La Interface Camaleónica, Simuladora de Inteligencia
“Si es un buen rebelde, andará siempre solo.” Lucha de clases
Este escrito es de hace casi 5 años (retocado en lo mínimo), estaba en una web gratuita gestionada por Joomla, pero ya es casi imposible encontrar tales sitios gratuitos, y no he podido subir a ningún lado todo aquel contenido. Traigo aquí el presente, por estar relacionado con los dos anteriores. Ahora me doy cuenta que lo que yo trataba, y no tenía ningún nombre para ello, y yo catalogué como “interface camaleónica, simuladora de inteligencia” (¿ICSI?), es lo que la ciencia llama identidad narrativa. Este escrito es de total actualidad, pues ¿se ha o está actuando de forma inteligente con respecto al coronavirus? Cada país (sus dirigentes, científicos, analistas), cual persona, miran lo que están haciendo el resto de países y actúan a partir de la imitación. De esta manera si se “equivocan”, los medios de comunicación, la oposición y la opinión pública no les pueden decir nada, pues argumentarán que así lo estaban haciendo en otros países. Se aplica aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”. ¿Alguien sabe exactamente algo sobre la actual pandemia?, simulamos saber, nos tratamos de basar en supuestos anteriores, cuando no tienen por qué coincidir, tener las mismas premisas y llevar a las mismas conclusiones. Todos los gobiernos y países han ido casi a ciegas, pero a tenor que no cunda aún más el pánico, simulan saber algo o tener ciertos conocimientos “válidos”. Ahora en España obligan a llevar mascarilla, cuando al principio y cuando más contagios se dieron, no era obligatorio. Te dicen que se puede pasear por el campo y no alejarte demasiado, pero en ciertos caminos estrechos no puedes mantener la distancia de dos metros, y cuando sería más seguro ir a sitios alejados donde pasear solo.
El escrito, y la actual pandemia, también se pueden correlacionar con las tres posturas cínicas de la película “Watchmen”. El comediante es la postura caótica de un rebelde (los que van sin mascarilla, no hacen caso al aislamiento…); Adrian Veidt (Ozymandias) es la postura de un dictador, pues “sacrificará” vidas por un bien mayor; mientras que el Doctor Manhattan es el sabio (la inteligencia artificial, Dios, el programador) que vive ajeno al sentir de la débil y sensible piel del ser humano, “balancea ecuaciones” y se posiciona con respecto a resultados finales, como lo hace Adrian Veidt (Ozymandias). Los dictadores, o cualquier tiempo pasado, actúa(ba)n al modo de Ozymandias, evaluando resultados finales. En este caso seguramente hubieran optado a que la pandemia, a que el coronavirus, se hubiera propagado a su “antojo”, sin crear ninguna medida que fuera contra la economía y la estabilidad social que vendría después de la propagación. Los supervivientes vivirían “mejor” y sin ningún daño o con las consecuencias posteriores a una crisis económica. Esa ha sido siempre la postura de los “alfa”, decidir y cargar con el peso de sus decisiones. Hoy no hay alfas, sólo opinión pública. Sólo piel, sólo máscara, identidad narrativa: interfaces camaleónicas, simuladoras de inteligencia. No me estoy posicionando. Tanto puede errar el alfa como la masa, si no en las premisas, pues los científicos son los que mejor las pueden conocer, no así en las conclusiones y los resultados. Esto último es imprevisible, caótico, no medible, por más que el humano lo quiera controlar todo. La opinión pública, la voz de la mayoría, es igualmente un dictador, pero aún más ciego que este, pues no se mueve por razones, sino por pasiones y sentimientos: lo más alejado que pueda haber a la “verdad”. Pero… porqué tratar de domeñar la verdad, si la vida es emoción. No hay ninguna ecuación que resuelva la contradicción de que la emoción no es medible, cuantificable, y por ello que en lo humano no hay ninguna verdad.
