente reducidas en comparación con los otros dos morfos (se desgastan antes en su frenesí: similar a nuestra idea de «vive a tope, muere joven y deja un bonito cadáver»).
- Los machos de garganta azul son «dominantes». Son de tamaño intermedio y protegen territorios más pequeños que contienen una sola hembra. Como solo tienen una pareja para defender, son mejores para atrapar furtivos de garganta amarilla, pero también son susceptibles de que los machos de garganta naranja más grandes y agresivos les roben a sus parejas.
- Los machos de garganta amarilla son «zapatillas» (sneakers: acomodadizas, multiuso). Su coloración es similar a la de las hembras sexualmente maduras y, por lo general, imitan las muestras de «rechazo» de las hembras cuando se encuentran con machos dominantes de garganta naranja o azul. A diferencia de los otros morfos, los machos de garganta amarilla no tienen territorios. En cambio, tienen áreas de distribución de gran alcance que pueden superponerse con los territorios de varios otras lagartijas. Confían en su mimetismo para aparearse furtivamente con hembras desatendidas. Esto se logra más fácilmente entre los harenes mantenidos por machos de garganta naranja que por la única pareja de los machos de garganta azul, estrechamente custodiada. Aunque los machos de garganta naranja tienen las tasas de mortalidad más altas, los machos de garganta amarilla tienen tasas relativas más altas de fertilización póstuma (nacimiento póstumo), lo que indica una mayor dependencia de la competencia de espermatozoides, como parte de su estrategia reproductiva. Los machos de garganta amarilla pueden, en casos específicos, transformarse en machos de garganta azul durante el transcurso de la temporada de reproducción. Esta transformación generalmente se desencadena por la muerte de un macho dominante cercano, y las manchas azules que desarrollan los machos de garganta amarilla son cualitativamente distintas de las manchas azules de los machos genéticamente de garganta azul. No todos los machos de garganta amarilla se transforman, pero cuando lo hacen, abandonan su mimetismo femenino y adoptan el patrón de comportamiento del morfo «dominante». No se han observado transformaciones en la otra dirección, en la que los machos dominantes adquieran una coloración de garganta amarilla.
También se ha demostrado que las lagartijas hembras con manchas laterales exhiben diferencias relacionadas con el comportamiento en la coloración de la garganta. Las hembras de garganta naranja se consideran estrategas R. Por lo general, producen nidadas grandes que consisten en muchos huevos pequeños. En contraste, las hembras de garganta amarilla son estrategas K que ponen menos huevos y más grandes. Al igual que los morfos masculinos, las frecuencias de estos dos morfos femeninos también ciclan con el tiempo. Sin embargo, el ciclo es más corto (dos años en comparación con el ciclo de cuatro o cinco años de los morfos masculinos) y no es el resultado de una selección sexual dependiente de la frecuencia. En cambio, las hembras de garganta naranja tienen más éxito en densidades de población más bajas, donde la competencia por el alimento es menos feroz y se produce menos presión de selección por depredación. Cuando la densidad de población es alta o cuando abundan los depredadores, las hembras de garganta amarilla tienden a tener un mayor éxito reproductivo. En general, sus crías más grandes tienen mayores tasas de supervivencia a corto y largo plazo, y estas ventajas se magnifican en tiempos de escasez. Las lagartijas con manchas laterales muestran exhibiciones y agresividad poco después de la eclosión, e incluso pequeñas diferencias de tamaño pueden conducir a un mayor dominio social y capacidad para superar a las crías más pequeñas.
(Resulta extraño todo esto, en tanto que el color de la mancha «denuncia» la estrategia del macho (señal honesta), e igualmente «raro» que la apuesta azul sea un color que no porten las hembras, como si fuese la menos engañosa.)