Todo escrito es una frustración, por cuanto casi nunca termina por plasmar el paisaje que el autor tiene en mente. El cerebro, en sus conceptos, tiene una densidad cero, mientras que el habla y la escritura es tan solo un devaneo extensible entre otros, donde un atajo, o un cambio de camino, lo modifica todo. El mundo, con siete mil millones de opciones (humanos) moviéndose y cambiando constantemente —dividido en sexos, razas, países, religiones, ideologías, clases, oficios, ciudades, regiones, barrios—, simplemente no se deja pensar. El deseo del humano es poder dar con una esencia humana que sea la raíz a partir de la cual todo lo demás se comprenda. Pero eso aún no se ha encontrado y quizás nunca se haga, pues parte del problema es que hay demasiada variabilidad humana. Ningún patrón o concepto, en su totalidad simplificada, encaja como un guante a una mano al concebir al ser humano. Es más, cualquier teoría presentada siempre va a levantar sospechas, y por el paso que vamos, y tal como es el hombre, es muy posible que ninguna idea sea aceptada al cien por cien por la humanidad.
El título no es muy elegante, pero me lo he puesto a la vista para tener en claro qué es lo que quiero explicar. Vayamos por partes en analizar sus premisas. ¿Qué es una interface? Este concepto nace sobre todo en la era de la informática. Básicamente a lo que se refiere es a la forma en que las distintas opciones de un sistema operativo o programa se presentan ante el usuario. El concepto es muy descriptivo. Por un lado ese sistema operativo o programa tiene un lenguaje intrínseco que es muy complejo y en cierta forma desordenado o cuanto menos caótico, en cuanto el programador no cree descripciones para sí mismo o para otra persona. La interface, por otro lado, siempre busca ser lo más clara y ordenada posible, evitando que haya demasiados botones u opciones a la vez, pero sin que a la vez pueda disminuir su potencialidad. En la actualidad se recurre mucho a las interfaces guiadas, en las que van apareciendo pantalla por pantalla, todas las posibles interacciones que el usuario puede hacer con el programa. Este es uno de los éxitos de las App’s y por lo tanto de los móviles.
El ser humano igualmente tiene un “interior”, un sistema operativo, complejo y caótico, y se “presenta” o sale al exterior, con una apariencia bastante “ordenada” (educación, ideología, religión…). A esto es con lo que me refiero con que el humano es una interface. No porque se pueda reducir a esta, sino porque para lo social lo que “cuenta” es esa exterioridad. Un buen sistema operativo ha de permanecer invisible al usuario final y solo ha de “mostrase” en tanto que eficiente e invisible. Hablar de interface y de capacidad camaleónica es una y la misma cosa. Un hacker puede crear una interface de un programa de sonido para normalizar el volumen sonoro de canciones, pero en realidad al dar a “Ok”, para terminar con la operación, se desencadena una serie de acciones que infectan y “secuestran” al ordenador. En el ser humano es lo mismo, ¿por qué pensar que al poder hacer sonreír a una persona sólo se desencadena ese acto y no muchos otros que quedan “ocultos”? Todo acto modifica la realidad, y en ese proceso la realidad de los otros. Esa es la “moraleja” de la película “El efecto mariposa”, donde el protagonista tiene la capacidad de ir a ciertos momentos claves del pasado y alterarlos, para al volver comprobar que toda su vida y la de las personas implicadas y cercanas han cambiado.
Podríamos dividir así al ser humano a dos entidades: lo que es y lo que aparece. Aquí nos adentramos de lleno en uno de los problemas más antiguos de la filosofía. Caer en el dualismo o no, esa es la cuestión. Para el existencialismo, y por lo tanto la fenomenología, no hay ser sino en tanto en su aparecer, pero eso no elimina el problema, tan sólo lo traslada a otro terreno y a otro lenguaje. Tratando de evitar todo este pantanoso terreno de los términos y las tendencias filosóficas, trataré de detenerme en las pruebas científicas y las distintas hipótesis actuales. Toda información externa sigue unos caminos en el cerebro. Son como las capas de una cebolla. Llega al núcleo, el tronco encefálico, y si puede resolver el requerimiento externo, ahí se queda. Si no fuera así, pasa a las segunda capa de la cebolla: el sistema límbico, si se resuelve ahí el “programa” termina, sino es así pasa a la corteza cerebral. La procesa, y sólo si no se resuelve se analiza a través de la atención o prefrontal. La interface se supone que es el aparecer, vía lo que la razón en algún momento ha procesado y llegado a una conclusión, pero si nos damos cuenta del recorrido de lo externo en el cerebro las cosas no pueden ser así de sencillas. Si fuéramos puro interface la humanidad estaría regulada por la razón, pero simplemente al salir a la calle y tener contacto con cualquier persona, nos damos cuenta que no es así. Somos razón y corazón, yo y ello, consciencia e inconsciente o cualquier otra división que se nos antoje y que el ser humano haya manejado, dependiendo del paradigma bajo el que se analice. Si somos dos entidades, cuál gana, ¿por qué yo lo trato de reducir a interface camaleónica?, ¿tal “interpretación” resuelve el tema?