¿No se parece demasiado a lo humano? En muchos escritos hago ver que la mujer tiene varias estrategias de emparejarse, dependiendo de la situación social. En tiempos de bienestar prefieren los hombres colaborativos, en tiempos de crisis optan por las apuestas más ladinas y emprendedoras, y en tiempos de guerra por los más fuertes, crueles y duros (o en posiciones de poder). No analizando a una por una, sino como regla que sale a nivel estadístico y al analizar la totalidad de las mujeres, o las que salen mejor posicionadas a través de cada fase o ciclo. ¿Finalidad?, que sobrevivan ellas y su descendencia. ¿Es mi punto de vista demasiado cínico o en realidad sólo realista? ¿Qué pretendo demostrar? La idea del patriarcado es falsa. En el caso de las lagartijas de manchas laterales, los machos «no existen» —y tienen tres tipos de comportamientos distintos— por sí mismos, sino a expensas de la reproducción de la hembra y las reglas de su selección de un macho sobre otros. Aunque el papel parece pasivo, a nivel de la vida de una sola hembra (vivir en un harén, por ejemplo), no es así a nivel evolutivo, puesto que son ellas al elegir a un macho sobre otros, las que viran la sociedad y la evolución hacia una tendencia u otra (excepto que sean captadas, equivalente a la violación en lo humano). La sociedad no es más igualitaria por «culpa» de algunos hombres menos colaborativos, sino en tanto que tales hombres son los más seleccionados por las mujeres para perpetuar la especie. Con todo no es la posición que gana sobre el resto, pues vivimos en un eterno juego de piedra papel o tijeras, dependiendo de cada época y de la elección de las mujeres a la hora de buscar unos padres para su descendencia. Pensarlo detenidamente a tenor de todo lo analizado.
(Los artistas y creativos —bajo mi punto de vista y teniendo en cuenta a los de antes, pues los de ahora en parte tienden a ser más emprendedores— son el equivalente de las lagartijas de mancha amarilla. Parecen menos interesados en los bienes, suelen ser más colaborativos y cercanos a la mentalidad de las mujeres, pero en el fondo tratan de ganar ventajas sexuales desde tales posiciones ambiguas —aprender a tocar la guitarra y dedicar canciones…, hacer cuadros y regalarlos—. El caso es que lo que en principio pudo nacer de una estrategia simple, y quizás algo tramposa, al final ha creado construcciones y creaciones como la «Sagrada familia» de Barcelona, o cualquiera de las grandes obras de la humanidad.)
Conclusiones últimas. Toda la economía mundial se basa en sistemas piramidales (donde ganan más los que están más arriba), por mucho que se quiera diferenciar una de otra. Cuando lo que estaba en juego en lo humano sólo era el trueque, se intercambiaba lo excedente por aquello que se necesitaba. En cuanto estuvo por medio el dinero, o incluso los intermediarios, el que vendía tendió a intentar salir ganando del trato (menos cooperativo, más tendente al engaño). Phillip Ball hace mención de un tipo de estrategia donde de lo que se trata no es de engañar mucho a unos pocos, sino engañar poco a muchos (no copié en un texto aparte el cómo llama a este tipo de estrategia, creo que hace uso de un término a nivel personal y para el escrito, pero que no existe de por sí, pues bien mirado es lo «normal» en sociedad). ¿Qué es el consumismo y el comercio actual sino esa ganancia a cuentagotas de poco a muchos?, ¿qué la bolsa sino la ganancia de aquellos que ante sus riquezas saben mantener el temple, ganando lo poco que tienen los pequeños —o incluso medianos— inversores, durante las caídas y las subsiguientes subidas de la bolsa? La última vuelta de hoja de tal sistema piramidal son los YouTubers, donde céntimo a céntimo, y cientos o millones de seguidores, al final se crean grandes fortunas. Todos estos sistemas han hecho que el humano se haya metido hacia un camino cada vez más estrecho: el de la ganancia a costa de cualquier otro valor humano. Hoy estamos en la parte más alta de tal sistema: el capitalismo. Nos hacen comprar «mierdas», que además duran poco o que inmediatamente lo mejoran para que —propiciado por la dopamina— queramos tener la última novedad. ¿Qué puede salir o estar mal de tal sistema? Piedra papel o tijera. El propio sistema termina por colapsar dentro de una de sus estrategias, y virará por sí solo hacia la siguiente estrategia. ¿Posibles causas en la actualidad?, los individuos se están terminando por cansar de las corruptelas y los desniveles de injusticia a los que estamos llegando. O bien, y esta situación es nueva, por el alto grado del consumo de la materia prima y la energía, llegaremos a un momento en el cual nuestro planeta, y sus limitados recursos, nos harán caer de esta excesiva tendencia hacia el consumo conspicuo. Sea como fuere, lo primero que caerá es la narrativa de vernos a nosotros mismos, al ser humano, como un ente vivo digno de tal nombre.