Ante todo somos un ser social, lo que cuenta es en qué medida un individuo se atiene a esta verdad. Lo que quiero decir es que lo social crea unas reglas, que vienen a ser a cómo tenemos que presentar la información en la interface del usuario. A las normas que se establecen en conjunto para crear esa interface. Pongamos el caso de los programas basados en Windows, casi la mayoría de los programas tienen arriba la barra de menús despegables, casi todos tienen el menú “Archivos” a la izquierda. Dentro de este menú, la opción que suele estar más arriba, y por lo tanto a mano, es el de “Nuevo”, con el que creamos un nuevo archivo o documento. Todas estas normas no están escritas en ningún lado (quizás sí), se fueron creando desde el inicio de la primera interface y los demás programas siguieron esta norma o patrón. De la misma forma la vida social tiene establecidas ciertas reglas que nos crean una interface externa con convenciones, protocolos y demás patrones sociales (educación). Al nacer podemos hacerlo en una tribu de cazadores-recolectores, que aún viven ajenos a la vida moderna, o lo podemos hacer en pleno New York. Este nacimiento “determina” nuestra interface, que si bien ambas pueden tener cosas en común, seguramente casi sean irreconciliables. Siendo así somos una interface que se puede presentar de una manera u otra, o sea camaleónica. Eso no “toca” nuestra esencia, y sin embargo sí es parte de nuestra esencia.
Si nuestra esencia es ser camaleónicos, ¿qué nos dice eso sobre el entramado de nuestra dualidad?, ¿se ha resuelto?, en realidad no. “Somos” nuestro aparecer, pero indistintamente de dónde se ponga el comando “nuevo archivo”, todos los programas tienen que tenerlo. La interface es el aparecer, pero ciertos requisitos son esenciales a la hora de concebir una interface. Somos por lo tanto una interface con requisitos esenciales para su forma de presentarse. Desde el principio de la informática se crearon varios sistemas operativos con sus propias normas. Mac desde el principio trató de tener control (control de calidad) en la forma que cualquier programador creaba una interface, mientras que Windows tan sólo puso criterios. A la larga en Windows un programa se presenta en muchos tipos de interfaces, establecidos por pieles (skins), que pueden ser totalmente muy contrarios a las normas generales. Hoy en día los interfaces ya no son tan rígidos , y casi no se atienen a reglas. Lo mismo se puede decir de lo humano. Sus inicios se basaban en fuertes y rígidas reglas, los tabús, la moral, las leyes, mientras que hoy en día todo está más distendido y ciertas reglas que antes eran tabús y posteriormente pecados, hoy simplemente son puros criterios personales. Es como si la esencia hubiera perdido fuerza frente al aparecer, pero si esto es posible, de nuevo, lo que nos dice es que una gran parte de nuestra esencia es ese ser camaleónico. Con esto concluyo y dejo de momento zanjado el primer enunciado del título.
Toca tratar el por qué digo y que quiero decir con “simulador de inteligencia”. En primer lugar habría que determinar qué quiere decir el concepto de inteligente, complejo tema, pues cada paradigma y ciencia nos lo presentará de una forma distinta. De la acepciones de la Real academia me interesa más la de “capacidad de resolver problemas”, pero ¿si se resuelve el problema con diez pasos es mejor que si se resuelve con un sólo paso?, a primera vista no. Eso nos lleva a que hemos “conocido” un proceso y que su resolución puede llevarse por “varios caminos”. Inteligencia, así, está unido a conocimiento. Y he aquí la cuestión: ¿es el humano medio inteligente en tanto que concibe y conoce todos los procesos que intervienen al tomar una elección?, no. Nuestra inteligencia a nivel individual es la de tomar elecciones, dependiendo de lo que conozcamos, dependiendo de nuestra conveniencia y mediando el esfuerzo requerido. Yo a eso no lo llamaría inteligencia, sino astucia. Esta primera conclusión es realidad la máxima de la evolución, de la vida. Todo ser vivo se atiene a unas reglas que le son útiles porque funcionan, independientemente que posiblemente haya otros caminos más inteligentes, y quizás incluso más lógicos y en algunos casos más “económicos” (de menor gasto energético). La norma en la vida es la ley del mínimo esfuerzo, pero teniendo en cuenta que parte de una posición inicial, que en muchos casos puede estar muy lejos de que sea la más óptima con respecto a la economía de la energía. Lo que quiero decir es que, y como ejemplo, el acto sexual es un gran gasto de energía, pero una vez que la vida tendió hacia ese camino, para los animales más desarrollados era su única hoja de ruta, frente al más óptimo de menor gasto energético que es la simple bipartición. La vida —en tanto que inteligencia, en tanto que menor gasto energético— siempre tiene que tener en cuenta su estado inicial, su esencia. Por lo tanto todo sistema no es el más inteligente dentro de todos los sistemas posibles, que a eso sí se le podría llamar inteligente, sino que parte de unas premisas posiblemente “erradas” de las que tiene que sacar la postura más inteligente. De nuevo a eso lo llamo astucia o ingenio… oportunismo, pero no inteligencia es su sentido más puro y estricto.
El párrafo anterior describe, en parte, nuestra condición de humano individual dentro de los posibles de su especie, pero ¿la sociedad en su conjunto de mentes, tratando de llegar a lo más inteligente, escapa de la norma anterior?, ¿es la sociedad más inteligente que el individuo? Este tema es más complejo. Se supone que el ser humano como sociedad ha ido desde los tabús y las creencias “irracionales”, a las creencias o paradigmas basados en los hechos y por lo tanto en los conocimientos. Pero fuera de todo etnocentrismo e idea de progreso, en realidad el humano medio moderno no es más feliz, e incluso tiene más problemas, que un individuo de una tribu de cazadores-recolectores. Estos individuos carecen totalmente de estrés, de enfermedades y trastornos mentales, y tienen que “laborar” muchas menos horas para sobrevivir, una media de tres horas al día, siendo el resto del tiempo puro ocio y diversión. De nuevo nos damos cuenta que se parte de la misma premisa que la expuesta en el párrafo anterior, que dependiendo de la posición inicial tratamos de sacar la postura más “inteligente” y de menor gasto, pero nunca —al parecer— la más óptima de todas las posibles. De nuevo astucia, no inteligencia.