Segunda conclusión. Como el propio Phillip Ball dice, ninguna de las posibles apuestas humanas tiene que vencer, a la vez que todas se necesitan. El caso es hallar un equilibrio en el que ninguna salga excesivamente perjudicada o beneficiada. No era la tendencia hacia la que íbamos, por más que se empeñen los liberales, los capitalistas y la agenda 2030. El sistema está entrando en una etapa de decadencia, y en ese caso Putin ha iniciado el turno de la «tijera». Los agentes individuales y sus nombres no cuentan, sólo son «verdugos» —agentes pasivos— de un sistema cíclico y sin la meta de llegar nunca a un eterno equilibrio, pues como dice Thomas Schelling, cuando un ahorcado deja de tambalearse, eso sólo significa que está muerto. La vida es en tanto que permanece en un estado eterno de un precario equilibrio, y hacia el desequilibrio, o su colapso o muerte. Somos en tanto que jugamos eternamente a piedra papel o tijeras. Dejar de jugar, o que una de las estrategias venza sobre las otras, significaría la muerte.
(Remito al capítulo XVII y siguientes del libro de Phillip Ball, para ampliar de una forma más exhaustiva, detallada y analítica, todas las posibles estrategias que pueden entrar en juego en lo social. La idea que aquí he planteado no está en su libro. He mezclado ideas de Ball y de la psicología evolutiva expuestas en el libro «The moral animal» de Robert Wright.)
«No caigas en la tentación de extrapolar de la psicología del individuo el comportamiento del grupo.» «Uno de los hallazgos más sorprendentes es que, en unas elecciones democráticas, no hay un ganador mejor que otro.» «Epstein sugiere que estructuramos nuestra sociedad de forma que tengamos que pensar lo menos posible.» «Joshua Epstein, de la Institución Brookings, señala que, si bien muchos psicólogos y sociólogos han estudiado el proceso de decisión, la sociedad prefiere, en general, evitar precisamente la toma de decisiones.» «La conformidad a una norma elimina la necesidad de pensar demasiado en las decisiones.» «Introducir un pequeño ruido constante y aleatorio en este modelo (algo de confusión o arbitrariedad en las decisiones de los agentes) no evita que se formen dos bloques de una preferencia u otra, pero hace que los límites entre ambos bloques sean móviles. Las opiniones de la mayoría se pueden alterar con el tiempo en cualquier zona del círculo, pero en todo momento hay amplias zonas en las que se encuentran muchos conformistas del pensamiento mínimo, situándose los que más piensan en los extremos, donde pueden tomar muestras de otro punto de vista.» «Una nación no puede sobrevivir sin un sentido de identidad nacional y esa identidad no puede surgir sin al menos algún grado de uniformidad cultural.» «Y así sucede con todas la utopías, lo cual pone de relieve la vieja verdad de que la utopía de un hombre es la distopía de otro —porque en la naturaleza humana hay demasiada variedad para que todo se corresponda con un único molde.» «El hecho de que la sociedad sea compleja no la hace totalmente incomprensible.» «En cuanto entramos a formar parte de un grupo, no podemos estar seguros de lo que puede ocurrir.» Phillip Ball

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