Partiendo de esta premisa, que somos astutos y no inteligentes, me adentro en explicar el por qué somos simuladores de inteligencia. El ser humano, evolutivamente hablando, tendió hacia un camino, el de tratar de tomar el control del medio a través del conocer. Si fuera “inteligencia pura”, en esa primera apuesta hacia un fin, hubiera concebido todos los caminos posibles hasta concebir el momento actual y quizás hubiera deducido: “no, eso al final no me va a hacer ser más feliz, cogeré otro camino.” Pero tan sólo se vio “sometido” a coger esa senda en una encrucijada, para no poder volver atrás. Sea. Siendo así, y dado que somos en primer lugar sociales, una premisa que se creó en esa primera regla o elección de esa senda, fue la de mostrarnos inteligentes a los otros, o su contrario: no parecer estúpidos. Como es una regla intrincada dentro de nuestros nuevos parámetros, en cada acción o toma de decisión en la vida siempre está en juego la opinión del resto de las personas a si hemos sido inteligentes o no, siendo así, entonces, el “parecer” inteligentes se ha vuelto una parte de nuestra esencia. A partir de ese momento, quizás no en las “tomas de decisiones” del tronco encefálico, pero si en las otras capas se tendrá en cuenta este valor, en el total de la ecuación. Eso conlleva a que tanto el sistema límbico, como la corteza cerebral, están confabuladas y “obligadas” a “pensar” a partir de esta regla. ¿Y la razón o prefrontal?, se supone que no, que por medio de la razón nos hemos de percatar de lo que es o no es “inteligente”, pero dado que en realidad no estamos hablando de la inteligencia en “estado puro”, nos atenemos a un tipo de inteligencia “distorsionada” o acomodada a la “verdad” humana. Ya sé, no se entiende lo que quiero decir, vayamos a un ejemplo. Pongamos el caso de la lealtad. Esta si se analiza fríamente no tiene ningún sentido, en muchos casos y en muchos aspectos es totalmente irracional. Así si de repente tengo un amigo y eso lleva implícito que le “debo” mi lealtad, si este comete un error grave, no dejaré de ser su amigo. Es en la mayoría de los casos: hasta el peor y más atroz de los criminales tiene amigos que le son leales, ahí tenemos el caso de Eva Braun, que se casó al final con Hitler para dejarse matar a su lado. Lo que demuestra el caso de la lealtad es que hacemos uso de nuestra inteligencia a partir de reglas que no cuestionamos si son inteligentes o no, por el simple hecho de que son parte de nuestras esencias o las esencias establecidas en lo social. Para el caso es como si en una ecuación pusiéramos un dato erróneo: la ecuación, aunque correcta en su esquema, nos va dar un resultado erróneo. La inteligencia humana, por lo tanto, es ese tipo de ecuación con datos erróneos.
Con todas estas argumentos a tener en cuenta, nuestra “exigencia” de parecer inteligentes, y la base de nuestros errores en los valores de la ecuación, el ser humano medio no es inteligente, pero está “obligado” a que su interface, en su aparecer, se muestre inteligente o no torpe y tonto. De esta forma en la vida no somos inteligentes, sino que en cada momento tratamos de salir del paso, tratando de parecer inteligentes, usando la palabra o las acciones para “justificar” que nuestros actos lo son u obedecen a alguna “razón, sentido o tipo de elección inteligente. O sea, dicho llanamente, no razonamos, sino que racionalizamos lo ya hecho, ora acogiéndonos a unas “razones” humanas, de esas que hemos probado que nos son inteligentes y sí irracionales, ora tratando de llegar a las razones últimas que coincidan con nuestro interlocutor. Esto último quiere decir que una vez hecho un acto, ante mi hermana me “justificaré” de una forma a partir de lo que ella sabe de mí y partiendo de lo que coincido con ella, y con un tercero usaré otro tipo de argumento que posiblemente ni siquiera parta de los mismos supuestos o bases. En los dos casos “apareceré” como inteligente, cuando si se diera el caso que se pudieran contrastar las dos versiones, pudiera aparecer como poco inteligente o bien como falso o posiblemente mentiroso.
De lo que se trata en el fondo, no es de saber si el ser humano miente o no, sobre si en esencia somos mentirosos. Sino más bien que su esencia primera, la de aparecer como inteligente, es la que le hace ser “mentiroso”, a ojos de una inteligencia pura. Una persona de manera fría, externa emocionalmente, analizará que esa persona ha “mentido”, pero la realidad no es así de simple, sino que esa persona enjuiciada en base a la forma limitada que tiene de conocer el mundo, y bajo los parámetros humanos, no tiene otra forma de aparecer más que como “errando”. Este “errar” erróneamente, de nuevo bajo las premisas erradas humanas, es tomada como que miente. Eso no quiere decir que la mentira no exista. Existe en la medida que alguien tergiverse un dato que está manejando, pero la mayoría de los casos a lo que llamamos mentira más bien se basan en que esos individuos realmente “creen” en aquello que aducen. Manejan datos que ora se adaptan a una persona y unas reglas, ora se adaptan a otra persona y otras reglas. En su mente no tiene la capacidad y el tiempo de pensar que pueden no coincidir o incluso contradecirse. Nadie es capaz de verse tan multidimensionalmente como para captarse con contradicciones, y de hacerlo justificara esas contradicciones a alguna regla humana. El típico “mi corazón me dice una cosa y mi razón otras”, tan humano. La mayoría de las acciones en nuestro aparecer en la vida son de esta forma. No siendo inteligentes, sino simulando ser inteligentes. El cerebro falsifica, simula, racionaliza, justifica, pero pocas veces o nunca se atiene a una inteligencia pura. Al fin y al cabo ese es el sino del ser humano, partir de reglas que ya de base están erradas y que no pueden llevarnos a ninguna posición real y puramente inteligente.
Finalizo tratando de cohesionar los dos principios. Leí hace un tiempo un tuit de DeSolhada que decía: “Lo más irónico de la raza humana es que puedes ser tantas personas distintas como personas creen conocerte”, y esto resume muy bien lo que he dicho arriba. Somos multidimensionales, nos readaptamos a cada persona, a cada momento, a cada acción, pues nuestra esencia es no tener realmente una esencia, pues esta es la de ser una interface camaleónica. En la medida que las reglas del juego social son o pueden ser estúpidas, no puedo tratar de encontrar ahí una “razón” o inteligencia en su estado puro. Las personas, en la mayoría de los casos, no “mienten”, simplemente tenían “razones” válidas para ese caso y situación. Usaban una ecuación correcta, con unos datos equivocados. La autenticidad es un mito, que si acaso sólo puede ser válido para ciertas personas tan simples y básicas que quizás no sean humanas en toda su dimensión, pues el humano parte de errores de base, en su concepciones de racionalidad, que ni siquiera es capaz de ver, al igual que ya hemos dejado de vernos la nariz, por mucho que esté ahí en medio. Interface camaleónica y simulador de inteligencia son dos caras de una misma moneda, puesto que no podemos ser uno -unidad- no podemos hablar de una sola razón, de una sola verdad, de una verdad unidimensional. Adaptamos cada razón, cada verdad, a cada una de nuestras dimensiones. Como una de las esencias humanas es tratar de no portar la contradicción, que el mundo, la vida y el humano tengan sentido, no queremos concebirnos como no inteligentes. En ese proceso sólo nos queda el camino de simular inteligencia, cegándonos a ver que es solo una simulación, que no es una posición falseada. Nunca aceptaremos la realidad de esta naturaleza, pues puede ser devastadora y contradictoria con nuestras premisas básicas. La sociedad en su conjunto tampoco escapa de estas reglas, es igual de camaleónica e igual en su pretensión de parecer inteligente. Sólo el que se aísla y vive apartado de la sociedad puede ver que así es la realidad, y quizás sólo ese tipo de mirada es lo que se pueda llamar realmente inteligencia. Vivir es meterse en el agua enfangada de lo humano, y en ese sentido errar y enfangarse.
Esto son dos ecuaciones a las que se puede “simplificar” toda forma de vida. Esa que yo he llamado “actualizadora” de estados…, adaptación en definitiva. No son mías.
SER=(V x D x K x J x SHR) – (Sir + Ir) +/- sOr
E=Potencial de reacción
SHR=Número de refuerzos.
D=Privación de una necesidad.
K=Incentivo de un estímulo.
V=Media de Interconectividad.
Sir=Número de no refuerzos.
Ir=Trabajo o fatiga para un recompensa.
Sor=Error aleatorio.
Ser=(VxDxKxJxSHR) – (SIR – Ir) – Sor – SLR
• Ser: potencial excitatorios, o la probabilidad de que un organismo producirá una respuesta(r) a un estímulo(s)
• SHR: la fuerza del hábito, establecida por el número de condicionamiento previo.
• D: Drive (unidad) fuerza, determinado por la cantidad de privación biológica.
• K: la motivación de incentivo, o el tamaño o la magnitud de la meta.
• J: El retraso antes de que el organismo se le permite buscar refuerzo.
• lr: inhibición reactiva, o fatiga.
• slr: inhibición condicionada, causada por falta previa del refuerzo.
• umbral de reacción, la menor cantidad de refuerzo que producirá el aprendizaje: SLR.

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